Olivetti Lettera 32

Ta, ta, ta, ta, ta. Todo un aula enorme, de techos tan altos como el pensamiento del soñador, ocupada por ese martilleo que no era  ruido, sino armonía. Ta, ta, ta, ta. Y el característico riiiiiiiing, del carrete volviendo al inicio del margen, a la izquierda. Y vuelta a empezar. Métodos de aprendizaje donde, además de aprender a mecanografiar, leí por vez primera el nombre de Sócrates. Primero mirando. Luego sin mirar. Y ta, ta, ta, ta. Continúa leyendo Olivetti Lettera 32

Saetas que rasgan el aire

-¡A toda vela!

Tenían el tiempo justo para llegar hasta la orilla, antes de que alguna bola de acero procedente de las bombardas sarracenas les reventara los huevos. El grueso de la flota cristiana ya había roto las cadenas y aniquilado el puente de barcas, colándose hasta el fondo. El Niebla, y con él la milicia concejil madrileña al completo (600 recios, achaparrados y duros cazadores de osos, suicidas en el asalto y temidos en el combate, la tropa más terrible del rey cristiano) navegaba dando tumbos hasta la orilla sevillana. A 200 metros de la Torre del Oro, el fuego era temible. Continúa leyendo Saetas que rasgan el aire

El oso púrpura

Aquella mañana del 3 de mayo de 1286 hacía un frío de cojones. Una brisa procedente del Atlántico subía por el Guadalquivir y helaba la sangre de los miles de infantes de marina cristianos que subían lentamente el río embarcados en la flota real de Castilla y León, rumbo a la Sevilla asediada. En la vanguardia se situaba la nave capitana, al mando del almirante Bonifaz, y a su lado, las naos más poderosas, cuyos cascos estaban acorazados para romper el puente de barcas unidas por cadenas que los defensores de la ciudad habían colocado entre la Torre del Oro y su gemela en Triana para impedir el ataque cristiano por el río. Continúa leyendo El oso púrpura

Agitprop: furibunda reacción contra el vacío

Hay muchos, muchos más de lo que parece. No están organizados, por que ni siquiera son conscientes de lo que son. No son nada. Tampoco son nadie. Son el producto de un tiempo que los devora, olvida y necesita al mismo tiempo, pero eso ellos no lo saben. Sólo lo intuyen. Son los hijos de una postmodernidad que en su agonía ha acabado con todo. Ellos son los desheredados, los parias de un Occidente descreído, opulento y podrido. Pero eso ellos, la mayoría, tampoco lo saben. No tienen conciencia de clase, pues ya no hay clases, sino castas. El dinero no es el problema. Ellos lo tienen todo. Lo tenemos todo. Continúa leyendo Agitprop: furibunda reacción contra el vacío