Notas

Si quieres ser escritor

Cuenta Arturo Barea, el alter ego del escritor en La ruta, segunda parte de la trilogía La forja de un rebelde, que cuando quiso plantearse la carrera de las letras fue un día al Ateneo de Madrid. Allí se encontró con Emilio Càrrere, un literato de la época, que hoy sólo me suena porque comparte apellido con Emmanuel Càrrere, el francés. Sigue leyendo

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Relatos

Detrás de la blanca pared

El futuro escritor tan sólo es un niño. Dentro de su cabeza, quién sabe si en algún punto indeterminado del universo sumergido entre los capilares de su cabello y el hueso del occipital, duermen Quasimodo, Jean Valjean, Cosette, Javert y Gilliat, amasados todavía en el líquido amniótico. Tiene 10 años. Sigue leyendo

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Notas

Hombres armados

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Cuando era niño, la ensoñación de escribir un libro (y verlo publicado, se entiende) era muy recurrente. Llegaba hasta a obsesionarme con una imagen: mi yo adulto contemplando una estantería repleta de libros firmados por mí. Sigue leyendo

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Reseñas

El padre fundador

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Dice Amaya Lacasa en el prólogo de sus “Narraciones completas”, que ella misma traduce e introduce para la edición de Alba de 2015, que Pushkin es para los rusos “la encarnación de su cultura y su idioma, quien los enseñó a hablar, a ser ellos mismos y a gozar de su propio idioma, a saber quiénes eran y qué sentían”. Sigue leyendo

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Reseñas

Pequeño mundo de autor

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Se puede leer Los hermanos Karamázov y leer con ella todo Dostoyevski. No se lo recomendaría a nadie, naturalmente, puesto que así se perdería uno obras capitales de la literatura universal como Crimen y castigo, El idiota o Los demonios. Pero todo Dostoyevski está en su última obra, que es un compendio genial de sus ideas, de sus temas. Lo decía Houllebecq: no hay ideas nuevas en Los hermanos Karamázov, nada que Dostoyevski no haya expuesto ya en sus otras creaciones. Sigue leyendo

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Reseñas

Gogol, o el cinismo mágico

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Todo el mundo, al hablar de Rusia, o de la novela rusa, piensa: Tolstoi, Dostoievski. Naturalmente, los dos colosos no sólo se vienen a la mente de cualquiera en una charla sobre literatura. Son, así mismo, estandartes inevitables de la cultura europea y universal, y emblemas sinecdóticos de lo ruso. Si el siglo XIX fue fecundo en algo, fue en novelas. El género creció, se expandió, se inventó de nuevo, alcanzó la cota más alta de excelencia, y todo porque, como es obvio, se sucedieron en Francia, Gran Bretaña y Rusia las vidas de los autores más excepcionales de la literatura de ficción: Hugo, Balzac, Stendhal, Dumas, Flaubert, Zola, los citados Tolstoi y Dostoievski, Dickens, Poe en América, Kafka más tarde, en Centroeuropa. No obstante, el caso ruso es paradigmático. A medida que se derrumbaba el insostenible ecosistema social del país, las letras rusas brillaron con un fulgor comparable al del Siglo de Oro español. La analogía con la España de los Austrias es procedente, puesto que la decadencia general, interestamental, política, de las dos naciones, fue quizá el sustrato que fertilizó la tierra que estos genios necesitaban para desarrollar su talento. Sin embargo, hoy día, aquí en España, ¿quién conoce lo que hubo antes de Tolstoi y Dostoievski? ¿Quién los lee? Antes de Zeus fue Urano. Antes de Fiodor y de León, vino, entre otros y sobre todo, Gogol. Sigue leyendo

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Reseñas

Un español en la guerra de Francia

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Cuando Francia le declaró la guerra a Alemania y ordenó, el domingo 15 de agosto de 1914, la movilización general de “tout Français soumis aux obligations militaires doit, sous peine d´etre puni avec toute la rigueur des lois” (tal y como rezaba la célebre Orden de Movilización General que hoy venden en el Arco del Triunfo y en la Torre Eiffel como souvenir, en forma de cuartilla) Agustí Calvet estaba allí. Estudiando filosofía en la Sorbona y viviendo en una pensión, la de Madame Durieux, ubicada en una plaza cuyo nombre retumbaba germánicamente: de Fürstenberg, en el corazón de Saint-Germain-des-Prés. Tenía 27 años, y la Gran Guerra, aquella “convulsión incalculable” que él compararía luego con el Diluvio Universal, lo cambió también a él; de licenciado en Filosofía y Letras con aspiraciones de erudito y académico, a periodista bajo el pseudónimo de Gaziel.  Sigue leyendo

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