Morante

Este 2021 nos deja la consagración de José Antonio Morante de la Puebla como fenómeno estético de naturaleza universal. Sólo por ello ya el año ha merecido la pena. A mí con Morante me pasa una cosa y es que es uno de esos tipos, una de esas personalidades, a las que me gustaría parecerme. Quiero decir que me encantaría ser Morante, tener los cojones de vivir la vida como la vive Morante, haciendo lo que le da la gana y convirtiéndose con ello, a sí mismo, en categoría moral. No es mucho pero el primer texto en el blog de este 2022, año que hace diez desde que lo creé, quería que fuera para él. Porque es uno de los últimos héroes que ya nos van quedando en este mundo sin belleza ni épica. Y porque una de las cosas que nos trajo 2021 fue su consagración como tal.

Morante es un héroe también porque su epopeya se desarrolla al margen de su época. Contra la España oficial, Morante se asoma a esa otra España de tradición desgastada y terminal por la tribuna aún abierta de los grandes televisores planos de los bares que todavían dan los toros. Todos los toros. Todas las ferias del año, de Fallas a San Miguel. Esas superficies enormes, habitualmente colgadas en las paredes o detrás de las barras, son ventanas que dan al patio de un mundo que está descomponiéndose, que probablemente ya esté muerto. Frente a ese universo configurado por lo anglosajón que ha defenestrado irreversiblemente la tauromaquia en la conciencia española, trepanada hasta el bulbo raquídeo por América, se alza Morante y su gesto poético atrabiliario. ¿Hay violencia más hermosa, en este mundo utilitarista obsesionado con el resultado y la eficacia, que la contenida en el genio volátil cuya voluntad viaja con el aire?

El modo en que los españoles de ahora consideran los toros no tiene nada que ver ya con España. No tiene nada de español. La tauromaquia sobrevive todavía en lugares como esos bares que son claustros de parias voluntariamente apartados del ruido que lo sacude absurdamente todo de puertas afuera. En esos claustros se veneran héroes viejos venidos del otro lado del tiempo y que predican con un lenguaje ininiteligible, olvidado, como los jeroglíficos, como el latín eclesiástico, como las runas de los bosques. En esos bares de viejos sentados en sillas de plástico y mesas metálicas escuchan sus plegarias hombres en formol que recuerdan los barcos que buscan un lugar donde morirse tranquilos en la noche interminable que canta Morente en Omega. Bares donde aún surte efecto el magnetismo del combate entre el hombre y la bestia. Donde todavía, por las noches, en las paredes blancas, cuando no hay nadie, la sombra de un muchacho minoico salta por lo alto de la sombra gigante de un uro.

Esos bares, como los reductos y parcelas no contaminadas del pensamiento público, sobre todo entre determinados grupos sociales vinculados por tradición familiar o lazos económicos a la tauromaquia, son fortalezas escondidas de Kurosawa. En ellas se custodia una princesa a la que busca todo el mundo para sacrificarla en el altar de la modernidad, de lo moderno. También son bastiones acorazados los individuos aislados, lobos solitarios, anarquistas y estetas que libran su batalla contra el ambiente por que sí, como ronins sin dueño que fían su espada a una causa justa y sin esperanza. Porque los toros son algo ya completamente ajeno a la sensibilidad de los españoles jóvenes, de los nacidos a partir de los 90. Los hijos de la globalización son indiferentes a su gramática. Todos esos niños han nacido ya dentro de Internet y no tienen ni idea del mundo que existía antes. Antes de Halloween. Antes de Acción de Gracias. Antes de Spiderman, de Batman, de los Vengadores y de todas esas criaturas con que la Marvel ha colonizado la imaginación de los españoles del mañana. Del hoy, en realidad. Su sensibilidad está atrofiada por lo anglosajón, totalmente distorsionada. Su mirada es una mirada pasteurizada, esterilizada. La tauromaquia transgrede de manera brutal y directa el nuevo canon de este mundo uniforme y globalizado. Y como el mundo no deja de parir engendros que llevan dentro un monstruíto totalitario alimentado día y noche por la tele, por Instagram, por TikTok, por Twitter, por Netflix y por el cine de superhéroes, estos españoles de hoy se oponen como salvajes a todo lo que niegue el parquecito temático naíf e invivible en que han transformado Occidente.

Quizá esto sea así porque late un pulso irresistible de verdad en el combate entre un hombre y un toro. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo construido contra la verdad. La verdad incluye, por supuesto, la sangre, la lucha por la vida, la derrota y la muerte. Estoy convencido de que hay un vínculo apenas visible pero real entre este rechazo frontal a los toros en nuestro tiempo y el modo en que hemos reducido la muerte a una cosa prácticamente administrativa. A un trámite burocrático que sucede entre habitaciones asépticas de hospital y tanatorios incoloros que parecen las salas de espera de un aeropuerto. La muerte ya no es visible. Ya no se ven ni el desgarro ni el dolor, lo hemos comprobado crudamente con el coronavirus. Todo eso que es tan humano y que en el fondo conforta porque nos revela el rostro de lo que somos resulta obsceno, intolerable y políticamente incorrecto.

La tauromaquia, por supuesto, es la quintaesencia de ello, la muerte es una cosa manifiesta en una plaza de toros, es la ausencia más presente que el hombre ha sido capaz de escenificar y naturalmente a veces no es nada ausente, porque mueren toreros y corre la sangre por el albero cuando así lo dictan los dados del azar. El azar es otra cosa frontalmente opuesta a la cosmovisión que sustenta la anarcotiranía tecnocrática que habitamos. La muerte y el azar, en los toros, no se pueden esconder, por eso la amenaza antitaurina implica una guerra sin cuartel hasta que consigan su abolición. Que la conseguirán, claro, como han conseguido disimular casi por entero la muerte y sus consecuencias, salvo por el detalle, aún sin resolver por la Diosa Ciencia, de que la gente se sigue muriendo.

A esos bares donde ponen los toros suelen ir campesinos ancianos ataviados la mayoría con boina, que no beben cerveza, sino vino, generalmente manzanilla. Cada año van menos, claro está, y llegará un día en que ya no vaya ninguno. Mi abuelo iba a esos bares, era uno de esos ancianos a los que el mundo en el que nos ha tocado vivir está haciendo la guerra. Morante es un héroe de esos tipos completamente fuera de onda, de la onda que nos hace bailar a todos cada día en torno a una hoguera estúpida alimentada por la urgencia de consumir la nada y además, de inmediato. Morante ofrece una emoción genuina y espiritual, una pureza desprovista de artefacto: ejecuta su obra frente a dos cuchillas mortales. Su plasticidad es un reclamo estético imponderable precisamente porque no es una belleza vacía, no es un arte por el arte ni un eslógan huero. No es la foto de un atardecer frente al mar subida a Instagram. Morante propone volver a la ceremonia y al rito; envuelve la espera de la faena en un papel de regalo que al tocarlo hace un frufrú que nos lleva a un tiempo perdido. Cierras los ojos y ves una capilla a oscuras llena de cirios. Lo que hace Morante resuena en una habitación de nuestra memoria que está decorada con altares donde unos platillos y velos honran la memoria de nuestros muertos.

En una época que ha arrojado a Dios a la huesa sin el menor reparo, en una época hiperrealista, sucia, que venera lo material como única razón para justificar la existencia, Morante torea y nos conecta con la dimensión trascendente del hombre. He ido cuatro veces al Puerto a verle y las cuatro han sido unos petardazos, pero me da lo mismo. Precisamente en ello hay una lección muy valiosa en un tiempo en el que la publicidad, los periodistas y los políticos nos han hecho creer que todo es posible si sueñas fuerte y te lo propones: en realidad, vivir, siempre, se trata de ser y de estar. Al menos de intentarlo. Lo demás no está en nuestras manos. Morante despierta ecos de verdades ajadas por el tiempo: veo su faena en Sevilla en octubre como el viajero contempla las ruinas del faraón en el poema de Ozymandias. No es suya como digo una belleza fútil ni carente de la vitalidad insobornable de lo real. Engarza los pases en los cuernos del toro hablándonos de un compromiso antiguo del hombre con el mundo, de un juramento ancestral: exprimir la vida hasta el tuétano y no restarle un ápice de lujuria a la contemplación del abismo que nos separa de la Nada. Un juramento que como el de los Horacios nos invita a la alegría de alcanzar la esencia de las cosas ofrendando a los demás el regalo imperecedero de un instante que no se marchite ya nunca, pues eso es lo que hace la memoria con los lugares felices, los envuelve en pan de oro y con los años se redondean hasta alcanzar formas perfectas, platónicas.

Un capote, una vida de sabiduría adquirida con trabajo y heridas. Velocidad y movimiento. Quietud. Engaño, dominio y templanza. Son palabras que ya no tienen sentido en la era del vértigo, del absurdo y del engaño. Cuando todo es impostura y teatro Morante levanta catedrales góticas de hielo que la avidez del mundo derrite en un segundo. El testimonio de los toreros no es como el de los pintores, no se puede colgar en un museo. Morante es subversión, pues hoy, particularmente en España (en el país que fue y que sigue llamándose, asombrosamente todavía, España), cualquier zascandil es un ídolo de masas. Todos los tontos del planeta disfrutan de la gloria maloliente del tiempo, ofreciendo pienso para los parásitos que han colonizado el cerebro de la colmena: un deseo sin freno de evadirse y una egolatría amoral que hace del homo ludens un individuo insoportable, narcisista, soez, que ha arrancado de cuajo su imbricación con todo lo que lo ha precedido.

El toreo, digo, es una forma de insumisión en un mundo que está en proceso irreversible de homogeneización. El centro de Madrid es indistinguible del de París, Londres o Barcelona. Zaras y HMs donde antes había cines, salones de fiesta memorables, teatros y cafés; McDonalds, Burguer Kings, Vips, Starbucks, todas las franquicias pueblan las grandes avenidas y las calles comerciales de Europa dotándolas de una unidad física, urbanística, perfectamente reconocibles. Los anillos suburbanos y el extrarradio es un polígono calcado en todas partes donde impera el modelo americano de distribución de espacios, actividades y perfiles arquitectónicos enfocados al consumo en masa. El paisaje siempre es el mismo, una aldea Potemkin levantada por el capitalismo que derrotó a la URSS para degenerar en turbocapitalismo: los europeos transitamos por sus calles tranquila y apaciblemente, sabiéndonos en realidad en la misma ciudad todo el tiempo, en la misma no-ciudad. En ella podemos comprarnos las mismas cosas, comer la misma hamburguesa, tomar el mismo café. Es un espacio seguro, un espacio de confort. Arrasada por la praxis turbocapitalista, Europa es un reino de eunucos amaestrados que no son viajeros, sino clientes, o peor, ¡usuarios! El turista no mira, sino que acumula experiencias. Pero estas experiencias no son ni prístinas ni originales, sino productos listos para ser vendidos, digeridos y desechados.

Es fácil imaginar lo anacrónico de una plaza de toros levantada en medio de estos decorados de asfalto, riders de Uber Eats y Glovo, hormigón, lonas gigantescas anunciando la última mierda de Netflix o letreros luminosos que no felicitan la Navidad, sino las fiestas. Las plazas de toros, las catedrales y las iglesias son moles que evocan el cimiento sobre el que se erigió una identidad que no cabe en el mundo que ya están construyendo las élites de las naciones del Ocaso, como acertadamente las llamaba Gibbon. Son estructuras ciclópeas rodeadas de entelequias, de un mundo líquido que no tiene sentido, un mundo alienado por pastiches de corrientes de pensamiento pasadas de moda e ideologías criminales: un pastiche fabricado ex profeso para legitimar un nuevo orden, un nuevo estado de cosas. Morante es todo lo que no es ni útil ni práctico. Todo lo que no es reproducible, ni mecánico. No es un balance de gastos e ingresos, ni un albarán, ni uno de todos esos infinitos contenidos que sin cesar están vomitando los periódicos, las revistas, las redes, la televisión, Youtube, Internet. Es la quietud en la vorágine del ruido y el desafío al axioma todo debe servir para algo y todo ha de hacerse con eficacia, escritos en el frontispicio de la Metrópolis que nos alberga a todos.

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