17 de enero de 1936

En el ABC del 17 de enero de 1936, salía publicado esto:  Continúa leyendo 17 de enero de 1936

14 de enero de 1936

En el ABC del 14 de enero de 1936 venía una noticia que puede, muy fácilmente, relacionarse con el presente y que demuestra que hoy, como ayer, el nacionalismo catalán es igual fenicio para con los Estados democráticos y soberanos de España:  Continúa leyendo 14 de enero de 1936

8 de enero de 1936

Hoy, cuando toda la prensa del mundo libre bulle y se hace enérgica vindicación (necesaria, y más tras un tiempo reciente de repliegue y sombra) de la libertad de expresión, me siento un poco frustrado por tener que dedicar mi tiempo a elaborar un folletín folk y asistir de oyente al latido de Occidente tras el acto de barbarie cometido ayer en París. No obstante, es obligado hoy -en realidad, siempre- leer a Arcadi Espada, y también esto acerca del derecho a blasfemar que a mí, personalmente, me ha servido para reorientar mis ideas al respecto. El mundo tal y como lo hemos recibido de nuestros padres se encuentra amenazado desde hace 15 años por un totalitarismo islamista que en virtud de la desvalorización de la vida que propugna, no conoce ningún límite a la hora de enjuiciar y castigar a los adversarios de su teocrática cosmovisión. De manera que, mientras el grueso de la población de este mundo libre se dedica al esparcimiento y multitud de folclóricas manifestaciones populares, el periodismo recoge la antorcha (que siempre portó) de la vigía y centinela; aunque mi almena sea reducida y pequeña, seguirá en pie midiendo desde lejos -qué remedio- la nube negrísima que ya está encima de nuestra ciudadela plural, libre e igual.  Continúa leyendo 8 de enero de 1936

No se oyó un petardo

Habló el Rey. Como cada año. Este era especial, no obstante: era un Rey nuevo. Todo lo que supone cambiar, aunque sea de cara, atrae. Las masas sienten una atracción irracional por lo novedoso, una especie de inclinación puramente estética, mero fetichismo. Felipe VI mostró empeño en agradar; esa voluntad de justificarse a sí mismo y a la institución que representa lastra su mensaje y hace de su discurso un alegato ora melifluo, ora endeble intelectualmente. Cargó la mano en el elemento emocional. Si bien su target…  Continúa leyendo No se oyó un petardo

Metas volantes

El Madrid llegó a Cornellá sabiendo ya que Atlético y Barcelona le habían concedido, de nuevo, un baile. La Liga 2013/2014 es una larguísima mano de póker, como esas partidas clandestinas de Los Soprano donde se tiraban toda una noche apostando miles de dólares. Fumando y bebiendo hasta que se hacía de día y uno se iba a casa, forrado, otro se quedaba a dormir la mona en el sofá y el tercero en discordia iba buscando un buen árbol donde colgarse, arruinado. Así es un poco este campeonato tras la marcha de Guardiola y Mourinho: la pelea de los dos titanes ha dejado paso a un pulso ambiguo, desapasionado y a ratos semejante a una etapa de montaña en el Tour de Francia. Rojiblancos y azulgranas, por primera vez desde 1996, esprintaron en las primeras metas volantes, formando una tête de la course a la que se fue enganchando lentamente el equipo de Ancelotti, haciendo el acordeón un par de veces. Pero coronando la primera vuelta, la Liga transita por un repecho del Tourmalet y el Madrid ya asoma en los retrovisores de los dos líderes, gracias al empate a miedo del Calderón. Con la presión de sumar 3+2 saltó el Madrid al coquetísimo estadio del Español, y la coyuntura, lejos de agigantar a los muchachos ayer de naranja, los amilanó. Los primeros 15 minutos del partido ofrecieron al madridista retazos de tragicomedias antiguas: once jugadores moviéndose entre la displicencia y el caos esquizoide, y un rival mordiéndoles los talones. Los locales, con una presión altísima sobre Modric y Alonso, empujaron al Madrid contra el fondo de Diego López, y cruzaron algunos balones émulos de otros que acabaron en estrépito y cuerpos mutilados en Dortmund o Pamplona, más recientemente. Por suerte, John Córdoba no es Lewandowski, y los primeros tiroteos en torno a López no exigieron la intervención de los antidisturbios. El Madrid se fue asentando en el partido a medida que Modric fue liberándose del marcaje al hombre que Aguirre había dispuesto sobre él en los minutos de fogueo. La imprecisión del Madrid se tornó paciente labor de costura desde que Marcelo abandonó el fuerte por su banda, aventurándose por donde disfruta: la puerta trasera de los rivales. Un magnífico centro suyo lo golpeó Benzema travestido de Van Basten, y el balón, aunque se fue dos metros más allá del poste de Casilla, sirvió de aviso a los locales: ya estamos aquí.

Ancelotti, que le tiene una fe ilimitada a Di María, eligió al argentino como acompañante de Modric y Alonso en la medular: la idea parecía atrevida, pero resultó eficaz. El Fideo jugó su partido más serio del año, precisamente cuando se ciñó al rol de interior y tercer hombre en la cabina de mandos. Su buen trabajo en la cobertura por la izquierda dio carta blanca a Marcelo, y Benzema sonrió feliz: por fin tenía alguien con quien jugar. De un ejercicio de plasticidad exuberante del esteta francés nació la jugada más peligrosa de la primera parte. Karino controló un balón en dos dimensiones y sin dejar que tocase el suelo, lo convirtió en HD, mandándoselo al punto de penalty, con lacito y gafas 3D, a Cristiano. Ronaldo punteó el césped, y ahí todos supimos que sigue frente a las murallas de Troya, llamando a voces a Héctor. Con el Madrid patrullando Cornellá a su antojo, Modric batiendo líneas y Bale junto a Ronaldo arañando cristales sin demasiado acierto, el Español se limitó a replegarse con criterio en torno a Casilla y sus centrales. Es aguerrido este equipo de Aguirre, aclamado como un caudillo por su grada. Por delante, John Córdoba, que tiene nombre de pandillero de The Shield, retaba a Ramos en lo puramente halterofílico, sin saber que en el cuerpo a cuerpo el sevillano es casi imbatible: para ganarle hay que usar la cabeza y acudir a la gambeta y el quiebro. No obstante, estuvo sobrio el capitán del Madrid, por fin centrado. Junto a Pepe, dominaron sin problemas el alboroto esporádico que lograba levantar el Español alrededor de la frontal visitante. Rememorando los buenos viejos tiempos, Ramos-Pepe, Pepe-Ramos, jugaron mejor cuando la lucha se centró en lo físico. Adelantaron dos pasos la presión, con lo que el equipo dejó de partirse tanto por el medio como en los partidos precedentes, y la ayuda de Di María resultó clave para que ni Alonso ni Lukita acabaran el partido pidiendo un gotero. A pesar de todo, el Madrid no pudo cristalizar su buena media hora con un gol: tal era la inconsistencia del frente de ataque a la hora de entrar a matar. Marcado por la opacidad de Ronaldo y la intrascendencia de Bale, el Strike Team madridista deambuló errático sobre la media luna españolista, pendientes sólo de la clarividencia de Benzema, el mejor junto a Modric, y los locales llegaron al descanso con la sensación de no haber sido forzados de manera suficiente por un rival que se preguntaba, como Hamlet, si ser o no ser en esta Liga. El Español, que es la Barcelona más rebelde y suburbana, la contestataria que vive en los márgenes enfangados del discurso catalán, saltó en la segunda parte decidido a resistir. Ese es, concluí, el rasgo diferencial de este club: resistencia. Olvidados por el establishment desde que llegó la democracia, o incluso antes, el Español se construye a la deriva, con un carácter radicalmente adversativo. En una ciudad domeñada por un club que se autodenomina ejército desarmado de un movimiento ideológico-político-sociocultural que lleva arrastrando Cataluña a un abismo oscuro desde hace décadas, el Español resulta molesto. Sospechoso desde su mismo nombre. La cámara enfocó una estelada colgando de una tribuna, y pareció por un instante que incluso en la aldea de Astérix se había inoculado el virus de la esquizofrenia colectiva que azota Cataluña. Falsa alarma: el equipo de Aguirre se limitaba a golpear al Madrid sin patriotismo, por pura supervivencia competitiva.

Avanzaba la segunda parte y el Madrid se volvía impreciso, precipitado y absurdo. El dominio tranquilo de la primera parte dejó paso a un caótico vodevil que amenazaba con un descarrilamiento en alguno de los balones en largo a la carrera de los delanteros locales, que atacaban con sangre en los ojos el espacio a la espalda de Marcelo y Carvajal. Sin embargo, fue entonces cuando llegó el gol del Madrid: Modric botó una falta al corazón del área de Casilla y Pepe saltó poderosísimo al cabezazo picado. Es curioso cómo Kepler comenzó a dejarse el pelo largo justo tras cometer la felonía contra un Mourinho que era ya moro muerto en el Madrid. Desde entonces parece que, en un fenómeno inverso al de Sansón, ha ido perdiendo masa corporal y por ende, fiereza, conforme la calva de guerrillero dejaba paso a una melena de hippie ibicenco. Pepe ya no asusta y hasta su mirada parece la de un rockstar amaestrado después de pasar un año en un centro de rehabilitación. Pero conserva una versión reducida de sí mismo que le permite sernos útil todavía, como Pussy Bonpensiero sirvió a Tony Soprano mientras podía ayudarle a resolver viejas cuentas pendientes. No obstante, antes de mandar a Laverán a dormir con los peces -quizá en Manchester con Pellegrini, quién sabe- Ancelotti tiene por gestionar algunas deficiencias en su equipo: aún con Di María rindiendo en el interior, la ausencia de Khedira lleva desangrando al equipo desde noviembre, justo cuando la última fecha FIFA gripó el motor de un bloque que ascendía a velocidad de crucero desde la derrota del Camp Nou. El partido acabó con el Español trepando por la pared del Madrid y Ronaldo abrumando al mundo con su propia desesperación: continúa persiguiendo su sombra con los ojos enrojecidos de cólera paranoide, y hasta que no destroce con un hat-trick al próximo infeliz que se le ponga delante, seguirá atascado en sus arenas movedizas. Ancelotti agotó sólo un cambio hasta el rush final y ahondó en la impresión de que su dirección de campo es laxa y previsible, más de corte pellegriniano que mourinhista. Pero qué creían, estábamos acostumbrados a Mick Jagger, y Carlo emite en una longitud de onda más mediterránea. El Madrid termina la primera vuelta a un partido de la cabeza de la Liga, y lo que es más importante: dependiendo de sí mismo para ganarla. 2014 aún no ha violado las redes ni de López ni de Casillas, lo que en sí mismo constituye un hito histórico, y más en una temporada irregular en la que la defensa, huérfana de Varane y con dos centrales en rebajas, asemejaba una verbena de pueblo español a las 4 de la mañana.

El problema

Ramón Jáuregui, ilustre socialista vasco, comentaba hoy en Herrera en la Onda que “el problema es que los catalanes pueden sentir que a lo mejor su particularidad no es respetada o comprendida en el resto del país. Esto puede romper el país”. Subrayando lo último, tan cercano -yo diría que primo hermano- de aquello tan de Rajoy (¡Están rompiendo España!) que el gobierno al que perteneció el propio señor Jáuregui tachó en su momento de apocalíptico, faccioso y mezquino, prefiero quedarme con lo primero. El-problema-de-España-es. El locutor no paró de señalar que Jáuregui lleva “meses trabajando” en una “solución federal” a los problemas que presenta la actual organización del Estado. El susodicho aludió a la sensibilidad singular de los catalanes -de los buenos catalanes, le faltó añadir. Los malos catalanes, como todo el mundo sabe, se preocupan de menudencias como encontrar un trabajo con el que llenar la mesa de su casa cada mediodía, qué vulgaridad- . Ese era el problema de España, según entiende Jáuregui y por extensión, el socialismo español. Que el ayuntamiento de Barcelona, endeudado hasta los jaramagos que nacen en las rendijas de las piedras de su azotea, lleve gastados ya 80 millones de euros en preparar la paramilitarización hitleriana de la Diada 2014, o que todas las embajadas culturales de las 17 taifas repartidas por el mundo sumen el doble que los consulados del Estado español, por lo visto, no hiere la singular sensibilidad de cierta población catalana. Ergo, no es el problema. España me recuerda cada día más a la imagen del romano preguntándose qué fuente quedaría mejor en medio del atrio de su casa de campo, mientras los bárbaros comienzan a saltar el Limes.

Uno de los suyos

“Hay quince autonomías ficticias que no necesitaban ni Parlamentos ni observatorios de turismo”. Lo ha dicho Felip Puig, consejero de la Generalidad de Cataluña. A la sazón, insigne miembro de CiU y, por lo tanto, político de profesión. Lo que quiso decir, todos los sabemos, es que sí, que es verdad. Que hay que apretarse el cinturón. Y adelgazar la Administración pública. Claro que sí. Pero que lo van a hacer otros, por supuesto. Voy a transcribir aquí lo que pasó por su mente antes de que la corrección impuesta por la mojigatería tan propia de la burguesía catalana -y la de todas partes- impidiera al señor Puig soltarse como a él le gustaría. Como le estaba pidiendo el cuerpo. “Sólo nosotros, y nuestros amigos los gudaris del tronco de Guernika, tenemos el derecho inalienable a la autonomía política. Que estaba muy bien que los muertos de hambre de Murcia, Extremadura y La Rioja os creyéseis reyezuelos cuando había pasta de sobra. Pero nosotros somos el pueblo elegido y nuestro autogobierno emana directamente de la gracia de Dios. Así que os vais a joder, merluzos. Por habéroslo creído”. Esto es tan inaceptable, tan ofensivo para con la inteligencia propia y ajena, que, por supuesto, nadie va a tener el coraje de reprochárselo públicamente. En la palestra política española escasea la decencia personal, y los tribunos con la gallardía suficiente como para afrontar estas situaciones con la dignidad que el propio cargo exige. Gente a la que el clientelismo y los favores debidos y prestados le importen un soberano pimiento. Ni en el Gobierno, ni fuera de él. Chantajes sin tapujos, amenazas en absoluto veladas y desfachateces como las de Puig no pueden obviarse; ni tan siquiera disculparse en aras de una armonía institucional que, como bien ha demostrado la Historia, no es más que ficticia -y muy interesada, coyuntural- tratándose el catalanismo secesionistas mafioso. Sin embargo, no esperen más que capotazos disimulados y dontancredismo por parte de los representantes de un Estado desbordado, obsoleto y deslegitimado por la ausencia de contacto entre la realidad y el interés parasitario de una casta política retroalimentada por la degeneración global de la sociedad. Lo que el señor Puig merece es una respuesta contundente. Su patochada sólo subraya el carácter profundamente egoísta, amoral y cuasi xenófobo del secesionismo catalán. De todos los secesionismos ibéricos, en realidad. La superioridad étnica que se arrogan los hijos de la burguesía textil catalana y su reescritura constante de la Historia rebasó hace mucho el paroxismo y la indignidad: únicamente puede ser derrotada por la firmeza y por el coraje. Virtudes del todo ausentes en la partitocracia nacional, que pasará la mano por encima del lomo del Hombre del Carmel a la manera de los cariñosos pescozones de los padres a los hijos cuando éstos se comportan de un modo apropiadamente travieso. No en vano, Puig es uno de los suyos. Mientras tanto, el Estado sigue sin afrontar la necesaria amputación de los miembros gangrenados, y con el rediseño constitucional en el limbo de los wishful thinking, cada día hay más españoles nadando entre la vindicación de una verdadera realpolitik y la marejada grande que los está hundiendo en el desempleo y la ruina.