Ucrania

Va a hacer una semana desde que Rusia invadió Ucrania. Ayer fue miércoles de ceniza y fue un día muy bonito. La belleza litúrgica de una jornada así me empuja a escribir alguna cosa aunque de una guerra, en realidad, se puede decir muy poco, casi nada nuevo, y menos aún cuando uno tiene la suerte infinita de no vivirla. Ver una guerra a través de Twitter, prácticamente en directo, produce sensaciones extrañas, un cierto desasosiego. Ucrania va detrás de Siria, que fue la primera guerra en streaming. Como allí, de lo que está pasando en Ucrania vemos fragmentos conectados sólo por una inercia informativa general: tanques entrando en ciudades tan viejas como la propia Europa, bombas cayendo aleatoriamente en edificios de estilo soviético, niños cruzando alambradas polacas de la mano de sus madres, civiles, muchos de ellos sexagenarios, instruyéndose en guerrilla urbana, mujeres de todas las edades fabricando cócteles molotov, soldados imberbes llorando al ser desarmados por paisanos, en fin, las imágenes más antiguas del mundo. La guerra se percibe en España como un videojuego porque la prensa es frívola, ruin y profundamente pueril. Los niños discuten acerca de detalles puramente anecdóticos, se saben de memoria los nombres y el calibre de las balas, de los fusiles, de los tanques y de los aviones, pero muy pocos adultos conocen de verdad las causas reales de todo lo que está pasando. La guerra la explican los youtubers, Ana Rosa Quintana la monitoriza y Risto Mejide la interpreta. La pobreza intelectual es sonrojante pero a la vez muy útil para calibrar el nivel de confusión, frivolidad e ignorancia común en España. Aquí importa poco Ucrania, Rusia o lo que sea que ocurra más allá de nuestra nariz, lo relevante es cómo utilizar cualquier cosa que pase en el mundo para echarlo en la cazuela donde cocinamos nuestro repugnante guiso de palurdos. 

Hay cosas que se pueden decir al respecto de esta guerra. Por supuesto que es una guerra y no un conflicto. “Conflicto” es un eufemismo soez con el que la izquierda española, primero la proetarra (abertzale) y luego toda la demás, quiso rebajar la naturaleza homicida, terrorista y mafiosa de la actividad criminal de ETA. Como los apologetas y prosélitos de ETA terminaron consiguiendo gran parte de sus objetivos políticos al darse cuenta de la cualidad prescindible del asesinato, “conflicto” terminó imponiéndose como moneda de cambio común en la conversación pública nacional, a pesar de que es el paradigma de la perversión a la que es sometido el lenguaje por la presión de la propaganda marxista. Lo de Ucrania no es un conflicto pero sí que es una guerra. Una guerra de ocupación rusa y una guerra de liberación ucraniana. 

La guerra es un fenómeno intrínsecamente humano. Por eso me subleva la necedad recurrente estos días de cómo es posible que hayamos llegado a esto en el siglo XXI. La gente, aquí, lo ha olvidado precisamente porque hace dos generaciones que no la viven. La conciencia del dolor y de la guerra permanece en cambio muy acusada en la tierra que encadenó la Guerra de Crimea, la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil rusa, el Holodomor, la Segunda Guerra Mundial, Chernóbil y los ocho años de rebelión en el Donbás, por último, desde 2014. Nosotros no tenemos ni idea de todo esto porque nuestras élites políticas llevan demasiado tiempo negando la naturaleza, negando la biología, la historia, la antropología, en fin, todo lo que Dostoyevski consideraba el proceso vivo de la vida.

La izquierda española está retratándose de nuevo en su toda su inmoralidad. También en su estupidez, porque hasta para ser malo hay que valer. Su reacción ante la agresión rusa contra la soberanía nacional ucraniana ha sido recurrir al clásico cliché del que lleva colgada desde 1989: no a la OTAN, como si fuera la OTAN la que estuviera bombardeando Kiev y Járkov. Lo grotesco del asunto quedaría en ridícula anécdota si no fuera porque esta izquierda de albañal está ahora en el Consejo de Ministros por obra y gracia del PSOE. Este ascenso desde las cloacas del sistema hasta su misma cúspide es la cristalización de un proceso gradual de degeneración que empezó entre el 11 y el 14 de marzo de 2004, tras los atentados de Atocha. Sin la avidez amoral del PSOE no habría sido empero, posible, pues el PSOE, desde Suresnes, sólo cree en la posesión del poder: con Felipe González abandonaron el comunismo y abrazaron alborozados la ideología del partido-Nación, mejor dicho del partido-Estado, ejerciéndola desde 1982 con un éxito incomparable. La cosa es que nunca antes los comunistas y los socialistas españoles habían sido tan tontos (tanto que rayan inquietantemente la condición de ágrafos, de mendigos intelectuales) y sin embargo nunca antes habían tenido tanto poder ni habían puesto en movimiento cambios de tanto calado social con ese mismo poder. La paradoja resume el estado actual de España, en tanto sociedad y en tanto sujeto político: un estado de putrefacción sin precedentes que amenaza claramente con una ruina irreversible. 

Abundando en esto, esta crisis está demostrando definitivamente que España ha externalizado por completo su política exterior. Esto es gravísimo pero, ¡hay tantas cosas gravísimas que pasan y están pasando en este país! España ya parecía, económica y políticamente, una sucursal de Bruselas. Se mandan armas a los ucranianos para que resistan, o no, en función de lo que digan en Bruselas. Se sacrifican sectores estratégicos del tejido productivo nacional si es lo que en Bruselas se decide que hay que hacer, pero lo cierto es que en Bruselas jamás deciden amputar el obeso, mórbido y cleptocrático aparato partidocrático que está jibarizando la administración en España. 

Vuelvo a Ucrania, que es donde están pasando las cosas, donde está muriendo la gente. Eso es en el fondo lo único que tiene importancia. Ucrania tiene la desgracia de ubicarse en una de las encrucijadas más importantes y antiguas del mundo. Casi todas las grandes catástrofes que han sacudido la historia de Rusia han pasado por allí. Y la historia rusa es en esencia una historia de grandes catástrofes, de catástrofes que trascienden la medida del hombre. Ucrania es una tierra de estepas y de valles, de ríos caudalosos que fertilizan praderas infinitas. Es un granero, una tierra de tránsito y un emporio comercial por el que han pasado griegos, persas, escitas, romanos, armenios, cosacos y turcos. Por ella pasa una de las rutas comerciales más fructíferas de la historia de la humanidad, la que conecta el Báltico con el Mediterráneo a través del Mar Negro. Es un colchón entre las zonas de influencia germánicas y eslavas, entre el islam y la cristiandad. Asia desemboca por el Cáucaso y los grandes ríos en las orillas ucranianas y Europa, el sentido racional y católico de lo europeo, se va diluyendo en las llanuras ucranianas que conducen hasta Moscovia. Esta condición de frontera ha marcado siempre la tragedia de su sino, condenándola a ser una tierra de sangre corrida desde la noche de los tiempos por pueblos antagónicos que ha menudo se han negado entre sí la existencia derramando su fuerza ancestral por los valles y las praderas de su territorio. 

Tras la caída de Constantinopla y la desintegración definitiva del imperio romano de Oriente, en Ucrania se forjó la identidad nacional rusa a través de siglos de combate frente a lo asiático y también frente a la amenaza del Occidente agresivo, desdeñoso y siempre ávido. Es un territorio complejo donde múltiples capas se superponen. Católicos, ortodoxos, judíos sefardíes, judíos jasídicos, judíos askenazíes, grecocatólicos orientales, comerciantes sajones, grandes señores polacos, campesinos rutenos, nobles terratenientes rusos, burócratas de la monarquía dual vienesa. Al sinuoso y volátil espacio compartido por Ucrania, Polonia, Bielorrusia, Austria y Hungría, fueron a refugiarse muchos de los judíos expulsados por los reyes católicos de Francia, Portugal y España, amparados por la benevolencia de los emperadores austrohúngaros y la indiferencia de los zares rusos.. En Ucrania dirimieron los zares de Moscú sus aspiraciones imperiales y su autoridad espiritual sobre los cristianos ortodoxos desheredados por los sultanes turcos contra el poder de la Media Luna y en Ucrania, más tarde, chocaron las concepciones radicalmente opuestas de Europa entre las nuevas potencias industriales y la corona de los Románov. Ucrania estuvo en medio de todas las invasiones de Rusia lanzadas desde Occidente. En Ucrania, también, los zares resolvieron que lo judío era un problema y establecieron zonas de exclusión, el famoso pasillo desde el Báltico hasta Crimea en cuyos shetls acabaron naciendo individuos como León Trotski, por ejemplo. Ucrania estuvo en medio de los pogromos, en medio de las limpiezas étnicas, en medio de la Primera Guerra Mundial, en medio de la revolución y en medio de la Operación Barbarroja. Hace cien años, sólo cien años, había soldados alemanes ocupando Kiev en nombre del káiser. 

Lo cierto es que Ucrania es tan esencialmente rusa como que desde la guerra civil que sucedió a la revolución de 1917 tiene personalidad nacional propia y desde la caída del Muro es un Estado soberano. El tradicionalismo ruso ve Ucrania como una parte fundamental de su nación pero la desintegración del imperio de los Romanov determinó definitivamente la existencia de una conciencia nacional primero alimentada, luego sojuzgada a sangre y fuego, más tarde tolerada, por la URSS. Por eso resulta intolerable la agresión de Putin, porque Ucrania ya es irreversiblemente una nación soberana. Intolerable y trágicamente gratuita, por supuesto. Ucranianos y rusos son tan hermanos de sangre, lengua, fe y cultura como pueden serlo portugueses y españoles, o españoles e italianos. Su origen es común, la Rus de Kiev y los múltiples principados que sobrevivieron al período turbulento de las invasiones mongolas, la sumisión a polacos, suecos y teutones y la guerra contra el turco. En todo ese tiempo las múltiples dimensiones étnicas, religiosas y políticas convivieron entrelazadas en las poblaciones que habitaron el espacio comprendido entre el Danubio, el Dniéper, el Vístula, el Volga y el Don; todas  se fundieron en un poliedro vagamente uniformado a lo largo de los siglos por la creciente autoridad de los zares de Moscovia, quienes tomaron lo que hoy es Ucrania como calzada natural entre el Moscova y el Bósforo, entre el Kremlin, Constantinopla (Tsargrado) y Jerusalén. 

El pegamento fue la preservación de la fe y de la liturgia bizantinas y compartir una tradición simbólica común supeditadas eso sí al elemento genuinamente ruso o rusificado del imperio en expansión. Ruso y ucraniano vienen del tronco común del eslavo antiguo. Ambos se escriben en el alfabeto que inventaron San Metodio y San Cirilo. Varias de las figuras fundamentales de la literatura rusa son ucranianas: Gógol, Bulgakov, Babel, Grossman. Ucrania es el escenario de las guerras de Catalina la Grande y de las cineccità de Potemkin, la sede de los balnearios residenciales de la aristocracia rusa desde entonces, por supuesto también de la soviética, tanto como el litoral báltico o la antigua Cólquida de Jasón, hoy el superlujoso y supercorrupto Sochi. Rusos y ucranianos comparten la memoria del Holocausto, la de la Gran Guerra Patriótica contra el nazi, la de las devastaciones del siglo XX. Ucrania es Odesa, la San Petersburgo meridional de la emperatriz Catalina, la Nápoles rusa abierta al sur, siempre apuntando a Turquía, la Odesa donde vivió y escribió Pushkin, el padre de la literatura rusa. Ucrania es el acorazado Potemkin, las escaleras inmortales del cine, el cine del rusísimo Eisenstein (que era letón, otra pequeña muestra más de la complejidad multiétnica de Rusia y de lo ruso) proyectándose hacia la eternidad a través de su influencia en Occidente.

La Europa oriental es un mundo aparte, sobre todo la eslava. La lógica de los acontecimientos allí no tiene nada que ver con la de las cosas que pasan aquí. Putin es un zar, que es la forma, pulida por los siglos, en que se entiende de modo absoluto el ejercicio del poder en el mundo eslavo: ungido por Dios para gobernar a mujiks, siervos y boyardos, el zar lleva en su condición el uso físico del poder. Es condición sine qua non. Un zar que no exhibe su naturaleza autoritaria automáticamente es percibido como un zar débil. La debilidad se ha pagado cara a lo largo de la historia rusa. El poder es un látigo con el que mantener a raya a los súbditos. Es una concepción cratológica que emana directamente de la estructura jerárquica de la familia tradicional rusa, en la que el padre es el amo de todo lo que habita bajo el mismo techo. El zar es el patriarca que vive y reina en comunión con un pueblo que consiente y además es la piedra angular de un sistema de equilibrios, siempre frágil por otra parte, entre las castas y élites financieras que viven a la sombra del cetro, alimentándose de él. En eso Putin me recuerda un poco a Franco, que era el eje en torno al que pivotaban los intereses de las familias que conformaban la urdimbre del régimen. El zar, como un capo de la mafia, se limita a mantener la paz entre sus jerarcas asegurándoles un riego constante de fortunas y beneficios a cambio de la contribución y sometimiento al status quo heredado de la Historia. Del Estado se nutren y al ruso lo joden aturdiéndolo con una hegemonía mediática comparable al consumo gratuito de vodka, más o menos como lo han hecho siempre desde Pedro el Grande. El poso de conciencia política, de conciencia cívica, que poco o mucho tiene el europeo occidental, fruto de una tradición liberal y parlamentaria ya bastante vieja, es inexistente en un territorio que estuvo sujeto a la servidumbre legal hasta hace poco más de siglo y medio. 

La guerra para los ucranianos no tiene nada que ver con la libertad. Ambas partes juegan a la propaganda y naturalmente a la desnazificación los patriotas ucranios oponen una lucha a muerte por los “principios europeos”. Todos saben que Occidente, como siempre, está mirando sin comprender muy bien lo que hay en juego en un Oriente hacia el que de toda la vida ha sentido miedo y asco. Hay que jugar bien las cartas en Bruselas, en Estrasburgo, en París y en Washington, igual que el zar las juega en Teherán o Pekín, tal y como les corresponde. Zelensky es un tipo listísimo. No en vano es un judío oriental, una gente muy especial que parece hecha de una pasta diferente, como si haber sobrevivido cinco siglos en una de las costuras abiertas del mundo les hubiera afinado la inteligencia, la perspicacia y el sentido de la vida y de la muerte. La causa ucraniana no es la defensa de la socialdemocracia europeísta ni del atlantismo sino una muy cercana moralmente a la que echó a la calle el 2 de mayo de 1808 a madrileños altos y bajos, a manolos, chisperas, grandes de España, mandos intermedios del ejército y a cualquier español con vergüenza y decoro. La lucha de Ucrania es la lucha más sagrada que existe, la que defiende la casa de uno y el lugar en donde están enterrados sus muertos. Zelensky lo sabe y el mero hecho de haberse quedado en Kiev, en primera línea, expuesto a conjuras contra su persona y a todo tipo de consecuencias físicas por los raids aéreos de la aviación rusa, o a la misma captura por parte de los soldados invasores que se acercan a la capital, es un acto político de valor incalculable, de cara al mundo y de cara a los ucranianos: su propi ejemplo les predica la resistencia a ultranza, el valor más importante cuando uno es David y en frente viene Goliat con una lanza. Zelensky lo sabe y lo utiliza porque esas son sus armas en un combate muy desigual en el que resistir es vencer. Cada día que pasa sin que los rusos tomen Kiev es un día en que Putin es más frágil y Rusia más débil.

La principal fortaleza del zar Putin es la exibición continua de músculo. Hay mucha confusión al respecto de su Rusia y en general al respecto de la Rusia postsoviética. Su régimen es lo menos comunista que existe y si hay un lugar en Europa más próximo al fascismo mussoliniano es el país que señorea Putin con un control absoluto de los medios de comunicación, que están o directamente en sus manos o en las de sus magnates afines en sistema de oligopolio. La propaganda es un elemento capital de su comunicación con respecto a los rusos y al resto del mundo: virilidad, fuerza, militarismo, tradicionalismo. Los zares siempre se consideraron a sí mismos salvaguarda de las esencias cristianas europeas originales amenazadas por la corrupción liberal y atea de Occidente y para Putin el comunismo es una de las mayores enfermedades occidentales. Esto está en la base de su cosmovisión y en el núcleo de esta guerra por el espacio vital de una nación que se percibe a sí misma como un imperio con una misión, a semejanza de cómo se miran al espejo por ejemplo los Estados Unidos de América. Yo jamás pensé que Putin se atrevería a invadir Ucrania entera y este texto no es más que la puesta en negro sobre blanco de una serie de ideas inconexas, una manera de aclararme y de entenderlo. Me equivoqué pensando en que para los rusos esto sería un enfrentamiento local, circunscrito a las regiones ucranianas que llevaban desde la invasión y toma de Crimea en abierta rebelión contra el gobierno de Kiev. Creo que Putin ha tomado una decisión que no tiene retorno, una decisión arriesgadísima que podría ser explicada en realidad por una debilidad interna creciente, por un desgaste (este hombre lleva veinte años en nuestras vidas, veinte de los treinta que lleva Rusia siendo Rusia y no la Unión Soviética) o por cualquier desequilibrio en las relaciones de poder que sostienen la autocracia moderna en la Federación Rusa. Lo desconozco y esto son borrones de alguien que ama lo ruso y que tiene muchas dudas, de todo en general y de esta desgracia en particular. 

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