La policía guay

Hay pocas cosas que me prendan cual antorcha anarcosindicalista como la policía tratando como deficientes mentales a los ciudadanos a través de las redes sociales. Es una moda por desgracia muy extendida, un fenómeno irreversible sobre todo por su amplia aceptación social: a la gente, por lo que se ve, le gusta que la consideren idiota, que sus representantes públicos se dirijan a ellos como a niños que aún no han hecho su primera comunión. Empezó con las cuentas de la Policía Nacional y de la Guardia Civil en Twitter. Ahora, por ejemplo, también las policías locales, como la de mi pueblo, Chipiona, provincia de Cádiz, lo replican. No es culpa de quien lleve la cuenta, desde luego, pues está visto que es lo que gusta. A cada publicación le sigue un chorreo de interacciones, likes, corazoncitos, comentarios y parabienes. Todo el mundo parece encantado de que el lenguaje más efectivo que los agentes de la autoridad (¡que ellos mismos, ciudadanos y no electores ni meros tributarios, en tanto sujetos de soberanía, encarnan!) hayan descubierto para comunicarse en las redes sociales sea una neolengua plagada de emoticonos y expresiones entusiásticas semejantes a las que se usan para encomiar a los bebés y para reñir a las mascotas. Cuando las fuerzas de seguridad del Estado se aproximan al ciudadano en plan colega es que están a un cuarto de hora de perderle el respeto. Es un fenómeno circular, por supuesto. Para mí es un síntoma inequívoco de la degradación de las ideas de auctorictas y potestas. Es un juego peligroso tratándose la policía de la herramienta que en democracia sirve para regular el uso de la violencia. El ornato del poder es, casi siempre, lo que cimenta su autoridad en la mente de los hombres. La expresión rotunda de esa autoridad es el Estado, con su cuerpo legislativo mediante el cual se dota de normas y con la administración que las aplica, de la que los uniformados forman parte integral. Pero los ciudadanos han olvidado que ellos son la autoridad. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. En estos tiempos en los que las palabras no significan nada el individuo está expuesto por completo a lo que emerge del vacío que deja el verbo despojado de sentido: porque el lenguaje crea la realidad y el neolenguaje aberrante de nuestro tiempo produce una realidad invivible.

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