Lisboa

El camino hacia Lisboa desde el Algarve es particularmente curioso. Cualquiera diría que la península ibérica se suaviza a medida que abandona España por el oeste, como si dejase todo lo áspero, todo lo hirsuto de su paisaje y todo lo agreste en el lado español de la frontera. En el sur no hay paralelismo posible entre Andalucía y el Algarve. Andalucía se alza tras Sierra Morena, se levanta arrogante más allá de Despeñaperros, izándose al cielo del mundo como una bandera blanca rebosante en su fulgor. El Algarve, en cambio, aparece ante nosotros sin hacer ruido, como escondido o, mejor, mucho mejor: ensimismado. Desde Huelva va uno atravesando la fronda selvática que cubre Doñana por el norte y de repente se encuentra una llanura y un puente: el Internacional del Guadiana, un tiralíneas de acero sobre el río que huye y que nos deja en mitad de una carretera amable. Portugal se enrisca a poco de avanzar sobre ella. Cuando uno deja a su izquierda el Atlántico van surgiendo como motas blancas en un tapete bajo, entre verde y ocre, los pueblitos de esa Costa del Sol preservada en su semi-virginidad que es el litoral portugués hasta Sagres y el cabo de San Vicente. Tavira, Faro, Albufeira. Continúa leyendo Lisboa

Comentario general sobre los planes de creación de empleo en Andalucía (II)

Yo conocí a algunos de quienes asistieron a esas escuelas-taller. Alguien de Zamora o Albacete puede creer que se trata de algo imposible, de una leyenda negra hilada con alevosía. Esto no tiene nada de fábula. Puedo poner el ejemplo de antiguas novias de buenos amigos míos, incluso también de amigos íntimos, de gente cercana, o de otros tantos conocidos, anónimos de aquí y de allí, de este pueblo o de aquel otro. El sostén del neocaciquismo es esa Andalucía popular, inserta en el agros, en los inmensos vacíos que separan las 9 o 10 ciudades dignas de llamarse así que hay en la vasta extensión andaluza. Núcleos urbanos de apenas 10.000 habitantes, o los que no superan los 20.000, y hasta las ciudades medias, de 50.000 en adelante, cuya alma es absolutamente aldeana a pesar de su término municipal ensanchado artificalmente con pequeños barrios construidos a la buena de Dios que han ido atrayéndose entre sí merced a la burbuja inmobiliaria y a la progresión asimétrica, imposible de catalogar en parámetros racionales, de la vida de estos pagos. Sanlúcar de Barrameda, Dos Hermanas, Isla Cristina, El Puerto de Santa María, y para qué seguir contando, si desde Punta Umbría al Cabo de Gata saben de lo que hablo. Ahí reside el espíritu puramente andaluz, lo virginal de esta sociedad a medio camino entre la Ilustración y la Tradición más mística, más arraigada a la tierra, a los santos que encontraron los pastores en la cueva, a las vírgenes halladas en las oquedades de los árboles. Ahí es donde los partidos, sobre todo IU y el PSOE, se hacen grandes, fuertes, auténticos bastiones, y recrean dentro de sí verdaderas sociedades particulares en las que germinan los modos, las conductas, las actitudes y los procesos que determinarán luego la manera en que en los círculos de poder urbanitas, se abduce la democracia, se malea, se ductiliza, se estruja y moldea como si fuera plastilina.

La cuestión del empleo en Andalucía es como la droga en el Baltimore de The Wire. Encuentra el hilo y sigue la madeja. Follow the money. Los EREs fraudulentos, los escándalos judiciales, son las pústulas. La pus supurando hacia la superficie. Los poderes ejecutivo y legislativo en Andalucía están gangrenados, desde los cimientos. Todas las estructuras de poder en la región están recorridas por la fuerza telúrica de la corrupción: hay un nervio que las recorre de manera transversal, que hiende al sistema en su mismo pecho, que atraviesa cada una de las plantas de este enorme rascacielos sustentado en arcilla. Aquellos buenos tiempos en que pagarle un sueldo a la costra social era hacer una leva forzosa entre los presidios de la costa y embarcarlos a todos en tres carabelas rumbo al Nuevo Mundo, se terminaron en 2008. No hay dinero, pero el sistema se regenera, nace de sus terminaciones nerviosas muertas una simiente que es necrosis pero aun así vive, regurgita: planes de empleo de carácter urgente. Emergencia autonómica, casi nacional: la mitad de los andaluces no trabaja, pero cada ayuntamiento sigue recibiendo X cantidad cada X tiempo -el tamaño de la bolsa depende de lo cerca que esté cada alcalde del palacio de San Telmo- y en cada una de las oficinas andaluzas del INEM se obra un pequeño milagro mensual, bimensual o trimestral. Es como un plan Marshall dilatado en el tiempo. Susana Díaz toca algunos despachos, Madrid abre un poco el puño, los juegos de poder en el intestino de los partidos dominantes amansan las urgencias cotidianas, el default de la Junta sigue sin declararse, el artículo 155 continúa partiéndose el culo desde el altar de la Constitución y a 50 o 100 andaluces de Chipiona, Coria, Pilas, Aljaraque, Alhaurín o El Ejido le tocan 700 euros por 15 días arreglando alguna acera de algún polígono industrial.

Los planes públicos de fomento laboral son bullshit: carroña electoral, cortoplacismo de la más abyecta y miserable miopía política. El Estado continúa obviando su responsabilidad para con el funcionamiento de la economía que ellos llaman micro pero que yo llamo deja vivir a los autónomos. Deja que los recién licenciados puedan asumir una cuota razonable en la seguridad social mientras desbrozan la jungla, y deja que trabajar por cuenta propia resulte rápido, práctico y sobre todo, natural. El tejido productivo de Andalucía mantiene todavía una mentalidad de población ocupada, una resignación colectiva, una asunción de la medianía como si resultase normal aceptar la derrota y sin que la deserción voluntaria no suponga la reprobación de la tribu, sino todo lo contrario: el aplauso. Para qué vas a complicarte la vida, si lo que tienes que hacer es conseguir que alguien te firme las horas necesarias para cumplir la cuota de 6 meses exigibles para cobrar el PER. Para qué buscas el lío, si los 420 euros de la beneficencia estatal están ahí, tan cerca, tan sencillos. Si yo tengo un compadre que me firma horas como autónomo colaborador en su empresa de Trebujena, y sólo con aparecer por allí y firmar una vez cada 15 días me sirve. Este es el discurso, la dialéctica que ha terminado sustituyendo a aquel mensaje de la España antigua, de los 90, del trigo sin recoger: tú no te compliques la vida, sácate unas oposiciones y vive del Estado. Vida resuelta a los 25 años.

Yo sé, yo tengo las pruebas: esto pasaba, y sigue pasando. Cuántas familias no viven así. Matrimonio con hijos que juntando las peonadas del marido y las de la mujer logran el éxtasis de Santa Teresa en un pueblo andaluz cualquiera que es alcanzar el cupo y poder ir al INEM a sellar la ganga. El Estado se materializa en Andalucía en la figura anacrónica del pater redentor del que sólo cabe esperar regalos, indulgencia, limosna o violencia. Nada más. Nunca hubo comprensión exacta de las cosas, jamás la ley se hizo patente en este far west por el que han pasado todas las civilizaciones constructoras de Occidente y que a lo mejor por eso ya está de vuelta de todas las cosas, y más allá de las 10 ciudades nunca permeabilizará la racionalidad. La fórmula es distinta, pero la trampa social, el agujero sociológico, la ratonera, es la misma. La vieja narrativa social ha quedado obsoleta, inservible, y uno se pregunta si al final la crisis no va a tener más beneficios morales que perjuicios. Si esta sociedad enferma dejara de embelesarse con la imagen reverberada que de sí misma le devuelven los miles de millones de espejos que jalonan su minúsculo espacio vital, si tal milagro ocurriese, aun no siendo suficiente, sería el mayor logro ético de los andaluces desde el nacimiento de Velázquez.

Comentario general sobre los planes de creación de empleo en Andalucía (I)

No paro de escuchar a portavoces de la Junta, y a la misma presidenta, hablar acerca de planes estratégicos de empleo. Susana Díaz quiere, pide y promete grandes soluciones taumatúrgicas: “regeneración laboral paliativa” podría llamarse esa suerte de planificación de emergencia a la que se alude desde San Telmo para inyectar esperanza a una población asolada por las estadísticas. Más o menos la mitad de los andaluces en edad de trabajar no lo hacen. Una sociedad así, simplemente, no puede sostenerse. A pesar de que quienes no viven aquí elucubran explicaciones generales acerca de este problema, vagas e inconclusas, la realidad de la cuestión precisa un análisis muy fino que alcance las causas verdaderas o al menos orille los tópicos tan manidos en los que se refugia el acercamiento superficial al drama del trabajo en Andalucía. Susana Díaz habla, y no cesa, de la necesidad de una gran inversión, de una mastodóntica inyección financiera que alivie la tragedia de la región más poblada de la península. Sin embargo, Andalucía viene recibiendo ingentes cantidades de dinero desde hace décadas. Fondos dedicados a la cohesión social, ese sintagma tan abstracto y que a nada obliga. Millones de pesetas y ahora euros que llovían sobre la comunidad menos desarrollada industrialmente como el maná destinado a equilibrar desajustes seculares y despegar Andalucía del campo: hacerla viable en una Europa competitiva, convertirla en un granero de algo más que votos socialistas. Dibujarla, en suma, como una tierra fecunda capaz de erigirse algún día -remotísimo, visto ahora con la perspectiva del tiempo- en motor de la España emergente con la que soñábamos.

Yo puedo hablar de todo eso sin que la crisis me enturbie el juicio. Casi 4 décadas de autogobierno no han traído aquí más progreso que el minimum lógicamente exigible a un territorio que se mueve dentro de un país cuyos resortes de poder avanzaron desde una dictadura cuasi autárquica hacia una democracia liberal inscrita en el circuito de la Europa occidental de finales del siglo XX. No más, tampoco menos. Andalucía es un territorio anclado en un caciquismo transversal de corte moderno pero cuya factura es irremediablemente antigua. Su fragancia es la misma que el del viejo sistema paternalista y feudal que dominaba amplias zonas de España durante el siglo XIX. La fotografía, el instante, es idéntico: sólo que ahora el acceso a la cúspide se hace mediante dura y larga oposición dentro de un partido político. La estructura clientelar atraviesa ayuntamientos, diputaciones, mancomunidades y empresas públicas en una jerarquía marcadamente piramidal. Todo nace en Sevilla, se cuece en la olla de pocos kilómetros que abarca la Ronda de Capuchinos, donde se ubica el Parlamento, y el Paseo de las Delicias, allí donde está levantada la magnífica portada barroca, tan andaluza, tan labrada, tan sobrecargada de elementos y retruécanos marmóreos, del Palacio de San Telmo, sede del gobierno autónomo de Andalucía.

Para quienes habitan este espacio opaco, lleno de recovecos y ángulos muertos, morada habitual de pelotas, sátrapas, saltimbanquis de la cuerda y advenedizos sin ningún tipo de pudor y escrúpulo alguno, un 40, un 50 por ciento de la población activa de Andalucía sin nada que hacer cada mañana a las 8 no significa más que una estadística. Un número, una cifra molesta, un dato que utilizar como estilete contra el que se sienta en el escaño de enfrente o, verbigracia, una maravillosa oportunidad. Un 40, o un 50 por ciento de gente sin ingresos con los que alimentar a su familia también es una bolsa gigantesca de potenciales votantes a los que azuzar con migajas para que acaben tirándose de cabeza al depósito de gasolina electoral con el que funciona IU, PSOE o PP en Andalucía. Entra aquí la maravillosa concupiscencia de todos esos secretarios, subsecretarios, delegados del gobierno, coordinadores generales, convergentes todos en un mismo punto: reduzcamos todo plan general de empleo a una sola idea, táctica infalible, implacable lógica partitocrática destinada a la supervivencia de un modo de satrapía tan eficaz en tanto en cuanto usurpa el mecano de la propia democracia para su sustento y viveza. Démosle 500 euros mensuales durante 4, 5, o 6 meses a cada uno de todos esos jóvenes entre 16 y 20 años que no acabaron la ESO mediante la fórmula, administrativamente perfecta, abracadabrantemente mágica, de la “escuela-taller” descrita en los boletines oficiales del Estado como lugares donde reciclar gente inválida para el beneficio común de la sociedad y materializada en la terca realidad cotidiana como aulas de esparcimiento donde el 60% de los que comparten generación conmigo tocábanse las pelotas a dos manos por 7 euros la hora pagadas del erario público. Y esto ocurría en los felices años 2000. Otro día les iré detallando cómo ha ido evolucionando todo ahora que nos acercamos a Burundi, impasible el ademán.

La segunda modernización

Como la crónica de una muerte anunciada, hace dos días, José Antonio Griñán escenificó ante las cámaras su renuncia a seguir al frente de la Junta de Andalucía. Fue casi conmovedor, de no ser por su absoluta falta de relevancia. Griñán compuso un discurso melodramático que pretendió incidir con una tragedia impostada, tan artificial que a Dexter casi se le hubiera caído una lágrima, en su condición de víctima política. De pobre bruja cazada en medio de un pogromo. Sin embargo, la incapacidad manifiesta de este hombre para transmitir alguna emoción con su paupérrima oratoria se tradujo en una pusilánime justificación de sí mismo que nadie recordará cuando esté sentado en el banquillo de los acusados por el fraude pantagruélico de los ERE.

Griñán deja como heredera universal del virreinato socialista de Andalucía a Susana Díaz. Cambio de guardia. El viejo dinosaurio saluda, marchito, al joven tiburón -que viene del latín “hila legítima del politburó”-. Los pretorianos del felipismo entregan la cuchara, acuciados por las consecuencias irreversibles de sus propias veleidades megalómanas. Hubo un tiempo en que se creyeron impunes, y soñaron con cabalgar eternamente a lomos de la codicia por las vastas praderas de la manipulación, y el interminable valle de la ignorancia deliberada del electorado andalusí. Quizá hoy, todavía y a pesar de todo, en Andalucía los socialistas todavía lo sean. Impunes, digo. No hay más que ver cómo siguen permitiéndose el lujo feudal de paralizar la actividad política de la región más deprimida de España mientras ellos dirimen sus particulares cuitas dinásticas. Es un fuero éste viejo y solariego, ganado con sacrificio y constancia de hormiga durante tres décadas de ominoso aclarado intelectual en una tierra, la que se despliega al sur de Despeñaperros, destinada a la indigencia cultural ad aeternum. Griñán lega el Trono de Hierro a una mujer, un asiento de espinosas puntas forjado con las cabezas de los dos millones de parados que siembran los campos de un lugar al que Quevedo dedicón, sin saberlo, su tratado sobre el ojo del culo. Seguramente a esto se referían los socialistas cuando, hace unos años, hablaban sin parar de la segunda modernización.

Parece que fue hace un siglo, pero hace menos de una década, y aun de un lustro, cuando el PSOE se agitaba bajo el mantra de la Segunda Modernización de Andalucía. Nunca supimos muy bien a qué se referían, probablemente por que jamás vimos la Primera. Aunque, no obstante, en ello puede que tengamos nosotros la culpa: lo mismo la Primera Modernización llegó mientras estábamos de cachondeo en la Feria de Abril, y no nos dimos cuenta. Y para cuando lo hicimos, habíamos acabado de despertar de la resaca y ella ya estaba allí, como el PSOE en el Palacio de San Telmo cinco minutos después de apagarse el eco del Big Bang. Deberíamos preguntarles a los delegados de la UGT, el sindicato socialista. Quizás ellos, entre raciones de gambas y barra libre de 2500 euros, la vieron de refilón, vestida de flamenca. ¡La Segunda Modernización de Andalucía! Fue, durante años, la entelequia propagandística más recurrente de unos tipos que, en el cenit de su ingenio más desaforado, desarrollaron el maravilloso lema que hoy verdea cual central nuclear soviética abandonada en mitad de Kazajistán: Andalucía, imparable. Seguramente tengan razón, y ya esté aquí la susodicha modernización. Una mujer al frente de la Junta. Joven, perfectamente conocedora de los entresijos oscuros de la política palaciega. Una cara nueva, que a fin de cuentas, es lo que el votante andaluz medio deseaba para acudir pronto a las urnas sin ese cargo de conciencia que algunas noches, entre programas casposos de Juan Y Medio y exaltaciones folclóricas a cargo de Eva González, le asalta durante un segundo de angustia en el que se cuestiona a sí mismo y se pregunta si quizá él también es culpable de algo. Menos mal que la novedad disipa pronto cualquier atisbo de reacción intelectual en los cerebros amodorrados.

Monipodio del sur

A cuenta de los ERE en Andalucía y la posible -más que probable- imputación de José Antonio Griñán con la consiguiente dimisión y convocatoria de elecciones autonómicas anticipadas, se especula en tertulias y columnas de opinión con un hipotético resultado post-electoral en, digamos, 2014. El escenario más factible, paradójicamente, es el de una holgada victoria socialista. En este caso no estoy seguro de si el adverbio es preciso o sobra, puesto que la obscena incongruencia moral que supondría el que los andaluces legitimasen masivamente en las urnas al partido del que, como un octopus gigante, han salido los brazos que han saqueado las arcas públicas de la Junta, está fuera de toda duda; sin embargo, la aquiescencia moral de ese pueblo para con el socialismo raya en la complicidad cuasi íntima y eso, además de ser un hecho probado para cualquiera que conozca Andalucía, ha quedado demostrada en multitud de ocasiones anteriores. Una más, honestamente, no me iba a sorprender. Conociendo el percal. Por que, EREs aparte, el Partido Socialista Obrero Español ha convertido Andalucía en su cortijo, a la manera de los antiguos latifundios señoriales en los que se dividieron los reinos andaluces tras la Reconquista. Desde 1978, la región más poblada de España, y quizá la que cuenta con una mayor diversidad en sus recursos naturales, es también, o sigue siendo, la última en cuanto a nivel de vida de sus habitantes, a renta per cápita, a desarrollo estructural y a generación de riqueza, empleo y crecimiento. También es el principal granero electoral del socialismo español. Como los clásicos sátrapas de la Antigüedad,  gobiernan el territorio suspendidos en una telaraña socioeconómica y cultural tejida pacientemente -durante tres décadas, nada menos-. Sobre ella, un colchón. Mullido colchón hecho a base de clientelismo, favores, manipulación social a través de medios de comunicación y de la malhadada instrucción pública, y de toda una red de estómagos agradecidos guarecidos bajo un colosal paraguas administrativo, sobre el que la jerarquía socialista descansa tranquila. Segura de su posición. Tanto que se permite la frivolidad de pulsar el pause del botón político cada vez que una turbulencia agita las aguas internas del partido bajan escrofulosas, gangrenadas (no es de extrañar si manan de un nido de víboras y reptiles).

Y es que en la anulación sistemática de la alternancia política en Andalucía confluyen una serie de factores demográficos, culturales y estrictamente políticos que voy a reseñar a continuación. El primero es de orden histórico: la Andalucía rural vota con la zurda. La del campo, la vieja y estrecha Andalucía de los olivares interminables, las casas blanqueadas y las lomas bajas con las que Windows dibujó su ondulante fondo de escritorio una vez que Bill Gates debió veranear en la campiña de Jerez. La herencia de cuatro décadas de franquismo ha vertebrado aquí un corpus pseudo-ideológico en la psyque profunda del andaluz del agros, hijo de la masa de braceros sin tierra de los años 30, de la propaganda frentepopulista y de la laboriosa, casi mirmidónica, labor de zapa sociocultural del establishment socialista post-78. La contraposición entre ciudad y campo es en Andalucía más dramática si cabe que en cualquier otra parte de España. El sur urbano, burgués y universitario, hace mucho tiempo que abandonó la demagógica atalaya del Andaluces levantáos, pedid tierra y media de gambas; por contra, extramuros apenas nada ha cambiado, a pesar del fiasco tan obsceno de la segunda modernización de Andalucía, de los índices de paro críticos, de la desindustrialización lacerante y del atraso tecnológico respecto de todas las regiones de la zona euro. El abrazo del oso socialista todavía constriñe la mirada crítica del andaluz intergeneracional, de entre 35 y 65, que no ha terminado la ESO, lee el Marca y cuadra en su cabeza con precisión alemana los meses que necesita para cubrir el subsidio de los 400 euros por desempleo terminal. No digamos ya el efecto pernicioso que siete reformas educativas y el legado filial que ese mismo andaluz deja a los que vienen detrás: hoy, aún, mucha gente contempla como algo normal y cotidiano el que un niño de 13 años deje el colegio y en absoluto se plantee la universidad no ya como desafío sino como instrumento de prosperidad para su futuro inmediato.

Lo demográfico viene explicado, en parte, por la completa inoperancia de un Partido Popular andaluz cuyo departamento de comunicación debe estar subcontratado de forma vitalicia a la familia Picapiedra. Incapaces de diagnosticar cuál es su punto de partida –señoritos cortijeros, nietos del Caudillo, la oscuridad más demoníaca, etc- aún hoy, 30 años después de encadenar derrotas electorales en Andalucía como Poulidor administraba segundos puestos en el podio de París, demuestran una kafkiana autocomplacencia a la hora de enfocar comunicativamente la manera más adecuada mediante la cual puedan explotar las bazas propias, y ajenas, que en este momento tienen en Andalucía. La victoria pírrica de Javier Arenas en marzo de 2012 es un botón de muestra extraordinario: pocas veces un candidato afrontó unos sufragios con tan abrumadora ventaja sobre su adversario, y casi ninguna vez en democracia un rival se presentó a las urnas en una posición tan débil como José Antonio Griñán. La campaña pepera no pudo ser más apática, desinteresada y grotesca: el corolario fue la renuncia de Arenas a un cara a cara televisado frente a Griñán. Andalucía son arenas movedizas para el PP, y si sobre el piso resbaladizo patina un elefante borracho de absenta, es probable que la hostia se escuche hasta en Fernando Poo. Ignorantes de que la movilización de la Andalucía urbana, culta, cosmopolita y liberal es su única oportunidad de hacer frente a un sino histórico-cultural negativo, campan a sus anchas por una turbia zona intermedia, condenados a ser la segunda fuerza parlamentaria en Sevilla y a vivir en la nada más absoluta y ominosa hasta el fin de los días. El Virreinato, a pesar de la crisis, los escándalos de corrupción que habrían acabado con cualquier otro ismo que no se hubiese ocupado antes de tejer la manta con la que ahora se arropa el PSOE en Andalucía, sigue su curso. Inalterable al desaliento, al paso del tiempo, a los avatares del destino. Es probable que si mañana a Susana Díaz -la cantera del establishment sociata andaluz es como la Masía, una producción fordiana de querubines en serie- le descubriesen tres o cuatro cuentas en Suiza repletas de dinero público, a la satrapía del puño y la rosa solamente le bastase con mover una ficha de su gran tablero sureño para seguir gobernando las 8 millones de almas más parecidas a una mansa grey que ideólogo político alguno pudo haber soñado jamás.