04-03-20

Termino mi primer gran Balzac, Las ilusiones perdidas, y corro a googlear alguna reseña o comentario. Encuentro esto de Trapiello en El Cultural, de 1999: “con esta trilogía literaria y tipográfica (Los dos poetas, Un gran hombre de provincias en París y Los sufrimientos de un inventor) a la que tituló Ilusiones perdidas, uno de los más hermosos y elegíacos títulos de toda la historia de la literatura, Balzac fijaba para siempre el modelo de novela moderna que había empezado Cervantes en El Quijote: los héroes antiguos, incluso trágicos, coronaban la cima de la gloria. Los héroes modernos están todos llamados al fracaso. El héroe clásico es una suma, las virtudes y las gestas les llevan a la inmortalidad. El héroe moderno no parece sino una larga e ininterrumpida pérdida; primero de identidad, luego de ilusiones y, por último, de lo más alto: la memoria. Si el héroe clásico trabaja para la posteridad, el moderno sólo teme a un enemigo invencible: el sempiterno olvido. Todo se lo lleva la trampa”. Y pienso si, con las luces de la Razón, la máquina de vapor, el alumbrado eléctrico, el alcantarillado público y el sufragio universal, la tiranía del reloj, el Estado moderno y el capitalismo en perpetuo estado de insatisfacción, no habrá perdido el individuo la capacidad de aspirar a la grandeza. No habrá perdido el ideal y, por tanto, esté siempre, ineludiblemente, llamado al fracaso, como lo reflejan los relatos mitológicos de nuestro tiempo, que son las novelas y las películas, naturalmente.

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