Reseñas

El depravado círculo de la sangre

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Pasadas las 9 y media de la noche del 5 de marzo de 1953, Stalin, postrado en una especie de coma por una apoplejía en el salón de su dacha favorita, la de Kuntsevo, en los arrabales de Moscú, comenzó a boquear. “Tenía el rostro descolorido, sus rasgos eran irreconocibles. Literalmente se asfixió mientras nosotros estábamos allí mirando. Su agonía fue terrible…En el último momento, abrió los ojos. Fue una mirada espantosa, de locura o de rabia, y estaba llena de miedo a la muerte”. Sigue leyendo

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El asceta de la revolución

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Hace 100 años el partido bolchevique (la facción mayoritaria, bolshevik, del viejo Partido Obrero Socialdemócrata Ruso) tomó el poder en San Petersburgo, entonces Petrogrado, por la fuerza. Es decir, que dio un golpe de Estado, aunque la historiografía moderna se empeñe en llamarlo revolución de octubre. Sigue leyendo

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El padre fundador

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Dice Amaya Lacasa en el prólogo de sus “Narraciones completas”, que ella misma traduce e introduce para la edición de Alba de 2015, que Pushkin es para los rusos “la encarnación de su cultura y su idioma, quien los enseñó a hablar, a ser ellos mismos y a gozar de su propio idioma, a saber quiénes eran y qué sentían”. Sigue leyendo

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Pequeño mundo de autor

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Se puede leer Los hermanos Karamázov y leer con ella todo Dostoyevski. No se lo recomendaría a nadie, naturalmente, puesto que así se perdería uno obras capitales de la literatura universal como Crimen y castigo, El idiota o Los demonios. Pero todo Dostoyevski está en su última obra, que es un compendio genial de sus ideas, de sus temas. Lo decía Houllebecq: no hay ideas nuevas en Los hermanos Karamázov, nada que Dostoyevski no haya expuesto ya en sus otras creaciones. Sigue leyendo

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Insomnes y febriles haciendo la revolución

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Va a hacer cien años en octubre (según el calendario gregoriano) que el Partido Bolchevique ruso tomó al asalto el poder en San Petersburgo, y un periodista americano, a la sazón comunista, estuvo allí y lo contó. A pesar de la no disimulada simpatía de John Reed, un chico de Harvard, por los bolcheviques, dejó un testimonio veraz, un texto en el que pugna por salir la memoria humeante, fétida y sangrienta de la revolución dentro de la Revolución. Y esto es así porque Reed, además de no ocultar de qué lado estaba, también decidió contar todo lo que veía. Sigue leyendo

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Vida de los zares

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Cuenta Simon Sebag Montefiore al final de su libro que Stalin siempre se comparó con la dinastía Romanov, incluso nada más conquistar Berlín en 1945. Citando sus propias palabras cuando se hallaba en plena carrera hacia el poder absoluto en la Rusia soviética, “el pueblo necesita un zar. Durante siglos el pueblo de Rusia ha estado bajo el poder de un zar. El pueblo ruso es zarista…está acostumbrado a que una sola persona sea la que manda. Y ahora debe haber un solo jefe”. Sigue leyendo

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Gogol, o el cinismo mágico

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Todo el mundo, al hablar de Rusia, o de la novela rusa, piensa: Tolstoi, Dostoievski. Naturalmente, los dos colosos no sólo se vienen a la mente de cualquiera en una charla sobre literatura. Son, así mismo, estandartes inevitables de la cultura europea y universal, y emblemas sinecdóticos de lo ruso. Si el siglo XIX fue fecundo en algo, fue en novelas. El género creció, se expandió, se inventó de nuevo, alcanzó la cota más alta de excelencia, y todo porque, como es obvio, se sucedieron en Francia, Gran Bretaña y Rusia las vidas de los autores más excepcionales de la literatura de ficción: Hugo, Balzac, Stendhal, Dumas, Flaubert, Zola, los citados Tolstoi y Dostoievski, Dickens, Poe en América, Kafka más tarde, en Centroeuropa. No obstante, el caso ruso es paradigmático. A medida que se derrumbaba el insostenible ecosistema social del país, las letras rusas brillaron con un fulgor comparable al del Siglo de Oro español. La analogía con la España de los Austrias es procedente, puesto que la decadencia general, interestamental, política, de las dos naciones, fue quizá el sustrato que fertilizó la tierra que estos genios necesitaban para desarrollar su talento. Sin embargo, hoy día, aquí en España, ¿quién conoce lo que hubo antes de Tolstoi y Dostoievski? ¿Quién los lee? Antes de Zeus fue Urano. Antes de Fiodor y de León, vino, entre otros y sobre todo, Gogol. Sigue leyendo

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