Mi bisabuela

Se llamaba Concepción, aunque yo aprendí a conocerla sencillamente como Mama. La ha matado el coronavirus, pero ella se ha ido sin saberlo. Nunca he preguntado qué edad tenía. En mi cabeza siempre será una viejecita menuda y encorvada. Su piel era cuero gastado; su rostro, afilado, perfil de águila, tenía el tiempo escondido entre sus pliegues. Su pelo era de color cárdeno, parecía hecho con hebras de alambre, siempre recogido en un rodete a la altura de la nuca. El día que murió su único hijo varón decidió que en lo que le quedara de vida sólo vestiría el negro. Así la conocí, así la recuerdo. Vendió campos inmensos para pagar cada visita a los médicos, graves señores en batas blancas y de bigotes gruesos a los que había que ir al dinero. Se montaba con él en el tren, sola, sin miedo. Al niño, los doctores le auscultaban los pulmones y siempre negaban con la cabeza. Iba y volvía a Cádiz, al Puerto. Gastó toda la herencia que sus padres, y los padres de sus padres antes que ellos, habían acumulado durante generaciones como desahogados propietarios de viñas. Lo intentó todo para salvarlo, hasta me habría vendido yo misma si hubiera hecho falta como le confesó una tarde a mi madre, delante de una taza de café y de unas galletas.

Pero su hijo no se salvó. Se lo llevó la tuberculosis con veinte años recién cumplidos. Su hermana mayor, mi abuela, le puso su nombre a su primogénito, mi padre. Y mi padre me lo puso a mí. Mi madre, cuando eran novios, venía a buscar a mi padre a su casa, esperaba a que volviera del campo escuchando las cosas que ella le iba contando: su vida, que muchos años después mi madre me contó a mí, cada viernes al mediodía, en la hora del vermú. El día que mi bisabuela murió hizo un calor inusitado en esta primavera fría. No pude ir al entierro. Sólo me ha quedado la tarjeta blanca con su nombre en sobrias letras negras y la cruz latina y sencilla. Es la estampita que recordará eternamente la misa que no podrá hacerse cuando se cumpla un mes de su muerte: eso ha sido todo.

La muerte era una idea incomprensible para mí cuando era niño. Mi bisabuela era una tarde larga de verano y un saloncito encalado, con muebles viejos de madera oscura. Yo acompañaba a mi padre cuando iba a tomar café a casa de mi abuela. Nada más verme, Mama se levantaba del tresillo en el que pasaba las tardes junto a su hija y mis tías y me preguntaba si había merendado. Me preparaba un bocadillo de mantequilla y un nesquik. En mi casa había margarina y colacao: aquella mantequilla tan diferente tenía un sabor salado que me gustaba mucho. No la he vuelto a probar desde entonces. Ahí ya había perdido la cabeza, pero hasta el final conservó ratos de lucidez.

Se dedicó toda su vida a cuidar y a proteger a los suyos. Después del hijo enterró al marido, un campesino borracho y terco que jamás la ayudó. Cuando su hija, mi abuela, se casó, se fue a vivir a la punta de Montijo con mi abuelo. Con mi padre y mi tío sin destetar, guardaban una finca solitaria encima de una duna, sobre la boca del Guadalquivir. Mi bisabuela se arropaba con un enorme mantón negro y en las noches de marea baja alcanzaba Montijo desde Chipiona a la luz de la Luna, caminando como un legionario. Acostaba a los niños, le hacía la cena a mi abuela y se mantenía despierta hasta que mi abuelo terminaba su tour por los despachos de vino entre Sanlúcar y Chipiona. Luego regresaba, una mota negra deslizándose por la orilla del mar ante los ojos estupefactos de parejas de la Guardia Civil de las de antes, de capote y tricornio, que patrullaban aquella zona tan caliente de contrabando desde Amílcar el Barca, por lo menos.

Cuando mis abuelos volvieron a Chipiona y se establecieron, ella se fue a vivir con ellos. Ya no tenía nada, todo lo había dado: patrimonio, casas, tierras, dinero, energía y fe. Pero aún tenía amor, el amor de una piedra ostionera con la que no pueden las olas. Crió a seis nietos y luego a un sobrino que se había quedado huérfano. Era el hijo de su hermano mayor, que en la postguerra, cuando venían los falangistas de noche, en camiones desde Jerez a hacer paseíllos, tenía que esconderse dentro de un pozo. Los camisas azules llegaban con listas repletas de nombres de cadáveres que estaban de permiso y ella se plantaba a oscuras en el centro del pueblo. Ponía los brazos en jarra y empezaba a retar a voces a quien tuviera cojones de ir a por su hermano. Cuentan que, debajo del chorro plateado de la Luna, toda de negro, vociferante y ferina, parecía una pantera puesta en pie. Nadie tocó a su hermano.

En los últimos años, desalojada del presente por la senilidad, atrapada en el recuerdo de su infancia, se iba sin decir nada de la casa de su hija. Se la encontraban agarrada a la verja donde se había criado, la verja mohosa y llena de salitre de un patio abandonado y en ruinas, junto al mar. Llamaba a voces a personas que llevaban muertas mucho tiempo. Sus nietos tenían que ir a buscarla y para convencerla de que era necesario volver a casa tenían que engañarla como se engaña a una niña que todavía no ha hecho la comunión. La han matado los pulmones, como a su hijo querido. Aún vive todavía, cuando abro uno de los álbumes donde mi madre guarda las fotos antiguas. En las de mis primeros cumpleaños ella sale a menudo: una efigie negra y arrugada, de tez coloreada como la tierra de los olivares a los que quema el sol, con su pelo de niebla y su porte egregio, de madre.

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