Breve historia de la Guardia Corsa

El servicio militar pontificio está ligado inevitablemente a lo bello. No hay más que mirar los uniformes de la Guardia Suiza, de los Zuavos del Papa o el estandarte de la Marina Papal. Los corsos al servicio del papa no fueron una excepción. Porque, sí, hubo corsos al servicio del papa. En el caso de la Guardia Corsa, lo más notable, estéticamente hablando, era su casco, el morrión del tipo español tan familiar para el espectador común por pertenecer, en el imaginario colectivo, al arquetipo del conquistador de América.

Un siglo después de que Julio II creara la Guardia Suiza, Clemente VIII reclutó a 600 soldados de infantería corsos e instituyó la Guardia Corsa. Ya había soldados de fortuna corsos asentados desde antiguo en Roma. Algunos habían servido a título personal como guardias de papas y cardenales, reconocidos por su fiereza, un poco al estilo de los vikingos que hacían de pretorianos de los emperadores de Costantinopla. Algunos otros, miles, se quedaron en Roma, por ejemplo, después de haber servido como mercenarios al rey de Francia bajo la bandera del conde de Cominges, en las guerras italianas que sostuvieron Francisco I y Carlos V como dos campeones de la Antigüedad Clásica.

Hay presencia recurrente de una comunidad corsa en Roma desde el siglo IX. Tenían fama de pendencieros, orgullosos, fieros, valientes e inflamables. Por lo común no se integraban bien en la ciudad y vivían aparte en el Trastévere, sirviendo en bajos oficios.

En el Trastévere, el barrio popular por excelencia de Roma, establecieron los corsos un principio de comunidad, alrededor de la basílica de San Crisógono.

“La naturaleza ha regalado a Córcega cuatro dones: sus caballos, sus perros, sus hombres orgullosos y valientes y sus vinos generosos que tanto gustan a los príncipes”, dejo dicho el cosmógrafo Ignacio Danti. Cuando el cónsul Lucio Cornelio Escipión, abuelo de Publio Cornelio Escipión el Africano, expulsó de Córcega a los cartagineses durante la Primera Guerra Púnica, dice Mommsen que “los romanos, imitando a los fenicios, se contentaron con ocupar las costas; con los indígenas del interior se sostenían diarios combates, o mejor dicho, eran objeto de verdaderas carnicerías humanas: perseguíaseles con perros, y una vez cogidos, eran conducidos inmediatamente al mercado de esclavos”.

Sixto IV ya les había aplicado un tributo especial como condición para que se establecieran en Roma, del por culo que daban. Alejandro VI llegó a expulsarlos de los Estados Pontificios aunque, por suerte, estas regulaciones fueron aplicadas con mucha tibieza, por no decir negligencia.

Entre el lunes de Pascua de 1642 y finales de mayo, a causa de una pelea con unos coraceros boloñeses también al servicio del papa, los corsos pontificios saquearon media Roma. Eran los tiempos en que la ciudad estaba siendo desmontada por Urbano VIII para levantar la visión barroca de Bernini: el asunto quedó finiquitado con algunos corsos del papa colgados o con las cabezas hundidas a golpe de maza, a la vista del respetable. Quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini y todo eso.

El incidente que motivó la disolución de la Guardia Corsa fue curioso: el embajador de Luis XIV en Roma provocó un enfrentamiento entre su guardia y los corsos de Alejandro VII, quienes, asediando la residencia del embajador, el Palazzo Farnese de Miguel Ángel, mataron a su mujer. El Rey Sol retiró a su embajador de los Estados Pontificios, se anexionó Aviñón y los enclaves papales en Francia y amenazó con asaltar Roma. En realidad, el incidente de los corsos le había venido de maravilla para aumentar su influencia en la península italiana, en un proceso de jibarización del poder pontificio por parte de franceses y austríacos que terminaría con la sumisión total durante las Guerras de la Revolución, un siglo más tarde. El papa terminó reculando. Al fin y al cabo, Francia era la potencia de Europa tras el ocaso español. El heredero de la legitimidad de San Pedro, pero también del milenio anterior a Cristo que forjó Roma, aceptó los términos de una paz humillante propuestos por Mazarino: disolvió la guardia, proclamó anatema sobre toda la isla de Córcega, erigió una pirámide de la infamia en Roma con los nombres de todos los guardias corsos implicados en los actos de violencia contra la autoridad del rey de Francia y envió a sus legados a pedir perdón en público en Fontainebleau. Así se acabaron, por siempre, los corsos del papa de Roma.

El final de la Guardia Corsa me hace pensar que Napoleón vino al mundo a vengar su isla de aquel oprobio, trepanando tanto a los borbones franceses como a los Estados Pontificios. Nabulione di Buonaparte, linaje de Pisa, tal y como vino al mundo en Ajaccio, en medio de tumultos revolucionarios antifranceses, empezó siendo un joven entusiasta, como su padre, de Paoli, el caudillo de la independencia corsa frente al poder francés. En 1808, diez años después de intrigar desde Milán para que los jacobinos romanos se levantasen e instaurasen la brevísima República Romana, se anexionó formalmente una ciudad en la que, sin embargo, jamás puso un pie. Napoleón convirtió Roma en la segunda capital del Primer Imperio francés y estableció a su madre sobre los despojos de los antiguos Estados Pontificios: Roma fue la residencia hasta su muerte de Leticia, la matriarca del clan Bonaparte. El bellísimo Palazzo Bonaparte de la Via del Corso perteneció, de hecho, a los Bonaparte, hasta el siglo XX. Ahora, signo de los tiempos, su dueña es una compañía de seguros.

Puesto el imperio austríaco bajo su bota de teniente de artillería corso después Wagram, Napoleón también obligó a su suegro a que otorgase a su hijo el título de rey de Roma, que había pertenecido a la corona del Sacro Imperio Romano Germánico desde Carlomagno. Él ya era rey de Italia desde 1805, año en que se había ceñido la Corona de Hierro de los lombardos en el Duomo de Milán. Paoli siempre consideró a los corsos parte integral de la nación italiana. Aunque Napoleón abdicó de estas creencias antes de su meteórica ascensión como general del Directorio, lo cierto es que su heredero, nieto de un independentista corso y de un Habsburgo emperador de Viena, nació como rey de los romanos.

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