Piedad

rostro

La foto es de un húngaro, Robert Hupka. El Vaticano le dio permiso para fotografiar la Piedad como quisiera. Es curioso observar el rostro de Cristo. Se supone que está muerto. Muerto tras padecer un sufrimiento terrible, una tortura crudelísima y expirar después de una agonía devastadora. Sin embargo, parece que sonríe. Uno se fija detenidamente en su cara y está, podemos decirlo, incluso feliz. Continúa leyendo Piedad

Mosquito

Tú, mosquito, déspota traidor que velas mi insomnio, sátrapa de mi sueño; con él haces y deshaces tu maldita tela de miedo. Continúa leyendo Mosquito

Sobre la piedad

Querida Flavia,

Retomo mi capricho epistolar porque quiero hablarte de algo de lo que, me temo, no te hablará nadie a lo largo de tu vida. Continúa leyendo Sobre la piedad

Muerte de un hombre

Hoy se ha ahorcado un hombre. Me lo ha contado mi madre. Continúa leyendo Muerte de un hombre

Ciudad de los muertos

A veces, cuando ya ha pasado el mediodía y el sol comienza a declinar, me gusta acordarme de los muertos. El sol pegando de perfil sobre la tapia de un cementerio, y esas cosas. No sé por qué lo hago, debe ser un mecanismo natural de supervivencia, o algo así. El recuerda que eres mortal que le decían a Nerón. Dice Heródoto que los egipcios acostumbraban, en sus banquetes, a pasear las momias de sus antepasados delante de los comensales, haciéndoles ver lo fugaz del tiempo y de la vida. Para que no lo olvidaran, y comieran a gusto, sin medida. Por si era la última vez que podían hartarse. Los cementerios. Todos habitamos uno, aun sin saberlo. Todos tenemos un cementerio, el cementerio de nuestras vidas. Ahí están los nuestros, los que nos dieron la sangre. A ellos vamos volviendo, una y otra vez, de manera inconsciente y aletargada. Como en un sueño. Las tardes de invierno, entre las tres y las seis, cuando el sol empieza a declinar pero todavía calienta, siempre son tardes de cementerio. Es un sol de cementerio. La luz queda suspensa en las paredes blancas, encaladas con la vida de las mujeres que nunca abandonan los cementerios. Continúa leyendo Ciudad de los muertos

Un minuto de sueño

La monotonía de una carretera recta. Conocida. Sencilla. Sin curvas pronunciadas, ni cuestas, ni desperfectos. La arrolladora autoconfianza hija de la costumbre que se adueña de tu concentración. Una mala noche, quizá. Alguna bronca en casa, a lo mejor una discusión. Nimiedades con dolor suave de corto alcance y amargor latente de profundidad oceánica, tan propias de la rutina del hogar. Puede que esa mañana la cafetera estuviese averiada en el bar de todos los días; o puede que ni siquiera la cafeína se interpusiera entre la consciencia y la terrible modorra de media mañana. Ya saben, esa somnolencia ignífuga, superviviente a todo tipo de remedios contra ella, que llega con una puntualidad británica para cerrarnos los ojos como si fuesen las persianas de un dormitorio. Quién puede saberlo. Continúa leyendo Un minuto de sueño

El camino del viejo elefante

Tenía el perfil de un viejo e hidalgo elefante de marfil. Alto, menudo, pelo ralo y tan blanco como la cumbre del Kilimanjaro, gastaba un talle enjuto, de fibra de carbono, como el mejor ilustrador soñó siempre dibujar al Quijote. Tiene, aún. Como los elefantes que sienten el final dentro de sí, ya ha empezado a caminar hacia el pudridero. Lentamente, haciendo todo el ruido que cabía esperar de un guerrero anciano tan terco como una mula aragonesa, el viejo monarca se está separando de la manada sin que nada ni nadie pueda hacerle entrar en razón. Sus colmillos ya no pueden rasgar, ni hienden carne alguna. Patriarca autodidacta, reinó sobre sí mismo toda su vida, empleando cada centímetro de su cuerpo en la torsión crítica de todos los cables de acero que lo agarrotaban. Que lo agarrotaron. Que le fueron agarrotando en cada zancada que daba hacia adelante. Ahora su piel es un cartograma de pergamino antiguo, con tantos surcos como aquellas bitácoras náuticas donde los capitanes de navío iban trazando las referencias de sus singladuras. Él nunca tuvo patrón, ni tampoco marinería. Por eso los peores motines con los que ha tenido que lidiar en su travesía han sido los que él mismo se ha declarado: los que han dejado las cicatrices más  pronunciadas. Nunca fue un lobo de mar; el bamboleo extrasensorial de los barcos nunca le atrajo demasiado. Él es un elefante. En las huellas que deja, marcando su sendero, nacen luego escamas de tierra rota y serpientes verdes de jaramagos aplastados, que ofrecen al aire su jugo inesperadamente desgarrado por el trote del gigante. Es viejo y está cansado. Se ha aferrado a sus propias certezas, más que nunca, seguro de no encontrar comprensión alguna ni en los ojos de a quienes tanto ha amado. Está solo. Está cercado por una oscuridad que avanza sigilosa y trepidante, como se deslizaban sobre sus tentáculos los pulpos a los que tantas veces cazó. Eran noches con luna, y su candil de llama escueta dirigía cual asteroide titilante el paso de todos los habitantes de aquellas aguas negras que tantas veces cortó de súbito con su cuchillo de marea atrapando a los octópodos en su huida. Tantas noches pasaron jugando a la atemporal danza de la muerte que terminó comprendiéndoles en su miedo. Advirtiendo esa misma oscuridad. El elefante ha emprendido su marcha hacia el cementerio de apocalípticos costillares pelados de carne y músculo. No es un camino digno, ni está exento de dolor. Pero es la senda que ha elegido.