Cuando Dios fue español

Ayer hizo veinte años del gol aquel de Alfonso a Yugoslavia. Lo vi pasar en Tuiter. Fue el gol de España que más he gritado en toda mi vida, mucho más que el de Iniesta, mucho más que cualquier otro de la Eurocopa de 2008 o de cualquier otra Eurocopa y Mundial Tembló la tierra. Recuerdo perfectamente dónde estaba: tenía un ramo de claveles rojos en la mano que tiré al suelo mientras daba vueltas sin sentido en torno a una mesa larga, brincando. En la radio, a Alfredo Martínez le iba a dar un síncope. No paraba de chillar que Dios existía y que además era español. Supergarcía, que muy pronto dejaría la radio, de un día para otro, le recordaba la promesa que acababa de hacer, justo antes de que España le metiera dos goles a Yugoslavia en menos de cinco minutos, consiguiendo una victoria imposible: hacer el Camino de Santiago de rodillas. “¡Pero lo hago, lo hago!”, gritaba. A mí me riñeron por estropear aquel ramo de claveles rojos, rojos sangre, rojos España que entonces cultivábamos. Aquel ramo, seguramente, habría estado destinado a algo mejor. Es muy posible que algún holandés lo comprara en una floristería de Amsterdam, Rotterdam o Alkmaar. Que hubiera comprado pensando en alguna holandesa de ojos claros a la que invitara a un café y unos cruasanes, por ejemplo, una mañana templada de aquel verano del año 2000. Ese ramo, en esa fecha, valía dinero, aunque yo no supiera cuánto, con once años, y en realidad, no me importara. Pero ese ramo de claveles murió por España y, ahora que nadie nos está leyendo, tuvo el mejor destino imaginable. Hay momentos en los que uno no puede estarse quieto o no saltar. Nos posee la pulsión de la vida. Escuchando aquel partido increíble estaban junto a mí mis padres, todavía jóvenes, esculpidos por el trabajo; estaba mi abuelo, risueño y arrugado; estaba mi hermano, un mico. Ese año por Reyes nos habían puesto la camiseta de España, preciosa, todavía con una reminiscencia del modelo del Mundial del 94. Aún la conservo, me gustaba echarme el cuello hacia arriba, los escudos todavía se bordaban en el pecho, no como ahora que son impresiones en goma, algo horrendo. Yo estaba feliz y confiaba sin límites en que España ganaría esa Eurocopa: a esa edad se cree cualquier cosa, todo es posible, sobre todo si uno es madridista y acaba de ver cómo ese mismo Raúl metía dos goles en Old Trafford, donde decían los mayores que no ganaba nadie; todo parece posible después de ver al Madrid ganar una Copa de Europa, y yo a eso me estaba acostumbrando. Pero con esa Eurocopa empecé a descubrir que la Selección no era el Madrid, comencé a entender que para un madridista español la Selección es una cuota de fatalidad, insanidad y derrotismo que a uno le toca el día de su nacimiento. Contra Noruega, en el debut, España había perdido por culpa de una cantada de Molina y de mí se rió uno por la calle. Yo iba en bici, a toda pastilla saliendo del colegio para mi casa y ver la segunda parte. Llevaba puesta la camiseta. De todo eso me acuerdo mejor que de casi todo lo que dije el sábado pasado: con mucha mayor nitidez, con una asombrosa precisión. Recuerdo que en verano íbamos a una calita, echábamos la mañana. Era una playa familiar. Allí conocimos a un matrimonio de casi jubilados hispanoitalianos que vivían en Bruselas. Todos sus hijos eran belgas, pero el señor, Leo, era un tipo genial que había nacido en Tánger cuando Tánger todavía era española. Era un sevillano italianizado o un italiano de Triana, hablaba español con un deje extraño que yo no había oído en toda mi vida y fue el primero que me dijo que un hombre tenía que perfumarse antes de salir a la calle, para que las mujeres se lo quedaran mirando. Lo veíamos todos los días en la playa, y como él sabía que a mí me chiflaba el fútbol, y además era belga, comentaba conmigo todo lo que allí ocurría. El día que Raúl falló el penalty contra Francia me dijo que había pensado en mí con mucha tristeza. Pero eso ocurrió un poco después del día del gol de Alfonso a Yugoslavia. Empieza a hacer 20 años de que hace 20 años de todo, dijo Garci no hace mucho. Ya ni siquiera existe Yugoslavia.

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