Cuentos de la cuarentena (4)

#4 UNA TARDE EN EL PRATER

Hizo realidad aquello con lo que siempre soñó y le puso Viena bajo sus pies. ¡Cuántas veces imaginó esa escena, una tarde radiante de primavera en el Prater! Pero la tarde no fue ni radiante ni de primavera. Hizo un frío terrible, como de principios de febrero, y en el Prater no estaba abierta ni la noria. Insistiendo, deslizando algunos billetes bajo la manga, logró que el guarda la abriera para ellos durante quince minutos. Ella lo miró como se mira a un ángel caído, pero él no se dio cuenta: flotaba con las alas de la ingenua inconsciencia. Al Prater aquel día frío y gris sólo acudieron borrachos y mendigos, que ocupaban las tristes alamedas pardas, yermas, mustias: sólo ellos y sus cartones de tinto barato fueron testigos de su memorable columpiazo. Traqueteó la noria del Prater pero las buenas intenciones siguieron congeladas por el invierno en forma de carámbanos. Entonces él le habló de Orson Welles, de Italia, Miguel Ángel, los suizos y el reloj de cuco; le contó cuán alegre se sentiría al llevarla con el barón de Taittinger a beber coñac caro al Hotel Imperial; le habló de su amigo Joseph Roth: los esperaba en el Café Eiles, en una mesa junto a la ventana. Aquella noche les presentaría al mismísimo conde Chojnicki y le sacaría la promesa de veranear todos juntos en su suntuosa finca polaca. ¡Eso le encantaría, estaba seguro! Le habló, sí, del Danubio azul, pero desde allí arriba el Danubio era hielo sucio. Quizá si aquella tarde no hubiera soplado un viento tan cortante y él no hubiera bebido vino caliente en el Naschmarkt, habría resultado más convincente. Y ella le habría acompañado al American Bar. Se habría dejado invitar a un gin-fizz. ¡Quién sabe, hasta le habría sonreído! Y luego, paseando los dos por los jardines del Schönbrunn, ella habría asentido con los ojos cuando él le pasara el brazo por la cintura y la apretase contra su cuerpo con delicadeza. En lugar de eso, a él las palabras le brotaron como la tos de un neumoníaco y, en cuanto su vagón tocó la tierra y se terminaron los quince minutos de gracia, ella se marchó. La esperaban temprano en casa, dijo. Y se fue.

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