La década ominosa

Pablo Iglesias abandona la política (“en el sentido de los partidos”, dijo exactamente en la alocución de la derrota, no me parece baladí) cuando se cumplen diez años del acontecimiento que acabó trayéndolo a ella: el 15M. Desde los atentados de Atocha, lo peor que le pasó a España, políticamente hablando, fue este circo urdido en los sótanos de Izquierda Unida y en el sindicalismo marginal, de barrio, universitario y alternativo a la hegemonía CCOO-UGT. Desde los márgenes del establishment pero estrechamente vinculados con sus cloacas, consiguieron asustar a la oligarquía partidocrática en un momento de parálisis provocada por la catástrofe económica de 2008. No les costó mucho: llenando de tiendas Quechua la Puerta del Sol incitaron a ocupar las grandes plazas de todas las capitales de provincia de España, y al movimiento se sumaron todos los bienintencionados, todos los oportunistas, todos los flipados, todos los adolescentes, de edad y mentales, y en fin, la innúmera caterva de desharrapados intelectuales que poblaban ya entonces los páramos de la primera España de la Historia superpoblada de licenciados universitarios inútiles. Pero el 15M nunca fue el conato de una revolución, sino una aspiración gatopardista universal de hijos de funcionarios, de profesores de facultad y bachillerato, de cajeros de banca prejubilados a los 50, de pensionistas. Un movimiento de repliegue, una aprensión general.

Pablo Iglesias dice que se va, aunque eso está por ver. Deja la primera línea, por ahora, como digo, la trinchera parlamentaria, eso tan aburrido para un fulano que se creyó Lenin. Pero Lenin, como Felipe II, pasaba la mayor parte del día encerrado en un soso despacho del Kremlin, leyendo y firmando papeles. Para ser un Lenin o un Stalin, a Pablo le ha faltado, por encima de todas las cosas, talento y constancia, pues no basta con fantasear con la aniquilación del adversario, es preciso, sobre todo, arremangarse. Y ponerse a la tarea. Él no es así, a él le gustan otras cosas. Teresa Rodríguez, que algo debió de conocerlo en aquellos días de la primavera de Podemos, dejó claro que el muchacho era un haragán. Su alma es absolutamente burguesa, en él habita un rentista. En esta década de auge, gloria, poder y caída, las circunstancias han revelado al cacique decimonónico que Pablo Iglesias lleva dentro: un buen chalet a las afueras, en una zona noble, lejos del humo y del ruido de la ciudad; una mujer más joven a la que hacerle, rápidamente y como está mandado, tres hijos; colocar a su clan, tener queridas por doquier, por supuesto aún más jóvenes, sobre las que proyectar su voracidad interior y su voluntad narcisista de macho alfa y poderoso, y luego, al final, el foco, el minuto de gloria dilatado ad infinitum por la telebasura afín.

En la década que ha ido de 2011 a 2021 España no sólo ha perdido el presente y emborronado el pasado, sino que sobre todo, ha dilapidado el futuro. Deuda pública disparatada, generaciones hipotecadas hasta el siglo XXII, comunidad nacional hecha trizas, bombas territoriales de relojería a punto de explotar y empobrecimiento salvaje de las clases medias, cortado de raíz el ascensor social. El futuro para un español de infantería, hoy, no es una promesa, sino una amenaza. El símbolo de todo este despilfarro, de esta agonía, es Iglesias, la pústula de la herida. Encarna lo peor de una nación que boquea con respiración asistida, en la UCI, en estado terminal. Iglesias ya estaba ahí, brujuleando entre la regurgitación izquierdista del 11 y el 14 de marzo de 2004, cuando con los cadáveres de 192 compatriotas aún calientes, asesinados en nombre de Alá, muchos más españoles de los que la vergüenza impide recordar, clamaron venganza no contra los terroristas, sino contra su propio Gobierno. La izquierda apeó del poder a la derecha entonces saltando en un trampolín lleno de sangre y ahí, hay que recordarlo una y mil veces, ya estaba Iglesias: maquinando, tramando, conspirando, que es el campo de actividad en el que luego, ya famoso, ha demostrado mayor habilidad, aunque no siempre acierto. ¡La vanidad es el principal enemigo de la inteligencia! Por eso las mejores eminencias grises siempre han sido tipos absolutamente discretos que mantenían sus egos bien embridados.

En diez años de fulgurante coitus interruptus hacia el poder, Iglesias ha logrado articular una organización política cuya función principal fue legitimar a la izquierda proetarra vascocatalana (Bildu y ERC) e integrarla en “la dirección del Estado”. Si el único cerrojo del 78 era la condensación parlamentaria en dos grandes mayorías turnistas, el multipartidismo aclaró el panorama para el PSOE: sólo conservarían el poder sacando del armario a quienes descorchaban champán cuando asesinaban a un inocente (aunque el inocente fuera del propio PSOE) en nombre de la república democrática popular de Euskal Herria, y al catalanismo de izquierdas. Que, en vista de la degradación social y política de Cataluña en los últimos quince años, asombrosa y metastásica, es todo el catalanismo, pues hoy hasta los rescoldos de la vieja Convergencia de Pujol es ecofriendly y feminista. Lenin, que se preciaba de ser el mejor exégeta de Marx, creía que había que acelerar a marchas forzadas la transformación del semifeudal Estado zarista ruso en una potencia capitalista e industrial, pues esa era la manera más rápida de que la monarquía implosionara y se abriera la rendija deseada a la revolución y posterior dictadura del proletariado. Ese es el único legado político de Pablo Iglesias Turrión, no en vano hijo de la rendija abierta en Occidente en 2007 por las hipotecas subrpime americanas: un “aceleracionismo” ibérico que ha llevado a la nación política española al umbral de la centrifugación.

Iglesias ha encarnado lo peor de un país objetivamente mucho peor hoy, en 2021, que en 2011 y, no digamos, en 2001. Un rencor social impropio de un tipo que nació de pie en una familia de posibles, confortablemente acunado desde pequeño, un pasado que tuvo que empobrecer a brochazos de pintura negra vallekanizándose. Como venía de la universidad y hacía creer que leía libros, vivió, pació y se va envuelto en una estupefaciente reputación de hombre ilustrado y “con idiomas”. Cuando lo que es, sobre todas las cosas, es la muestra representativa perfecta del estado de putrefacción de la endogámica, ineficiente y corrupta universidad pública española, fábrica industrial de parados de larga duración incompatibles con las leyes elementales del mercado libre. Iglesias ha encarnado ese rencor social de los desposeídos por la crisis de 2008 y de los orillados por la partidocracia y lo ha convertido en fuerza motriz de su carrera política, carrera que, en su ensoñación, terminaba en La Moncloa inaugurando un nuevo régimen que culminara el famoso “proceso constituyente”. Pero todo era una farsa burda, una pamema que sólo podía funcionar en una España como la contemporánea, descrita perfectamente por Gustavo Bueno: un país en el que nadie sabe nada y en el que se confunde todo. No se le caía de la boca lo del proceso constituyente cuando sólo era un agitador televisivo financiado por Irán y el bolchevismo caribeño. Pero Iglesias fue ahormándose, entrando por el aro del “sistema”, a medida que su partido ganaba escaños en la Carrera de San Jerónimo y por lo tanto, cuotas de influencia legislativa. Su cénit fue, por eso, el principio de su fin. Formar Gobierno con Pedro Sánchez en enero de 2020 era asumir que nunca asaltaría los cielos. Algo ya debía venir oliéndose desde algún tiempo antes, pues se había comprado una finca en Galapagar pidiéndole una hipoteca a una de las cajas afines a la Generalidad golpista. Ahí se demostró el verdadero talante personal, humano, de un jefe al que las circunstancias consagraron en jefecillo, en líder de facción. Vino vendiendo que iba a pegarle una patada al tablero y resultó que no tenía madera para ello, no tenía ese punto de inhumanidad necesaria para pasar por encima de todas las leyes naturales y limpiarse a la mitad del país, esa mitad que te molesta: Lenin, Trotski, Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, Fidel Castro, astros de la constelación política socialdemócrata con la que rellenaba horas de discurso audiovisual marginal antes de elevarse, desde el limo de la Complutense, hasta la moqueta del establishment.

Se va Iglesias, con Roures, se dice, a seguir pregonando el apocalipsis de una de las naciones más viejas del mundo. Presumo que hará más daño en el plató que en la tribuna de oradores, a pesar de que la retórica es uno de sus puntos fuertes. Siempre prefirió la televisión, que sólo compromete al adversario y cuyo poder de infiltración social es incomparablemente mayor. Como heredero del linaje comunista español, Iglesias traiciona por completo y cada vez que abre la boca el patriotismo clásico del comunismo que le hizo la guerra a Franco y que luego, cuarenta años después, se adhirió a la monarquía parlamentaria. Sarmiento del nuevo socialismo reciclado a la fuerza en América del sur tras la caída del Muro de Berlín, Iglesias ha dado carta de naturaleza a ex-terroristas, validado el crimen organizado de ETA como elemento consustancial del debate público español; ha denunciado al Gobierno de España ante la Unión Europea mientras éste afrontaba una crisis histórica en Cataluña, fruto del Golpe que unos representantes del Estado en la región le daban a la totalidad del mismo; convencido de la teoría estalinista de las nacionalidades, recurrió a la Iglesia, uno de sus blancos favoritos a la hora de hablar de los poderes fácticos, en un intento bochornoso de bloquear cualquier respuesta a la declaración de independencia de Puigdemont por parte del Gobierno de Rajoy, con aquella iniciativa incalificable del Parlem? Su mérito indiscutible ha consistido en hacer creer que rasgaba todos los velos y que se enfrentaba a todos los dioses del viejo y decrépito Olimpo, siendo, en esencia, un tropismo del sistema, puritita reacción. ¡Por algo se ocupó en su ministerio de la Agenda 2030, que es la mayor agresión a las clases medias empobrecidas por la globalización desde 1989! Mucho menos listo de lo que se cree, el daño, en resumen, ya está hecho. Pero así y todo sería darle demasiada importancia a su nombre, en particular: Iglesias no es causa del camino de perdición por el que transita, cuesta abajo, España, sino una de sus consecuencias, quizá la más mediática, la más notable, la que más ruido ha hecho. Y hará.

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