Cuentos de la cuarentena (7)

#7 NEVABA

La plaza de San Pedro era un lago oscuro. En la garita del Arco delle Campane, un guardia suizo montaba guardia. Tiritaba. El cielo de Roma conservaba una extraño resplandor que encalaba la noche. Hachones de luz naranja titilaban delineando el trapezoide de Bernini; coronaban las sombras, recordando las lenguas de fuego del Espíritu Santo que lamieron a los apóstoles en Pentecostés. Ni el capote negro, ni los guantes de seda, tan primaverales, ni la boina que le protegía la cabeza rapada al uno, conseguían calentarlo. Tenía yerta la mano que aguantaba la alabarda. No lo sintió llegar.

-¿Cómo te llamas, hijo?

La voz de Julio IV salió de debajo de un capelo blanco de ala anchísima que apenas revelaba su rostro. Una bufanda blanca de lana le envolvía el cuello. Llevaba las manos dentro de los bolsillos de un precioso gabán de paño grueso de doble botonadura, tan blanco como todo lo demás. El soldado se cuadró con un taconazo fulminante. El eco rebotó en las columnas desde las que todos los santos miraban la plaza vacía con ojos de piedra.

-Ulrico, Santo Padre.

Al hablar, el aliento formó volutas de humo que se elevaron perezosamente hacia la noche.

-Una vez que nevó en Roma encontraron a Miguel Ángel perdido entre las gradas del Coliseo. Era ya muy anciano. Contemplaba absorto los copos de que caían sobre la arena.

El papa alzó los ojos y pareció preguntarle al cielo, en silencio, durante un momento. Bajó la cabeza y clavó en los suyos sus ojos de bronce.

-¿Crees que va a nevar, Ulrico?

-N-n-no lo creo, Su Santidad. Es muy raro que nieve en Roma con abril tan avanzado.

-¿Crees en Dios, hijo?

-Por supuesto, Su Santidad.

-Yo no. ¿Sabes por qué?

Se quedó con la boca abierta y evidentemente, no contestó. El papa sonreía, enigmático.

-Porque si Dios existiera, el Espíritu Santo no habría elegido como papa a un hombre como yo.

Se alejó con pasos cortos y distraídos, hasta que su figura fue una gota de leche junto a la silueta parda del obelisco. Entonces, el recluta Ulrico sintió algo húmedo sobre la frente, y luego otra vez, y otra. Cuando se fijó, una manta de luciérnagas blancas descendía por el telón de la noche. Sí, estaba nevando.

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