Cemento

Español de Barcelona 0 – Real Madrid 6 Continúa leyendo Cemento

Bizantinismos

Se dice que mientras los turcos otomanos ponían sitio a Costantinopla, los teólogos del imperio bizantino, aislados del mundo exterior y ajenos al peligro que se cernía sobre su civilización, discutían acerca de cuestiones tan trascendentales para su futuro como el sexo de los ángeles. Se acuñó entonces el término bizantinismo para aludir a debates estériles, de todo punto inútiles y carentes de pragmatismo, o directamente, estúpidos y hueros. El madridismo es una afición insoportable tanto en la derrota como en el éxtasis, sobre todo en lo último. De manera que, como es natural e intrínseco en él, anda ahora enfrascado en el enésimo retruécano gilipollesco: la supuesta futilidad de Gareth Bale y la pretendida rivalidad entre el galés y Cristiano Ronaldo. La cosa, que no pasaría de simple pasatiempo para niños si anduviésemos entre gente seria, se torna grave cuando parte del estadio Santiago Bernabéu anuncia al mundo su nulo criterio pitando a Bale tras una jugada irrelevante en la que no dio la pelota a su compañero. Continúa leyendo Bizantinismos

Burócratas

Últimamente algunos primeros espadas del articulismo español, solariegamente madridistas, están haciendo correr la especie de que el Madrid de Carlo Ancelotti no es demasiado estimulante. Arguyen que frente a la electricidad del Madrid de Mourinho, el equipo de su sucesor les parece frío, y les resulta difícil empatizar con él, como si Carletto fuese un burócrata gris que se limitase a sellar papeles durante toda la mañana. En definitiva, este Madrid les aburre. Fíjense si no comparto este desapego que cuando me puse con el partido, con 25 minutos de retraso, el Real ya iba ganando. Acababa de marcar Jesé. ¡Como para quejarme! Pero vamos a desmenuzar esto, que es muy interesante. El fútbol es una dramaturgia revestida de show business. La identificación hincha-equipo se articula específicamente sobre las emociones. Por lo tanto, quien paga una entrada o se pone delante de la tele no asiste, no obstante, a un estreno cinematográfico, sino a una escenificación trágica de fuerzas telúricas enraizadas en la infancia. De manera que el viejo aserto de Clemente de quien quiera espectáculo, que vaya al circo podría aplicarse a quien dice aburrirse viendo fútbol: aquí se viene a machacar a la tribu de enfrente. El retraso a la hora de incorporarme al partido se lo agradezco a quienes ponen el fútbol a esa hora tan incómoda que son las 9 de la noche. A desmano de todo, uno no sabe si ir a la cocina y cenar algo, por aquello de europeizarse, o si esperar un poco y seguir acomodándose en el hecho diferencial español. En todo caso, a esas alturas Jesé ya había picado medio billete rematando con cierta indulgencia de Kiko Casilla un pase geométrico del artificiero Alonso.

Ausente Modric por descanso, el centro de gravedad del Madrid pasó a Xabi, que lo acaparó todo. El Español, sin embargo, no vino a Madrid con un ardor bélico exagerado: mordió lo justo. Lo que exigía el decoro. Illarramendi escoltó con solvencia y sosiego a su mentor, y Di María trotó de aquí para allá, unas veces sujetando el centro del campo rival en el carril interior, otras veces esparciéndose por la izquierda. Jesé volvió a destacar por el costado derecho, y además del gol dejó varios desmarques y algunas jugadas de lucidez propias de quien goza de confianza en sí mismo. Ronaldo se subió a la atalaya y al acabar el partido había intentado marcar un gol de todas las maneras posibles. Esta vez, empero, se le resistió la divina perforación, y a la hora de escribir esto temo por la integridad cervical de Irina. Alarcón habitó el que se supone su ecosistema particular: la media punta más pura. Su partido fue, de nuevo, intrascendente. El otro día lo comparaba con Modric en una disputa por el mismo balón al que el croata llegó antes que él empezando la carrera diez metros por detrás: ahora mismo, Isco y Lukita parecen vivir a velocidades distintas. No comparto la desazón instalada en el madridismo en torno al malagueño: Odín camina a través de un largo invierno, pero mayo llegará, y conviene no olvidar que los genios florecen en primavera.

El partido no dio para mucho más. Kiko Casilla realizó algunas intervenciones de gran mérito y el Español pudo marcar algún que otro gol, más por la temeridad defensiva local que por insistencia propia. Batir récords de imbatibilidad con Sergio Ramos interpretando el papel de mono pistolero que atormenta a Robbie Williams en una canción es una cosa homérica, muy loca. Nacho pareció un mariscal a su lado, siendo como es un central cuyo mérito es exclusivamente ser una persona normal. Y aparentarlo. Coentrao, en el lateral izquierdo tras su charlotada de Pamplona, recuperó la cordura hasta que se llevó la enésima hostia de su trayectoria profesional: parece un imán para los golpes en esta temporada de ridículo desarrollo personal para él. La Taça do Rei entra en su fase decisiva, esa en la que por fin se asemeja a una competición homologable con los estándares occidentales. El Madrid alcanza las semifinales sin recibir un sólo gol y, también, sin pestañear. Su rival saldrá del choque entre el Athletic y su sucursal madrileña, y mientras el equipo de Ancelotti camina imperturbable por la senda del samurái -por más que aburra al sanedrín- la victoria recupera esa condición rutinaria que en Chamartín es blasón y se hereda de padres a hijos. Palabras como espectáculo, estilo o entretenimiento pierden cualquier sentido cuando uno mira el fútbol como un combate a muerte que ocurre cada tres días y no como un neoyorquino sentándose en el Madison con la camiseta de Carmelo Anthony y el cubo de palomitas.

Paso ligero

Últimamente los partidos del Madrid se juegan con la banda sonora de Star Wars de fondo. Desde la victoria en Valencia con la que cerró 2013, el equipo de Ancelotti parece un ejército de prácticas nucleares en el atolón de la isla Mauricio: por donde pasa, no crece la hierba. Hubo algo de mecánico en la victoria de ayer, como si los muchachos supieran ya de memoria las instrucciones a seguir y el rival no importase. El plan se ejecutó correctamente, como en el Villamarín, pero sin el ejercicio de violencia sostenida que arrasó al Betis hace unos días. Volvía el Madrid a Cornellá semana y media después de la trabajada victoria liguera, y aunque el resultado fue el mismo las sensaciones variaron. El Español ofreció menos resistencia, o por enfocarlo de otra manera: el aficionado madridista jamás dudó del triunfo final, lo que en sí mismo es un espectáculo fascinante e innovador al que uno no termina de acostumbrarse. Tanto es así que desde que comenzó 2014 sufro más por dejar imbatida la portería propia que por el resultado. Lo doy por ganado desde antes que Cristiano empiece a bufar saliendo del túnel de vestuarios.

No obstante, Aguirre, que es un artesano del balompié intrahistórico y de esto sabe como para escribir un libro, planteó el mismo partido pegajoso que en Liga: soltó los perros sobre Modric, apretó la salida de balón del eslabón más débil de la cadena defensiva madridista -Ramos- y martilleó por detrás de los laterales. Sergio García, que salió de La Masía antes de que Guardiola la convirtiera en Disneylandia, se dedicó a correr detrás de cada balón echando espuma por la boca. En la euforia inicial radicaban las esperanzas de éxito del plan españolista, pero el Madrid templó la ira local con empeño luterano. Uno tras otro, Modric, Illarramendi y Di María fueron acumulando balones, tiempos y espacios en un centro del campo que comenzó a tener un sólo sentido: el área de Kiko Casilla. En la otra, Casillas, que luce peinado parecido al de sus comienzos como futbolista de élite en lo que quizá sea el último reflejo instintivo de un hombre que se sabe desahuciado por recuperar la sonrisa del azar que lo sostuvo siempre, demostró una inclinación desconocida por el juego con los pies. Me atrevería a decir que la suplencia está empujándolo a territorios inexplorados en toda su trayectoria profesional, lo que no deja de ser curioso. Cristiano chutó a puerta 4 veces seguidas y al quinto disparo a ninguna parte se le empezó a desquiciar la mirada. El superhéroe llevaba anoche el disfraz de Kobe Bryant chupándoselo todo en el Staples, y hubo un momento, ya en la segunda parte, que tuvo carácter veraderamente subversivo: CR7 llegó hasta la frontal del Español driblando a 8 contrarios y a sí mismo, a la vez, y al chocarse con Bale el galés le quitó la pelota como diciéndole dámela, coño. 

Por la banda de Bale llegó el gol: Arbeloa colgó un magnífico centro al santasactórum del área que llegó peinado a la cabeza de Benzema, quien sólo tuvo que poner la barba salafista para meterla. Celebró el gol como Ronaldo Nazario y en sus  desplazamientos etéreos por entre los límites de la materia y lo cognoscible está Platón: no es un jugador de este mundo. A Benzema se le suele medir con la vara de Cristiano Ronaldo, como si cualquiera que no fuese Messi no cayera en el hoyo del descrédito al ser comparado con semejante alienígena. Y es un error, a mi juicio: la dimensión de Karim dentro del equipo supera lo plástico y gravita sobre la efectividad, parcela en la que siempre fue tan criticado por sus -supuestos- pocos goles. No hay un toque de balón del francés que no tenga sentido en la sinfonía asimétrica del Madrid de Carletto, y casi siempre pasan desapercibidos sus desmarques de ruptura y sus apoyos al primer toque con que engrasa las jugadas que terminan con Marcelo, Cristiano, Bale o Di María en la línea de fondo o con un estrépito sangriento en el punto de penalty. En todo caso, tras su gol pudieron venir algunos más. Fueron los mejores minutos del Madrid: cómodo, marcial, inapelable, con Modric en todas partes y Di María agregándose como escudero de inapreciable valor táctico al trabajo de Illarramendi y el croata.

El fútbol también está hecho de casualidades. Si Sahin no se hubiese caído por el agujero de los desheredados del paraíso madridista, es probable que José Mourinho jamás hubiese contemplado la necesidad de fichar a Luka Modric en el verano de 2012. Pero Sahin se dejó la posteridad en sus rodillas, Modric llegó y el resto lo conocemos todos. De la segunda parte sobró media hora. Arbeloa se halló dos veces delante de Casilla, fruto del desajuste coordinado de la transición ofensiva del Madrid. El dinamismo posicional de los 3 de arriba origina espacios inesperados y soluciones minimalistas en las que intervienen los laterales, los interiores y hasta los defensas centrales. Es el caos controlado del 4-3-3 de Ancelotti, sobre el que este Madrid ha adquirido solidez granítica y avanza implacable a lo largo de este mes de enero terrible en lo competitivo. El Real se relajó, como creyendo que el Español podría seguir hasta el Juicio Final sin marcarles un gol, y con la salida de Jhon Córdoba el peligro volvió a merodear, difuso, por el área de Casillas. A Arbeloa se le nubló la noche: Córdoba es una especie de mandingo colombiano con la técnica atrabiliaria de Obafemi Martins pero rápido, fiero y fuerte como un rottweiler. Al final se plantó sólo ante Casillas y definió al muñeco, lo que sirvió para mantener la virginidad de la meta madridista en el nuevo año un partido más y contentar a las masas, que se fueron a la cama aliviadas por una nueva parada de Casillas. Ya no tendrán que recurrir a Youtubes antiguos para masturbarse.

Metas volantes

El Madrid llegó a Cornellá sabiendo ya que Atlético y Barcelona le habían concedido, de nuevo, un baile. La Liga 2013/2014 es una larguísima mano de póker, como esas partidas clandestinas de Los Soprano donde se tiraban toda una noche apostando miles de dólares. Fumando y bebiendo hasta que se hacía de día y uno se iba a casa, forrado, otro se quedaba a dormir la mona en el sofá y el tercero en discordia iba buscando un buen árbol donde colgarse, arruinado. Así es un poco este campeonato tras la marcha de Guardiola y Mourinho: la pelea de los dos titanes ha dejado paso a un pulso ambiguo, desapasionado y a ratos semejante a una etapa de montaña en el Tour de Francia. Rojiblancos y azulgranas, por primera vez desde 1996, esprintaron en las primeras metas volantes, formando una tête de la course a la que se fue enganchando lentamente el equipo de Ancelotti, haciendo el acordeón un par de veces. Pero coronando la primera vuelta, la Liga transita por un repecho del Tourmalet y el Madrid ya asoma en los retrovisores de los dos líderes, gracias al empate a miedo del Calderón. Con la presión de sumar 3+2 saltó el Madrid al coquetísimo estadio del Español, y la coyuntura, lejos de agigantar a los muchachos ayer de naranja, los amilanó. Los primeros 15 minutos del partido ofrecieron al madridista retazos de tragicomedias antiguas: once jugadores moviéndose entre la displicencia y el caos esquizoide, y un rival mordiéndoles los talones. Los locales, con una presión altísima sobre Modric y Alonso, empujaron al Madrid contra el fondo de Diego López, y cruzaron algunos balones émulos de otros que acabaron en estrépito y cuerpos mutilados en Dortmund o Pamplona, más recientemente. Por suerte, John Córdoba no es Lewandowski, y los primeros tiroteos en torno a López no exigieron la intervención de los antidisturbios. El Madrid se fue asentando en el partido a medida que Modric fue liberándose del marcaje al hombre que Aguirre había dispuesto sobre él en los minutos de fogueo. La imprecisión del Madrid se tornó paciente labor de costura desde que Marcelo abandonó el fuerte por su banda, aventurándose por donde disfruta: la puerta trasera de los rivales. Un magnífico centro suyo lo golpeó Benzema travestido de Van Basten, y el balón, aunque se fue dos metros más allá del poste de Casilla, sirvió de aviso a los locales: ya estamos aquí.

Ancelotti, que le tiene una fe ilimitada a Di María, eligió al argentino como acompañante de Modric y Alonso en la medular: la idea parecía atrevida, pero resultó eficaz. El Fideo jugó su partido más serio del año, precisamente cuando se ciñó al rol de interior y tercer hombre en la cabina de mandos. Su buen trabajo en la cobertura por la izquierda dio carta blanca a Marcelo, y Benzema sonrió feliz: por fin tenía alguien con quien jugar. De un ejercicio de plasticidad exuberante del esteta francés nació la jugada más peligrosa de la primera parte. Karino controló un balón en dos dimensiones y sin dejar que tocase el suelo, lo convirtió en HD, mandándoselo al punto de penalty, con lacito y gafas 3D, a Cristiano. Ronaldo punteó el césped, y ahí todos supimos que sigue frente a las murallas de Troya, llamando a voces a Héctor. Con el Madrid patrullando Cornellá a su antojo, Modric batiendo líneas y Bale junto a Ronaldo arañando cristales sin demasiado acierto, el Español se limitó a replegarse con criterio en torno a Casilla y sus centrales. Es aguerrido este equipo de Aguirre, aclamado como un caudillo por su grada. Por delante, John Córdoba, que tiene nombre de pandillero de The Shield, retaba a Ramos en lo puramente halterofílico, sin saber que en el cuerpo a cuerpo el sevillano es casi imbatible: para ganarle hay que usar la cabeza y acudir a la gambeta y el quiebro. No obstante, estuvo sobrio el capitán del Madrid, por fin centrado. Junto a Pepe, dominaron sin problemas el alboroto esporádico que lograba levantar el Español alrededor de la frontal visitante. Rememorando los buenos viejos tiempos, Ramos-Pepe, Pepe-Ramos, jugaron mejor cuando la lucha se centró en lo físico. Adelantaron dos pasos la presión, con lo que el equipo dejó de partirse tanto por el medio como en los partidos precedentes, y la ayuda de Di María resultó clave para que ni Alonso ni Lukita acabaran el partido pidiendo un gotero. A pesar de todo, el Madrid no pudo cristalizar su buena media hora con un gol: tal era la inconsistencia del frente de ataque a la hora de entrar a matar. Marcado por la opacidad de Ronaldo y la intrascendencia de Bale, el Strike Team madridista deambuló errático sobre la media luna españolista, pendientes sólo de la clarividencia de Benzema, el mejor junto a Modric, y los locales llegaron al descanso con la sensación de no haber sido forzados de manera suficiente por un rival que se preguntaba, como Hamlet, si ser o no ser en esta Liga. El Español, que es la Barcelona más rebelde y suburbana, la contestataria que vive en los márgenes enfangados del discurso catalán, saltó en la segunda parte decidido a resistir. Ese es, concluí, el rasgo diferencial de este club: resistencia. Olvidados por el establishment desde que llegó la democracia, o incluso antes, el Español se construye a la deriva, con un carácter radicalmente adversativo. En una ciudad domeñada por un club que se autodenomina ejército desarmado de un movimiento ideológico-político-sociocultural que lleva arrastrando Cataluña a un abismo oscuro desde hace décadas, el Español resulta molesto. Sospechoso desde su mismo nombre. La cámara enfocó una estelada colgando de una tribuna, y pareció por un instante que incluso en la aldea de Astérix se había inoculado el virus de la esquizofrenia colectiva que azota Cataluña. Falsa alarma: el equipo de Aguirre se limitaba a golpear al Madrid sin patriotismo, por pura supervivencia competitiva.

Avanzaba la segunda parte y el Madrid se volvía impreciso, precipitado y absurdo. El dominio tranquilo de la primera parte dejó paso a un caótico vodevil que amenazaba con un descarrilamiento en alguno de los balones en largo a la carrera de los delanteros locales, que atacaban con sangre en los ojos el espacio a la espalda de Marcelo y Carvajal. Sin embargo, fue entonces cuando llegó el gol del Madrid: Modric botó una falta al corazón del área de Casilla y Pepe saltó poderosísimo al cabezazo picado. Es curioso cómo Kepler comenzó a dejarse el pelo largo justo tras cometer la felonía contra un Mourinho que era ya moro muerto en el Madrid. Desde entonces parece que, en un fenómeno inverso al de Sansón, ha ido perdiendo masa corporal y por ende, fiereza, conforme la calva de guerrillero dejaba paso a una melena de hippie ibicenco. Pepe ya no asusta y hasta su mirada parece la de un rockstar amaestrado después de pasar un año en un centro de rehabilitación. Pero conserva una versión reducida de sí mismo que le permite sernos útil todavía, como Pussy Bonpensiero sirvió a Tony Soprano mientras podía ayudarle a resolver viejas cuentas pendientes. No obstante, antes de mandar a Laverán a dormir con los peces -quizá en Manchester con Pellegrini, quién sabe- Ancelotti tiene por gestionar algunas deficiencias en su equipo: aún con Di María rindiendo en el interior, la ausencia de Khedira lleva desangrando al equipo desde noviembre, justo cuando la última fecha FIFA gripó el motor de un bloque que ascendía a velocidad de crucero desde la derrota del Camp Nou. El partido acabó con el Español trepando por la pared del Madrid y Ronaldo abrumando al mundo con su propia desesperación: continúa persiguiendo su sombra con los ojos enrojecidos de cólera paranoide, y hasta que no destroce con un hat-trick al próximo infeliz que se le ponga delante, seguirá atascado en sus arenas movedizas. Ancelotti agotó sólo un cambio hasta el rush final y ahondó en la impresión de que su dirección de campo es laxa y previsible, más de corte pellegriniano que mourinhista. Pero qué creían, estábamos acostumbrados a Mick Jagger, y Carlo emite en una longitud de onda más mediterránea. El Madrid termina la primera vuelta a un partido de la cabeza de la Liga, y lo que es más importante: dependiendo de sí mismo para ganarla. 2014 aún no ha violado las redes ni de López ni de Casillas, lo que en sí mismo constituye un hito histórico, y más en una temporada irregular en la que la defensa, huérfana de Varane y con dos centrales en rebajas, asemejaba una verbena de pueblo español a las 4 de la mañana.