La última y nos vamos

Real Madrid 3-2 Valencia Club de Fútbol

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Atlas

Granada 1 – 2 Real Madrid

El mejor jugador del equipo recibe un balón difícil, de esos que llevan un drama dentro. Continúa leyendo Atlas

Singularidad

Real Madrid 1 – Granada 0  Continúa leyendo Singularidad

Propósitos de Año Nuevo

El 30 de diciembre de 2013, Susana Díaz emitió urbi et orbe un discurso de fin de año. A la manera tradicional del Jefe del Estado, la Junta venía haciendo esto desde hacía algunos años. Bajo el engolado índice de mensaje institucional de Fin de Año, la presidenta de la Junta de Andalucía apareció en el Patio de los Leones de la Alhambra granadina de pie, quién sabe si para demostrar que, efectivamente, el movimiento se demuestra andando. Continúa leyendo Propósitos de Año Nuevo

La Cosa

Hace tiempo Caparrós estimulaba la imaginación del madridista como el coco escondido debajo de la cama; nos lo imaginábamos gritando, meneándose de un lado para otro con ese frenesí demente que tiene, enseñándonos los ojos muy abiertos de Michael Keaton. Diciendo buh, buh. Todo lo que Caparrós tenía de dócil en sus visitas al Bernabéu lo tornaba en terrorífico cuando el que visitaba era el Madrid. Esta es otra de las cuestiones que ha enterrado el fútbol vespertino. Es complicado vociferar a las 4 de la tarde, y más aún hacerlo en Granada, con el sol tan espléndido que hacía esta tarde en el Nuevo Los Cármenes. Entre que… Continúa leyendo La Cosa

Sin brillo, sin pausa

De igual modo que en nuestro tiempo cuando alguien realiza un juramento se lleva la mano al pecho, escenificando que lo que dice le sale de muy dentro y es la verdad absoluta, los romanos se agarraban los testículos. De ahí proviene testificar, que no es otra cosa que jurarlo por las sagradas gónadas de uno. El Granada no vino ayer al Bernabéu a hacer amigos, y esto bien lo puede testificar Gareth Bale, poniendo su virilidad por testigo. Mediada la primera parte, uno de los miembros de la mara Salvatrucha que juegan para el Granada abortó un contragolpe del galés asestándole un estacazo en la entrepierna, y el verbo abortar nunca resultó más apropiado: literalmente murieron millones de posibles futuros Garethcitos, con lo que no descarto que Gallardón se pronuncie sobre ello en la próxima sesión parlamentaria. Lo único cierto es que ahí se terminó el partido para Bale. Intentó varias carreras más, todas fútiles ya que continúa encerrado en la jaula del perfil derecho, y por donde antes surfeaba ahora boquea. Los rivales le han pillado el truco y le ofrecen confiados la salida por la derecha, y él, como velocípedo natural, porfía una y otra vez alcanzando la línea de fondo con su terrible zancada. Sin embargo, ahí se desactiva todo su peligro, pues todo lo más que consigue es algún centro inocuo con su pierna mala. No obstante, volverá: es buenísimo. Antes que Murillo rompiese la bisectriz del 11 madridista tampoco había pasado mucho, desde luego.

El Madrid salió con lo habitual: Peperamos, Marcelo, Carvajal -Arbeloa parece ya relegado a la Copa y a las noches más oscuras, por lo que probablemente jugará en Bilbao la semana que viene- y por delante Modric, por supuesto. Xabi y Di María escoltaban al croata y conectaban con los tres asesinos de la delantera. Cristiano Ronaldo ofreció el Balón de Oro al graderío pero eso no pareció importar a la legión extranjera de Lucas Alcaraz: todos tipos duros, mulatos, negros abisinios y ex-presidiarios, que no se distinguen por nada en concreto pero sobreviven sin problemas en una Liga extraña donde tras los 4 primeros se abre el abismo de Helm y para clubes sin pretensiones como el andaluz, navegar por aguas internacionales supone ya un triunfo incontestable. El Granada parece una sucursal del antiguo Málaga de Pellegrini: Iturra, Recio y Buonanotte migraron desde la Costa del Sol a Sierra Nevada cuando el sueño dorado del jegue Al Thani se despeñó por un blackhole. Durante la primera parte, defendieron como un bloque de granito. El Madrid no pudo hincarle el diente a un balance defensivo muy notable dirigido por Mainz, que es un pretoriano del balompié con una técnica individual más que correcta y que ayer correteó por todo el Bernabéu con una katana en la izquierda y el Hagakure en la derecha. No se encontraban fisuras en el muro contrario y Ronaldo comenzó a exasperarse. Cuando Aquiles se irrita, empieza a tirar flechas al tuntún sobre las almenas de Troya. El primer balonazo pasó cerca del palo largo de Roberto pero ya el tercero se avistó desde el cuarto anfiteatro. El Bernabéu murmuraba y Twitter ardía como siempre pasa cuando el Madrid no va ganando 5-0 pasado el primer cuarto de hora, pero Ancelotti está imprimiendo un sello muy personal a un equipo caracterizado por el vértigo metalúrgico: la paciencia.

Al descanso se llegó con una chilena espectacular que Roberto salvó metiendo una mano imposible. El Madrid inició la jugada andando, en Diego López, y en 10 segundos Bale y Modric esprintaron y Lukita colgó un centro maravilloso al salto de Cristiano Ronaldo, que como Keanu Reeves en Matrix, se contorsionó marcando canónicamente los tiempos y dejó una estampa que mereció la posteridad del gol. En la segunda parte el Granada titubeó y los hombres de Carlo adivinaron el momento. Sonó un clarinetazo militar, y Modric dijo: ahora. Luka batió líneas con la plasticidad habitual de un centrocampista total, y subió el volumen del Madrid hasta hacerlo insoportable para la hueste granadista. Jesé, que había entrado por el Bale en el entretiempo, ayudó al impulso madridista con su percusión constante por la banda derecha. Por la izquierda ocurrió algo que puede decirnos cosas de cara al futuro táctico del equipo: Di María, interior sobre la pizarra, acampó en el carril izquierdo pues dado que el partido sólo tenía una dirección y con Alonso bastaba para patrullar las espaldas de los laterales, su rol defensivo resultaba innecesario. Con lo que en la autopista zurda se solaparon Marcelo, el argentino y Cristiano, y hasta a veces Benzema. En la segunda parte todo se ensambló de un modo más natural, y Benzema concurrió por el lado izquierdo y Di María siguió flotando sobre Marcelo mientras que Cristiano habitaba ese espacio interlineal que se abrió entre los centrales adversarios, el orsay y la banda de Jesé. Todo fluyó mejor y el propio Ronaldo terminó una jugada de contragolpe con un reverso eléctrico en la frontal del área del Granada. Disparó potentísimo hacia la cepa del poste y a Roberto sólo le quedó estirarse para salir mejor en el telediario.

Desde ahí hasta el final, el Granada fue rindiéndose lentamente y el Madrid cabalgó sin presión hacia el liderato. Modric, dueño absoluto del partido, y Alonso, enzarzado con Brahimi y Fatau en disputas territoriales ancestrales, sujetaron las tímidas acometidas del rival. Xabi se encaró un par de veces con los dos, que parecían salir del ejército con el que Tariq cruzó el Estrecho, y se pudo ver cómo les recriminaba con acento visigótico la felonía de Guadalete. El 2-0 recordó al Marcelo de 2011: Cristiano le habilitó un hueco por donde se coló desplegando samba y electricidad. El brasileño se plantó ante Roberto como aquel día de marzo ante Lloris, cuando se rompió el maleficio y fuimos felices por un tiempo. Esta vez cedió atrás, por donde venía Benzema, y dejó al francés que culminase un buen partido, yéndose a trotar alegremente con él a una esquina. Marcelo retoma por momentos el rol de número uno que nunca debió haber abandonado, y esa es una noticia extraordinaria para un Madrid que solventó el trámite marcando los tiempos, dosificando músculo y estrenando liderato. Provisional, a la espera de la visita del Atlético al loft de diseño que Jémez se está haciendo en Vallecas y del que ya tiene un par de avisos de embargo. Schuster viaja al Camp Nou, pero de ahí el madridismo espera poco: en río revuelto no pescan abúlicos.

Minutos finales

Era casi el descuento. Minuto 88, 89 o por ahí. Diego López había ganado un balón dividido en su área a un delantero granadista, y como buen perro viejo, se había echado a rodar un poco por el pasto del Nuevo Los Cármenes, compadreando con el reloj al sentir que su equipo llevaba algunos minutos achicándose peligrosamente en tablas. De repente fue como si una chispa hubiera prendido el graderío local: ¡Iker, Iker, Iker! comenzaron a gritar, como si fueran judíos pidiendo la liberación de Barrabás. Al más puro estilo Berlanga, la afición granadista me hizo vibrar, removiéndome algo por dentro. El partido llevaba siendo un truño durante casi toda la segunda parte, y ese brote inesperado de boinismo provinciano -tan español, tan nuestro, tan de aquí- tocó una de mis fibras sensibles: la del odio. Inmediatamente después el Madrid volvió a perder mongólicamente otro balón en la medular, y el Granada, henchido sobre la portería blanca, hacía brotar justo detrás de mí el comentario con el que la España cautiva de la propaganda mediática marca su territorio a la menor oportunidad: ¡qué vergüenza de Madrí!”. Fueron dos momentos únicos que me movieron a identificarme por primera vez, de forma nítida, con el Madrid de Ancelotti, activando este último comentario el resorte de la ira, que en las circunstancias bélicas que rodean perennemente a este equipo, resulta muy útil a la hora de afrontar la terrible actualidad cotidiana. El rencor artificial que España alberga contra Diego López es una cosa digna de estudio. Tras 8 meses de trabajo silencioso, constante y modélico, este país continúa dejando que un sanedrín compuesto por gorrinos amancebados y agitadores políticos profesionales le señale con el dedo al becerro de oro con el que han de seguir cargando como un rebaño de cabras montesas prestas a balar muy fuerte por su ídolo de Móstoles. El debate en la portería parece cerrado, aunque quizá, tras el debut ante el Betis, ya lo estaba: a nadie se le ocurre cambiar de guardián una vez iniciada la competición. Mientras tanto, el Madrid sale de la trinchera con seis puntos en el zurrón y la nómina de futbolistas asociativos más grande de su Historia reciente. El potencial algorítmico de estos bailarines de claqué es infinito, aunque el rockstar del grupo, cuyo arranque está siendo dubitativo, aún tenga que romper varias guitarras antes de entonar el primer hit de este Madrid Soprano.