Cuentos de la cuarentena (8)

#8 EL VIEJO DEL METROPOLITAN

Se registró en el Metropolitan como don Alonso de Monteleón, duque del Atlántico. No se llamaba así ni era duque de ninguna parte pero eso el mozo de la recepción ni lo sabía ni le importaba. Reservó la habitación más cara, el zaquizamí del sexto piso de una esquina en chaflán del Segundo Imperio; daba de frente a la Torre Eiffel, las vistas desde el ojo de buey del cuarto eran una postal. No tenía donde caerse muerto pero eso tampoco lo sabía el de recepción, que le atendió con la servicialidad que consigue siempre la apariencia del dinero.

El mozo pensó que era el típico caballero español: alto, con la barba luenga y blanca que le olía deliciosamente a eucalipto; muy delgado, vestía como un noble romano decadente y se tocaba con un fedora rojo Siena. Las manos, exquisitamente enguantadas en unos driving de cuero gastado, agarraban una sencilla bolsa de viaje marrón.

Se sentó en la cama y puso la radio. Una voz monocorde recitaba una letanía de derrota: “En la tarde de hoy se verificará la entrada de las tropas del Reich en París, ciudad abierta. Los representantes de la Asamblea Nacional viajan camino de Burdeos…” Artilló la mataduques, regalo del miliciano que le ayudó a cruzar la frontera; la metió en un Heraldo de Madrid que traía consigo como un souvenir del pasado y abrió su Quijote de bolsillo editado por Tor. “Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento”. Sacó su estilográfica, garabateó algo en el margen y arrancó la hoja. La dobló con cuidado y apagó la radio. Luego salió a la calle con el periódico enrollado debajo del brazo y la pistola dentro.

Lo vieron erguido y digno por los Campos Elíseos, al encuentro de la primera columna de infantería motorizada nazi que como una cuña de hierro penetró en la mantequilla de París. Se desembarazó del periódico y empuñó la mataduques. Encañonó tranquilamente al primer pelotón de alemanes que pasó por su lado. Sonó un estampido, seguido de un relámpago de muerte que abatió su triste figura. En un bolsillo de la chaqueta le encontraron la nota. Ponía «cúlpese a España de mi muerte».

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