La carga rota

Virgen María Santísima de Regla de los Panaderos, masculló casi tragándose la lengua Manuel Arpe y Retamino (hacía ya dos años que a nadie se le pasaba por la cabeza llamarle don Manuel, sino “camarada”). Virgen María Santísima de Regla de los Panaderos y Padre Nuestro Jesús del Soberano Poder en su prendimiento, repitió otra vez, con la boca súbitamente seca. ¿Qué hago yo aquí? 

Cuando, dieciséis años antes hizo feliz a su padre y se sacó la oposición a restaurador-conservador de Obras de Arte del Estado, entrando a trabajar en la mejor pinacoteca del mundo, jamás imaginó que un día tendría delante lo que ahora Dios, o el demonio, le había puesto entre las manos. 

¿Qué hago yo con esto, madrecita mía de mi alma? 

Los casi cuatro metros de ancho por más de dos y medio de largo de La carga de los mamelucos de Goya yacían desplegados ante él, sujeta la tela por los costados con los peroles más grandes que pudo encontrar en la cocina del señor del castillo. El lienzo estaba que daba pena verlo, cuarteado por tres pliegues verticales que dividían la tela en cuatro franjas del mismo tamaño. Además, y esto era lo grave de verdad, tres enormes agujeros en la franja lateral izquierda clamaban desde la noche del siglo que un crimen había sido cometido. 

Qué tragedia, por los clavos de Cristo. Qué desastre. 

Había pasado tantas horas delante de este lienzo, en el museo, que se le pusieron los pelos de punta al sentirse, de pronto, tan cerca del maestro: los trazos rápidos, nerviosos, tan violentos como los facazos de los jinetes egipcios de Napoleón, se le presentaban con una viveza tal que ni siquiera los innúmeros peligros a que llevaba expuesto el cuadro desde hacía más de dos años podían apagar su pálpito. La pintura se elevaba sobre el mundo exterior como si la realidad material no pudiera contenerla en sus límites estrechos, mediocres y ridículos comparados con la tragedia en carne viva representada en su interior. El magnetismo de los blancos y de los rojos que galvanizaban la mirada del observador atravesaba la penumbra de la cocina del castillo, gritándole desde un plano cósmico entreabierto todavía después de doscientos años. La seducción tenebrosa del fondo plúmbeo y sin esperanza que encuadraba la lucha disolvía los kilómetros que separaban el Pirineo catalán del Palacio Real de Madrid, cuya mole se abalanzaba sobre él produciéndole un vértigo misterioso en las entrañas. Quedó subyugado como nunca por el óleo vibrante de las caras espantadas de los majos, de los franceses y sobre todo, de las cabalgaduras: por un instante pensó que el movimiento de desfiguración de las bocas y de los rostros era real; que de la escena emergía una cuarta dimensión pugnando por salir al mundo, y que sobre el lienzo dúctil como el barro primigenio con que Dios construyó el Universo y todo lo creado los cuerpos, los brazos, las patas, las manos y los puños se crispaban de verdad, simulando la magia de un cinematógrafo. 

Unos años antes pudo mirar desde muy cerca, e incluso tocar, un boceto a tabla en el que el maestro trabajó furiosamente con los colores antes de acometer el trabajo definitivo: había pintado sobre una pasta barata de papel porque el lienzo estaba muy caro en aquel Madrid empobrecido y destrozado por la guerra, una guerra tan vieja, tan puta y tan cochambrosa como la que empezó hacía ya dos malditos años. 

¡Dos años! El tiempo pasa tan deprisa que da miedo sólo de pensarlo.

Goya no empezó Los mamelucos, le vino misteriosamente a la mente al pasmado camarada restaurador, hasta que la Tesorería Mayor de Palacio autorizó el pago de los mil quinientos reales mensuales que iba a cobrar por la obra que él mismo ofreció a la Regencia con los franceses todavía, como quién dice, cruzando las montañas con el rabo entre las piernas. Tardó siete u ocho meses en terminarla, nadie lo sabe con exactitud. Él vio algunas de las facturas una vez que desescombraban los sótanos del Prado. Estaban conservadas en un cartapacio que sobrevive dormido como por milagro bajo el peso de dos siglos de polvo y ratones. El cuadro fue directo, se sabe, junto con Los fusilamientos, al cuarto del rey. ¿Qué coño pensaría el felón cobarde de Fernando VII todas las noches al meterse en la cama, apagar el quinqué de petróleo y quedarse a oscuras con el resplandor de la Historia, a la que él había traicionado miserablemente, titilando desde las superficies de esos cuadros?

Seguro que el muy cabrón se rascaría los huevos por debajo del pijama, eructaría muy satisfecho de sí mismo y se quedaría destroncado pensando muy orgulloso que toda aquella turba enloquecida había muerto y matado por sus santos cojones. 

Ante sí, Manuel de Arpe y Retamino tenía la vida y la muerte en un estado prácticamente fisiológico, material. Podía olerlas, podía aspirar el dulzón amargo de la mierda rebujada de hombres y caballos en que todos se mataban como una masa sin forma. Imaginó al maestro deambulando aturdido por las calles de Madrid en aquel día de anarquía y venganza. Sintió su confusión y sintió su miedo. También admiró su curiosidad de genio. Es probable que tomara notas apresuradas bajo su gabán raído en parte para acallar su miedo y en parte para captar todo lo que pudiera de algo que, él lo supo desde el primer instante, era más grande y más antiguo que el mundo mismo. Su sordera le haría llegar el tumulto tremebundo como un eco apagado y arrítmico. Su pituitaria le recordaría los olores de un día de toros: tripas despanzurradas, cuerpos eviscerados, mutilaciones horribles, el líquido rojo y pegajoso llenando de pútrida humedad las piedras de las calles, los zócalos de las casas, los portales de los edificios. Mirando el cuadro podía sentir pegada al paladar la acidez metálica de la sangre derramada y sentir también la nariz de pronto saturada por los gases intestinales de personas y bestias que veían escapar de sus cuerpos el hálito sagrado. La vida y la muerte, en efecto, palpitaban en la tela herida como nervios sanguinolentos entreverados que eran arrancados de cuajo del organismo al que pertenecían. La materia hirviente rezumaba del lienzo roto, lo envolvía y lo clavaba al suelo frío del castillo, ahogándolo; el humo denso ascendía desde el cuadro como hebras gruesas de plata que se transformaban en volutas azules que lo cegaban, le frotaban la cara con manos viscosas y subían hacia el techo alto de la cocina, que estaba negro y hollinado por tantos siglos de guisos y fuego. Los miasmas salían del blanco poderoso de los ojos estupefactos del mameluco del centro, que era el eje del cuadro y también del caos que se desparramaba como la anarquía asesina a diestra y a siniestra de su figura estirada letalmente hacia atrás, de su brazo aniquilador alzado y preparado para asestar la última puñalada a bulto.

Casi puedo oír los cascos de los caballos árabes, poderosos, bellos, magníficos, chocando caóticamente contra el piso de la plaza de Oriente –chascó la lengua, con rabia, y se dio cuenta, sorprendido, de que tenía la boca más seca que un desierto- Estos bigardos eran las máquinas de matar más perfectas que había pulido la historia. Y va y se les cae un trozo de balcón encima, precisamente en Benicarló. Si pudieran levantar sus sables otra vez contra nosotros, se erguirían de entre estos jirones de lienzo y nos darían con el plano del acero en la cabeza, por imbéciles. ¡Hacía tanta falta de baquetear los cuadros del Prado por donde la aviación italiana descargaba plomo día sí y día también! -Meneó la cabeza y él, que era un hombre al que gustaba decir de sí mismo que era tranquilo, pacífico, de serenas costumbres, incluso flemático, como un inglés, tuvo ganas de golpear algo, unas ganas horribles, insoportables-Un trozo de balcón de un edificio al que una potencia extranjera había dejado en ruinas. No se me ocurre una destino más español para los cuadros de Goya. 

El cuadro llegó a Perelada dentro de un cilindro metálico muy sucio y abollado, de cuatro metros de altura. Para sacarlo y desenrollarlo encima de la gran mesa de la cocina necesitó la ayuda de don José, el conserje del castillo, y de Pablo, uno de los soldados que montaba guardia en la entrada aquella noche. A diferencia del teniente Colina y de su cuadrilla de palurdos y matarifes, aquellos dos hombres sencillos y temerosos ejercieron de inopinados auxiliares de pinacoteca con la conciencia de estar ante algo venerable y sagrado: manipulaban la tela como si tuvieran entre las manos una piedra caía de la Luna, y se quedaron respetuosamente detrás de él cuando lograron fijarla a la mesa. Eran dos chiquillos discretos y tímidos que asistían a una clase del maestro. En sus ojos, fijos en las formas abruptas y en las figuras patéticas, sublimes en su agonía y eternas en su desespero, que Goya había pintado, flameaba algo ancestral que él supo captar en un instante. 

Pero Manuel de Arpe y Retamino no era un hombre nacido con el don de las palabras, así que no se concedió más tiempo de ensoñación y concentró todas las potencias de su alma en aquella tarea de cíclopes.

-Habrá que improvisar un taller aquí mismo, dijo en voz alta, y echó un vistazo en derredor a la enorme cocina renacentista que los condes de Perelada mandaron levantar y que Damián Mateu había llenado de montaplatos, calientaplatos y fogones a la última. 

Luego soltó todo el aire que tenía en los pulmones con un suspiro tan largo como un día sin pan, y se mesó el pelo, caviloso. 

Juntamos esas dos mesas largas de madera. Despejamos todas las encimeras. Fuera lebrillos, cacharros, vasos, cacerolas, morteros, paneras. Hay que llamar ahora mismo al forrador del museo, a Tomás. Lo último que sé de él es que está en Valencia, pero cualquiera sabe, en estos tiempos. Tiene que estar aquí cuanto antes. Mañana es tarde. Los nacionales han llegado a Vinaroz. Tendrá que venir por mar. ¿Será posible?

Un rumor sordo le hizo perder el hilo de su pensamiento. A medida que el ruido crecía, se agarró por instinto al borde de la mesa, asiéndolo angustiado como si en vez de manos tuviera un par de garras. Era un sonido conocido y precisamente por ello las piernas empezaron a temblarle y las rodillas amenazaron con doblarse sin que él pudiera evitarlo. Desde aquel primer otoño de la guerra, cuando todo era nuevo, incierto y terrible, sabía identificar el sonido de los aviones antes de un bombardeo: un trueno que emerge de la nada, un rotor acercándose y multiplicándose y luego el estallido de las bombas mientras el runrún se pierde otra vez en la niebla. Las bombas sacudían la tierra como un terremoto, como si Dios golpease el mundo con la mano abierta. Todo se caía al suelo, todo temblaba, los cristales se rompían, los techos se venían abajo, las calles se hundían, los edificios se derrumbaban. Quedaban abiertas y a la intemperie casas, salones, baños, cocinas y dormitorios como las venas abiertas del cuerpo de un gigante. Por ellas se escapaba el alma de las manzanas y de los barrios. Luego, el silencio era roto esporádicamente por las sirenas, el grito de quienes buscaban a los suyos entre los escombros, y el llanto. 

El rumor se hizo grande hasta encogerle el estómago y convertirlo en una nuez. Se imaginó el mundo entero reducido a un montón de ceniza y lo que le quemó la sangre no fue la simple idea de la aniquilación absoluta de todas las cosas creadas, sino la de, justamente, La carga de los mamelucos que tenía delante.

-Este cuadro vale más que toda España junta.

Lo dijo en voz alta y por un segundo no pensó en que lo habían oído el conserje, que era un pobre anciano tenaz al que sus señores dejaron atrás en la fuga precipitada a Francia, dos veranos atrás, y el soldado, poco más que un recluta bisoño y cagado de miedo como todos, seguramente. Pero soldado del Ejército Popular, al fin y al cabo. Lo dijo en voz alta porque cuando sabía que la muerte se cernía sobre su cabeza como un águila de chapa, plomo y fuego, él no podía pensar.  

Hay que entelar la pieza entera, no hay otra manera -Manuel de Arpe se recomponía a sí mismo obligándose a pensar prácticamente, torciendo su miedo a voluntad, girándolo hacia el problema del cuadro y su restauración. Poco a poco, lo iba consiguiendo-. Tinta neutra para esos enormes desgarrones. Ni borracho me atrevería a repintar lo que hizo el maestro -Ya no le temblaban las piernas-. Supongo que, si salimos de ésta, algún día se podrá hacer algo con esos huecos. Algún día -se lo repitió rápido unas cuantas veces, como si estuviera rezando-. Si salimos de esta. 

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