Me da igual el rey

No es el rey, es España. El objetivo es España. Siempre lo ha sido. El Rey es sólo un obstáculo, como lo sería cualquier otra institución, mismamente la Jefatura del Estado en forma republicana, que se pusiera delante de la locomotora desbocada que Pablo Iglesias y su partida de cuatreros (qué bueno es Federico Jiménez Losantos identificando a la gente) han lanzado contra la nación española, contra su sujeto de soberanía. La repartición del Estado no puede hacerse sin robárselo antes a sus legítimos propietarios. La confusión entre Nación y Estado y entre Estado y Gobierno degenera en la situación actual, en que la Nación asiste entre impávida, impotente y anuente al asalto total del Estado por parte del Gobierno. Tal y como está escrita la Constitución de 1978, esto era algo que iba a suceder, tarde o temprano. La Historia nos dice que son los comunistas los primeros en lanzarse sobre las grietas, los mejores aprovechando las catástrofes, los cambios súbitos; los mejores interpretando los terremotos sociales y políticos, los mejores atrapando al vuelo las ocasiones para romper la baraja, cualquier baraja. Se puso de moda aquella frase cuando la crisis de 2008, que en chino crisis significa oportunidad (me gustaría degollar al cabrón que la trajo a colación) y es verdad: generalmente las crisis, cuanto peores, mejor, suelen ser oportunidades fantásticas para todos aquellos quienes quieren sojuzgar a sus vecinos. Sin la Primera Guerra Mundial y el monstruoso abismo que abrió precipitadamente en la realidad de los rusos de su tiempo, Lenin y su degenerado proyecto de transformación social a escala masiva no habrían sido posibles. El propio Lenin fue el primero que lo supo desde el principio pero, ¡siempre hay un banquero, un financiero, una élite alemana dispuesta a pagarle un tren al Lenin de turno para que cruce el frente occidental y ponga patas arriba Rusia! ¿Verdad, Ana Patricia Botín? El problema de todos aquellos que pretenden destruir la realidad histórica llamada España, realidad vieja, bien asentada en los cimientos de la Historia (demasiado vieja, demasiado bien asentada, España fue un parto prematuro de la Modernidad) es que trabajan desde hace siglo y medio por aplicar aquí los procesos centrífugos de los nacionalismos etnosimbólicos orientales que dinamitaron el imperio austrohúngaro. Sin tener en cuenta, pues son tan arrogantes como estúpidos y tan iletrados como malas personas, que España no es un conglomerado de razas, religiones y tradiciones seculares distintas como lo era la Monarquía Dual, sino una sedimentación muy homogénea que resiste todavía (¡así de fuerte será, pues nadie ni nada la defiende!) un vendaval acelerado desde 1978. El problema, por cerrar como empecé, de confundir Nación con Estado y Estado con Gobierno es que se suele decir sin ningún fundamento: “el Estado ya no existe en Cataluña ni en el País Vasco” como si el lehendakari o Torra no fueran más que los representantes máximos del Estado en cada uno de esos territorios (todavía) autónomos. No existen muchos ejemplos de revoluciones y de golpes de Estado dados desde el propio Estado. Se me vienen a la cabeza los bolcheviques suspendiendo la Asamblea Constituyente en 1918, Hitler desde 1935 o Napoleón en Brumario. Todos, por supuesto, excelentes ejemplos de futuros democráticos inmediatos.

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