Sólo el mirlo reina

He pasado junto al parque de mi pueblo, el parque Blas Infante de Chipiona, infame nombre, y estaba todo alfombrado de verde. El lugar en el que tanto tiempo pasé de niño jugando, corriendo y aprendiendo aparecía ante mis ojos convertido en una ruina maya abandonada en algún inaccesible rincón del Yucatán. La hierba, cumpliendo la única ley del cosmos, se ha hecho con todo, expandiéndose e invadiendo cada muro y cada citara, cada poyete y cada reja, deformando triángulos de césped y conjuntos de setos más o menos versallescos: la vida humana en la Tierra es una lucha permanente contra el caos y la degradación, contra el desorden y la entropía. Por supuesto, es una batalla perdida, pues el orden que podemos establecer en medio del marasmo que nos circunda no es más que un precario equilibrio que sólo dura mientras vivimos. A veces ni eso, como está demostrando la peste china. La vegetación siempre gana. El parque de mi pueblo es ahora un Coliseo abandonado, convertido en jardín botánico, donde sólo el mirlo, cuervo alegre, aprovecha la ausencia de tráfago humano para brincar sobre la hierba buscando bayas caídas de los plátanos bajo los cuales nadie se duerme ya. Ni juega. Ni llora. Ni ama. Ni sonríe, ni tampoco echa de menos. Han convertido el mundo en un lugar triste donde sólo hay silencio, en una república mustia dejada a la hiedra, que trepa hasta la cima de un templo huérfano de dioses, sobre el que el cielo, con una cábala indescifrable en la cara, contempla indiferente la tragedia de nosotros, los hombres. Y entre tanta soledad da saltitos el mirlo, que es un pájaro de por sí feliz, delgado, con un risketto por pico, amigo de pinos piñoneros, de cables de la luz y de fajas de césped sembradas de los higos en agraz que la primavera sacrifica antes de tiempo. Al verlo con algo en el pico, atareado en una búsqueda que me recordó a la de los niños forrajeando caramelos bajo las carrozas de la cabalgata de los Reyes Magos, pensé: ¿echará de menos la presencia humana? Lo dudo, pero nunca se sabe. Seguí paseando y vi un poco más tarde una tertulia de gaviotas reunidas en el centro de un corral de pesquería, meciéndose al vaivén de las olas de la pleamar. Parecían estar debatiendo en cónclave sobre las absurdas medidas adoptadas por los gobiernos que nosotros, supuestos dueños de la tierra, nos damos a nosotros mismos, para protegernos. Otro pájaro, una especie de cormorán que no supe identificar pues en ornitología, como en todo, soy medio analfabeto, fijaba la vista en el horizonte empañado por la niebla. Inalterable, erguido como un patricio sobre un poste de madera que alguien clavó una vez sobre las piedras puestas allí por los romanos, era como si reflexionase sobre las prohibiciones que se aplican entre sí los hombres, que acaban todas como el cartel que sujetaba aquel poste, en el fondo del mar y del olvido. Si algo tengo claro es que el fin del mundo será contemplado por los pájaros, quienes sobrevivirán a los drones y guardarán en las retinas, legándoselas como material genético de primera utilidad a sus siguientes generaciones, las imágenes finales de la catástrofe del homo sapiens. Y el Día del Juicio testificarán contra nosotros, acusándonos de lo que somos, unos completos imbéciles.

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