España 2050

La España imaginada para 2050 por las élites progresistas nacionales es una sociedad neofeudal, una colonia comercial de las potencias extranjeras industrialmente superiores habitada por individuos que, desposeídos de facto de su libertad política, han sido reconvertidos en felices y muy motivados animales de granja. Es un país que se parece mucho al estado de cosas fabulado por Huxley en Un mundo feliz. Porque la clave de todo este asunto radica justo ahí, en el autoconvencimiento: será una situación deseada, anhelada y perseguida por quienes la sufrirán. De ahí el ingente gasto en propaganda de un gabinete como el actual, el presidido por Sánchez, quintaesencia de esta cosmovisión, que es además puro aceleracionismo a favor de las pandémicas circunstancias que sacuden el planeta.

El español de 2050 no comerá carne, en parte porque se le habrá convencido durante más de medio siglo de que comiéndola contribuye siniestramente a la destrucción de la Tierra, y en parte porque estará prohibida o gravada a impuestos de tal manera que, como cuando mis abuelos eran chiquillos, la carne será un artículo de lujo ausente de la dieta diaria de las clases populares. La alternativa de la que podrá disfrutar será una amplia oferta de insectos, orientalización cada vez más evidente en los estantes de los supermercados y de las grandes superficies, y de carne sintética, es decir de plástico, hecha con pasta vegetal y sabe Dios qué mortífero engrudo. Sin embargo es casi seguro que el español de 2050 paladeará todo esto con deleite, puesto que en su fuero interno estará muy orgulloso de sí mismo, pues estará salvando el mundo. ¿Y qué éxtasis puede compararse al de estar salvando el mundo además con el mínimo esfuerzo, ahorrándose todas esas penalidades de las guerras y heroicidades de antes? Ni siquiera echar un polvo está a la altura del placer íntimo de una vida sostenible.

El español de 2050 será un esclavo de las servidumbres tecnocientíficas modernas sujeto sin embargo a la tierra en la que ha nacido de un modo absolutamente premoderno. Estarán prohibidos los viajes en avión y también los coches diésel, así que cada desplazamiento fuera de las fronteras naturales de su terruño habrá de hacerlo en carísimos coches eléctricos, compartidos, como las diligencias antiguas, o pagando los sucesivos peajes que a modo de pontazgos el único señor, el Estado, le cobrará por utilizar los caminos públicos. En 2050 el Progreso se habrá desmentido a sí mismo y no será lineal, sino al contrario, consistirá en una contrarrevolución cuyo objeto velado no es otro que preservar el privilegio de las clases dominantes de seguir explotando los menguantes recursos de un Occidente en eterno repliegue ante el empuje salvaje de chinos e indios. Contrarrevolución abrazada con alborozo por un pueblo instilado de propaganda ecobolchevique incesante durante décadas, ciego a la realidad galopante del mundo exterior: China y la India contaminan en un día lo que generaciones enteras de españoles en dos vidas, pues pretenden, en justicia, alcanzar la prosperidad material masiva que ha gozado Occidente en el siglo XX.

Lo de compartir será la esencia de la vida del español de 2050. Compartir casa en una colmena con otros tantos individuos alienados de las comunidades tradicionales que han dotado sentido a la existencia humana, como la familia o la religión. Compartir transporte. Compartir espacio de trabajo. Compartir experiencias. Será toda una experiencia, qué duda cabe, vivir en la España de 2050. El español de 2050 raramente tendrá hijos, porque tener hijos es otro atentado contra la sostenibilidad bioclimática de la Tierra. Como parece imposible asegurar las condiciones materiales para un trabajo que permita vivir, cotizar a la Seguridad Social y, en fin, disfrutar de una vida muelle pequeñoburguesa, el español del año 2050 verá su país colmado de mano de obra barata inmigrante, cuya presencia desnaturalizada en una comunidad nacional en descomposición (dentro de 29 años, probablemente en colapso) redundará en el desarraigo general de la población. Y en el conflicto civil.

Lo más importante y lo que más se está pasando por alto es que el español de 2050, ¿en qué país va a vivir? ¿Seguirá existiendo España en 2050? El Gobierno que imagina el futuro y que crea para ello otro momio con el que alimentar a más clientela, la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia, es el mismo Gobierno que gobierna gracias al sostén parlamentario de gente que tiene como razón de ser la destrucción de España. En cualquier otro lugar sonaría primero, escandaloso, y segundo, cómico, pero en España no, porque en España las palabras, si no vienen en el BOE, no tienen importancia. No valen para nada. Uno puede defender en público que España es la Alemania hitleriana de 1942 y sin embargo seguir cobrando unos buenos dineros como diputado de su Congreso, hacer una vida estupenda, de gimnasio, saraos, canal en Youtube, paseos y terracitas por Madrid, al tiempo que se tilda en público de violador de los derechos humanos al Estado del que se forma parte y que te da de comer. Están imaginando la España del futuro quienes gobiernan diariamente contra ella, a golpe de decreto, gente que públicamente exhibe su desprecio hacia la mitad de una nación en cuya legitimidad existencial no creen. Están imaginando la España del futuro, además, quienes la están endeudando monstruosamente, comprometiendo la viabilidad del Estado. En esa España futura, lo que este Gobierno ofrece a los españoles del mañana es paro masivo y estructural, vida subvencionada (es decir, servidumbre política) y pobreza sin horizonte de esperanza.

En la España de 2050 por supuesto no habrá toros ni tampoco fútbol, ambas manifestaciones intolerables de la concepción viril del mundo, o sea, vestigios de la obsoleta falocracia. No hará falta ni siquiera prohibirlos, son dos fenómenos tan contrarios a la naturaleza del futuro imaginado (y ya, presente, ayer se jugaba el final de la Liga y en mi pueblo apenas había bares que dieran los partidos, por resultares demasiado caro comprar el paquete televisivo) que se les irán achicando los espacios hasta convertirlos en piezas de museo. Ir, por ejemplo, a Madrid o a Barcelona, será, como para mis abuelos, un acontecimiento que se recordará toda la vida, por lo raro. Pero el español de 2050 será feliz, tendrá la felicidad del eunuco intelectual, del hombre castrado: como le están borrando el pasado, no tendrá memoria, así que no sólo no sabrá quién es, sino que no le importará saberlo, y desconectado de toda idea que de sentido a su existencia individual, será un átomo dócil para la oligarquía que dirigirá la timocracia en la que está derivando a marchas forzadas la democracia española contemporánea. Acceder a la propiedad de la tierra será una quimera, pues las élites políticas culminarán su transformación definitiva en castas extractivas expropiando a través de tasas e impuestos lo heredado por el ciudadano particular y convirtiendo la vivienda en propiedad en un lujo inalcanzable. Por nuestro bien.

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