Textos para El Liberal (II)

Cien años

Estuve en Sevilla el otro día y al pasar por la Alameda me acordé que era 17 de mayo. 17 de mayo. Falta poco para que haga un siglo de que se velara en Madrid el cuerpo de uno de los sevillanos más grandes y populares del siglo XX, cuyo cortejo fúnebre atravesó este bulevar líquido en dirección al inframundo. José Gómez Ortega, Joselito, muerto en la apoteosis de su juventud en Talavera de la Reina el 16 de mayo de 1920. Sobre sus columnas de Itálica, Hércules y César, trasuntos de Carlos V y de Felipe II que miran Sevilla también desde la fachada de su ayuntamiento, vieron, como me veían a mí desde lo alto el otro día, pasar por el albero de la Alameda el ataúd de ébano y plata del torero, camino del cementerio de San Fernando. 

Era otra Sevilla, otra España, otro mundo. Unos días después vi circulando por redes la portada del programa de la corrida de San Isidro del 24 de mayo: Joselito y Belmonte, el otro héroe popular sevillano del siglo, haciéndose un selfie. La imagen es bonita. Es obra del ilustrador Jérome Pradet. Es como una alegoría del cambio, un espejo inclemente: lo viejo confrontado brutalmente con lo nuevo. Por eso es fascinante, como las Setas de la Encarnación. 

A veces me gusta pensar en todo lo que cambia un lugar en cien años. Cambia mucho, naturalmente. No puede ser de otro modo. ¡Si cambia tanto en cinco años! Hace seis años me fui de Sevilla y cada vez que vuelvo me parece caminar por una ciudad nueva, por una ciudad distinta. El piso de la Alameda, por ejemplo, ya no es de albero como hace cien años. También el sitio ha perdido su carácter arrabalero, su marginalidad. Esto está bien, es síntoma de prosperidad, de progreso. Igual que la ría de Bilbao ya no es una chimenea expulsando gases al cielo y ennegreciendo la ciudad con su tos fabril, la Alameda es ahora un sitio limpio, moderno, abierto, con esa cosa jovial y divertida que tienen los jardines públicos en las ciudades que respiran sol, esa cosa europea y avanzada que despeja el aire y trae guitarras, risa, veladores llenos de gente bebiendo cerveza, bares con banderas arcoiris en el dintel. Además de estar bien, es inevitable. Es la Historia. 

La Macarena se vistió de luto al morir Joselito. Eso también ha cambiado. No veo a multitudes arrastrándose en silencio, aguantando el llanto, bajo el sol de mayo sevillano, que ya escuece, con la gorra estrujada en la mano, cruzando la ciudad detrás del féretro de un torero. Sin embargo, la Macarena sigue convocando a las mismas multitudes que hace cien años, cuando sale a la calle. Ahora, no obstante, la gente acompaña en la muerte a los nuevos héroes, los futbolistas. Se vio hace once años con Antonio Puerta. Once años ya. 

Esto, este cambio, también lo anunciaba en 1962 el pintor sevillano Andrés Martínez de León en una carta a un amigo sevillano, en la que le explicaba que al entierro de Belmonte “no fue mucha gente. A sus funerales, nadie. La Iglesia pasó por alto el suicidio.. La gente joven no se emocionó: siguió hablando de fútbol”. El tiempo le cambia el nombre y el oficio a los héroes, pero no cambia a los héroes mismos. A todos aquellos pedantes y engreídos, pseudointelectuales, que desprecian el arraigo masivo y popular del héroe, habría que recordarles a Cayo Apuleyo Diocles, el auriga hispanorromano que acumuló en el siglo I una fortuna, al cambio de hoy, de 15 mil millones de dólares. A Apuleyo las masas lo celebraban como ahora celebran a Cristiano Ronaldo o a Lebron James, y se vendían estatuillas y cerámicas con su nombre y su efigie como ahora se venden camisetas de Leo Messi. Las discusiones entre los hinchas de varias cuadrigas, o sea, equipos, de carreras de caballos provocaron unos disturbios de tal envergadura en la Constantinopla del emperador Justiniano que a punto estuvieron de costarle el trono. Algo semejante ocurría al principio del siglo XX, cuando los gallistas y los belmontistas tomaban las tascas, bodeguitas, calles y tugurios de la ciudad después de cada corrida, porfiando por sus ídolos. 

Han cambiado más cosas. Los funerales de Joselito en la catedral provocaron malestares y disgustos entre las clases sociales dominantes en la Sevilla de 1920. Joselito, que era el mejor en su oficio y tenía más dinero que un duque o un marqués, no pudo casarse con el amor de su vida porque era un gitano de Gelves y eso al suegro potencial, ganadero y de orden que se decía antes, no le gustaba. Ganaderos, gentes de orden y gentes de dinero se habían empeñado en arruinar el gran proyecto de Joselito para Sevilla, la Monumental. Como Santiago Bernabéu con el fútbol, Joselito vio que el futuro de lo suyo pasaba por dejar entrar a más gente, a mucha más gente, a mucho menos precio, llevándose el espectáculo hacia donde creían las ciudades, lejos del corazón oligárquico de las urbes. Es decir, avistaba la cultura de masas. La Monumental se inauguró en Nervión un año antes de que en Madrid se empezase a construir otra aún más grande, también apadrinada por Joselito: Las Ventas. La Monumental doblaba en capacidad a la Maestranza, el templo tradicional de la tauromaquia sevillana. Al morir Joselito, murió el impulso que la sostenía. De ella queda hoy tan sólo una puerta, vestigio milagroso de una rebeldía social extraordinaria. 

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