11-03-20

Anoche, leyendo el segundo tomo de la Historia de Roma de Theodor Mommsen, me saltó el siguiente pasaje: derrotada la República romana en el campo de batalla de Heraclea, en el sur de Italia, por Pirro de Épiro, envió éste un embajador a Roma creyéndola inclinada a una amable rendición tras el primer choque adverso con el nuevo enemigo. Dice Mommsen que

“levantóse de repente un consular ciego y de cabellos blancos, Apio Claudio, censor en el 442 (desde la fundación de Roma) y cónsul en el 447 y 458 (desde la fundación de Roma). Hacía muchos años que había abandonado la escena política; pero en aquel día, en que se agitaban los destinos de Roma, se hizo conducir a la Curia. Reanimó el valor de los senadores jóvenes, y con algunas palabras acaloradas les infundió una indomable energía. Entonces fue cuando se dio por primera vez aquella arrogante respuesta, que fue después la máxima del Estado de Roma: “la República no trata, mientras quede un extranjero en el suelo de Italia”. Para unir los hechos a las palabras, el enviado de Pirro recibió la orden de salir inmediatamente de la ciudad. El objeto de la embajada había fracasado, y el real diplomático, lejos de haber producido el efecto que esperaba de su elocuencia, se volvió asombrado de aquella dignidad viril e imponente al día siguiente de tal desastre; declaró a su señor que cada ciudadano romano le había parecido un rey, y en efecto, el cortesano había tenido delante de sí un pueblo libre”.

Comparé esto con el estado actual de las cosas en España en una fecha tan importante como la del 11 de marzo. ¿Es España, hoy, un pueblo libre? No lo creo. España empezó a joderse, en efecto, el 11 de marzo del año 2004. En aquellos trenes explotó la dignidad viril e imponente de los españoles como sujeto de soberanía, hasta el punto de que, apenas tres lustros después de aquella matanza, los españoles están dispuestos a entregar precisamente esa soberanía, que es lo único que un ciudadano posee. Con eso está todo dicho. Yo me acuerdo de aquel 11 de marzo. Estaba en 4º de ESO. Hacía un día muy feo, gris, llovía, dejaba de llover, en fin, uno de esos días que parecen puestos a propósito como decorado de los acontecimientos de la vida de los hombres en la Tierra. Aquel día me pegué con uno de mi clase. Es graciosa a veces la vida, me habré pegado, en mi vida, tres veces, todas en edad escolar y dos de ellas, una en el día de la paz y otra el 11 de marzo de 2004. Por la tarde fui con mis padres y mi hermano a una manifestación silenciosa que se convocó en mi pueblo. Guardo de aquello un recuerdo sucinto: una multitud de paraguas, la calle de mi abuela llena de gente en procesión muda, rostros de mármol, alargados, chaquetones, ninguna proclama, ninguna voz, un río de personas caminando sin saber hacia dónde. No he vuelto a ir con mi familia a ninguna otra manifestación, nunca más. Por la noche me acerqué al televisor de la cocina. Toda mi familia estaba en la salita. No sé aún por qué, fui allí, en pijama, antes de acostarme. En la televisión, con la programación especial que en un día como aquel se podía esperar, difundían un vídeo, el primero en el que Al-Qaeda reclamaba la autoría del atentado. Se me pusieron los vellos de punta al ver a aquel moro con turbante y un kalashnnikov apoyado en la pared decir que iban a matar a todos los españoles. Fue un nudo en el estómago, una desazón súbita y completa, profunda y animal. Incontrolable. No he vuelto a sentir nunca más un miedo semejante: ese día comprendí la naturaleza esencial del terrorismo y no hizo falta que nadie me lo explicase.

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