18-03-20

La cuarentena nos está conduciendo a la locura colectiva, o al menos esa es mi percepción. La hiperinformación produce exactamente el mismo resultado que la infrainformación: uno se satura y acaba por aborrecer el bombardeo masivo de datos, hechos y cifras inconexas, fragmentarios, en muchos casos contradictorios. Nuestra necesidad biológica de dotar de un sentido y de insertar en un contexto, mediante un relato cohesionado, toda la información que nuestro cerebro procesa y recibe acerca del mundo que nos rodea, se impone de manera implacable. Ahora mismo somos terminales de recepción que ya no pueden más, fregaderos llenos de agua hasta el borde a los que sencillamente hay que quitar de algún modo el tapón. Personalmente lo más desmoralizador de esta crisis, además de la exitosa labor de agitación y propaganda fruto de la demolición interna de la nación que en estos días está revelando su triunfo inapelable después de cuarenta años de ininterrumpido esfuerzo, está siendo lo del campo. La baja Andalucía, la Andalucía de la desembocadura del Guadalquivir, a la que pertenezco con todas las potencias de mi ser, no sólo geográficamente, así como otras regiones de España como Murcia o Valencia, está viendo cómo la producción de flor cortada (que en estas semanas debía estar en su prime, como se dice ahora) termina, en el mejor de los casos, tirada en el suelo de asfalto de algún polígono industrial holandés; en el peor, se pasa de madura en los mismos invernaderos, mientras los floricultores se preparan para segarla o arrancarla. Es lo mismo que arrojar un fajo de billetes a un bombo vacío y hacer una fogata con ellos. Sin embargo, más duro que eso sigue siendo, al menos para mí, el hecho físico de la destrucción de algo que con tanto esfuerzo y mimo se ha ido cuidando. La destrucción de la vida en su apogeo. La destrucción de la primavera.

Me gusta consolarme estos días contemplando el cambio de guardia que se está dando en el orden geopolítico mundial. Debí haber hecho acopio de libros sobre China. Ahora es tarde y sólo dispongo de un pequeño volumen de la Historia Universal editado por Siglo XXI que no obstante me va a servir de cimiento. Con los Estados Unidos de América en un repliegue interno que me lleva a pensar en el período de entreguerras, la nueva Dinastía imperial china, el Partido Comunista, está impulsando a esa civilización milenaria y oceánica (es fascinante pensar que en vida de Pericles ya había algo a lo que se podía llamar China) tiene ya media África en el bolsillo con infraestructuras básicas y 5G barato; la deuda soberana de los Estados de Europa occidental (y superestructuras estratégicas como el puerto de El Pireo o el de Nápoles) y su capital ha entrado en Hispanoamérica como un torrente de sangre joven y fresca. Iba a ser verdad aquello de que en chino crisis es también oportunidad: la Unión Europa está sumida en la irrelevancia histórica y yo me siento en mi butaca mirando por la ventana cómo el Plan Marshall del siglo XXI, ¡el Plan Wuhán!, cabalga sobre Europa bajo el sonido de las trompetas de un tiempo nuevo. ¿Empezará en Cádiz la Nueva Gran Ruta de la Seda?

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