Notas

La derrota interminable

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En esta página suelo encontrar explicaciones etimológicas y semánticas muy interesantes. Buscando derrota (del DRAE, De rota1 ‘fuga de un ejército’, con infl. del fr. déroute.) hallo dos comentarios que procedo a copiar y pegar:  Sigue leyendo

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No se oyó un petardo

Habló el Rey. Como cada año. Este era especial, no obstante: era un Rey nuevo. Todo lo que supone cambiar, aunque sea de cara, atrae. Las masas sienten una atracción irracional por lo novedoso, una especie de inclinación puramente estética, mero fetichismo. Felipe VI mostró empeño en agradar; esa voluntad de justificarse a sí mismo y a la institución que representa lastra su mensaje y hace de su discurso un alegato ora melifluo, ora endeble intelectualmente. Cargó la mano en el elemento emocional. Si bien su target…  Sigue leyendo

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El acto regio

Hoy ha comenzado en España el reinado de Felipe VI. Sonó largamente el tañido rotundo de las broncíneas campanas anunciando la nueva égida, y del mar, y de la tierra, y de los ríos y de las montañas brotó una luz celestial que alumbró el camino del trono de hierro. Nah, en realidad fue todo muy sobrio, muy del modo en que tradicionalmente se hicieron las cosas en la monarquía hispánica. Sólo hay que comparar El Escorial con Versalles para darse cuenta de que los reyes aquí siempre contuvieron mucho el gesto. Predominio de los tonos oscuros y despojado de todo artificio innecesario, así se proclamó al mundo Felipe VI. Y en las Cortes, además, continuando con eso tan medieval y tan ibérico de hacer que un rey doble la cerviz ante los otros núcleos de poder del Estado aunque sólo sea de mentirijillas. El acto regio tuvo su simulacro de parada militar, su severo himno en mitad de la Carrera de San Jerónimo, su paseo en Rolls Royce por la rúa de los magnicidios y su juramento solemne en el feudo que guarda la soberanía nacional como si fuera un bote de Channel número 5. Pudimos ver casi en cámara subjetiva cómo es entrar al parlamento por la Puerta de los Leones y yo creo que es un edificio al que le sacamos los españoles muy poco partido. Los retratos de los próceres antiguos, esos que hacían a la gente quedarse hasta la madrugada escuchando los debates de los oradores políticos, miraban como con desprecio desde las alturas etéreas de esa casa de la democracia, y creo que a Sagasta o a algún otro le faltó escupir desde su óleo a Urkullu o a Mas, por ridiculizar el antiguo arte del cinismo con maneras de aficionado. La austeridad monástica de lo regio vino acentuada esta vez por el empeño personal de Felipe VI por parecer de todo menos un rey con la que está cayendo, que diría Guardiola. Y eso está muy bien y es una cosa muy digna de elogio, pero si la monarquía vive de algo es de mantener la fábula de lo mitológico: que no parezca que es como la jura del cargo de mi primo el inspector de Hacienda. Echamos en falta los puristas alguna salva de artillería y algún despliegue mercadotécnico, y en esto los brits nos ganan por la mano porque a ver quién compite contra el cardenal de Canterbury y contra esos carruajes de los Windsor. No obstante, la España de Felipe VI amaneció como acostumbraba la de Juan Carlos I: el estanco más cercano a mi casa estaba cerrado a las 9 de la mañana de un jueves laborable, y no tuve más remedio que seguir la verbena por Twitter.

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Irse a Yuste

Hace ya más de una semana que Juan Carlos I anunció que abdicaba. Nosotros, que somos hombres modernos engreídos por la sugestión esa que nos hace pensar que todo lo que vivimos es nuevo, terrible y chispeante, no lo sabemos. Pero la abdicación de un rey es un fenómeno repetido con cierta frecuencia en la Historia de España. Cada 150 años, más o menos, uno coge el petate y le deja el soufflé a otro. La cosa va así: Carlos I, V para el brandy -incomparable superioridad sonora, hay que decirlo- fue el primero en picar el billete, enfermo de gota y llevando consigo ya el hastío tremebundo de gobernar españoles de tantos territorios. Sigue leyendo

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