13-02-20

Hoy es el Día Mundial de la Radio. Escuchando esta mañana su programa, Carlos Herrera le preguntaba a uno de sus tertulianos si se acordaba de cuál era su primer recuerdo radiofónico. Pensé en cuál era el mío, pero, la verdad, no me acuerdo. Del que sí me acuerdo es de otro que me acompaña siempre. Hoy volví sobre él porque me gusta volver siempre que puedo sobre él, es un lugar luminoso, feliz, de mi vida. Yo tenía todavía trece años, estaba en Segundo de ESO y escuchaba el fútbol por la radio. Esta costumbre la terminé perdiendo mucho después, ya en mis años de universidad, curiosamente cuando estudiaba periodismo: en mí, el formarme para ser periodista y el querer serlo cada vez menos, fue una y la misma cosa. Tenía un walkman de Sony, negro mate, extraordinario, que me habían puesto por los Reyes unos años antes. Era una monería, me acompañaba siempre porque además podía escuchar la radio a través de él. Era abril de 2002 y el Madrid jugaba el partido de vuelta de los cuartos de final de la Copa de Europa, contra el Bayern. Era el año del Centenario. Había esperado con muchos nervios a que llegase aquel año. Debía ser el año del triplete pero un mes antes el Deportivo de La Coruña me infligió una de las heridas más profundas de mi infancia. El Centenariazo, para qué contar. Desde entonces, la Copa de Europa del año del Centenario se había convertido en una idea fija, como más tarde sería la Décima. Una idea fija en la cabeza de alguien que está entrando en la adolescencia es una bomba de relojería, un instrumento muy poderoso. El partido de ida, dos semanas antes, lo dieron en abierto, donde daban entonces el fútbol grande y la vida grande por añadidura, en TVE, con las voces de José Ángel De la Casa y de Míchel. Los jugadores podían jugar con sus alianzas en los dedos, destellos brillantes en pieles casi sin tatuar, era otra época, otro mundo. El Madrid había perdido en la ida, 2-1. Los quince días siguientes estuvieron llenos de puyazos de los alemanes, la semana previa me compré el Marca a diario, no me quitaba la camiseta del Madrid, era como si yo de verdad me estuviera preparando para una batalla y arrastraba a toda mi casa detrás de mí con mi excitación y mis pamplinas: mi hermano, que por entonces aún emulaba todos mis gestos, mis palabras, mis acciones, me seguía como un escudero y los dos marchábamos, en un jamelgo y en un rocín, al encuentro de los alemanes y del destino, que era una luz proyectándose infinitamente hacia el futuro y hacia nosotros, alumbrándonos el camino. ¡Mira, papá, lo que dicen los alemanes, que el Madrid se caga en los pantalones! Y a mí me daban miedo de verdad, me daba pavor físico que el Madrid perdiera tambén la Copa de Europa el año de su Centenario, eso no podía pasar, Zidane tenía que evitarlo, para eso Florentino se había gastado trece mil millones de unas pesetas que ya no existían para que ahora jugara con nosotros, de blanco. Pero el partido de vuelta lo daba Canal Plus y en mi casa no teníamos Canal Plus. Yo era demasiado pequeño para ir a ver el fútbol en los bares, para que me dejaran. Me quedaba la radio. Tenía mi walkman. Me senté a las 20:45 en la salita, que luego fue mi cuarto, me conecté a Onda Cero, y volé. Me gustaba escuchar el fútbol en Onda Cero porque me gustaba el conductor de Radioestadio que pusieron después de Supergarcía, Javier Ares y su torrente de voz jupiterina, ese hombre hablaba con belleza y con hondura, las palabras tronaban por su boca, le daba épica y le daba grandeza a las cosas, y a mí siempre me han gustado las cosas que tienen épica y que tienen grandeza. El narrador era Alejandro Romero. Javier Ares ya no está en Onda Cero, pero Alejandro Romero sigue narrando los partidos del Madrid. Hay cosas que no cambian y está bien que así sea. Yo tenía unos cascos redondos y esponjosos, los prefería a los molestos auriculares que se te metían por la oreja y la pinchaban, y por la esponja de mis cascos salía la voz del Bernabéu como la del Coliseo de Roma cuando un gladiador le ponía a otro derrotado y moribundo el tridente afilado en la garganta. Y miraba al emperador. Yo estaba allí, yo lo estaba viendo, yo veía al emperador, yo trascendí las paredes de mi casa, no pude cenar, no podía sentarme. El Madrid fallaba y fallaba, el tiempo no dejaba de pasar, llovía a cántaros en Madrid y en mi casa, sólo se necesitaba un gol, el Madrid dio en el palo, los alemanes rondaban la portería de César, y cuando marcó Iván Helguera aquel gol acuático, deslizándose sobre el barrizal mojado del Bernabéu, corriendo la mitad de la segunda parte, escuché perfectamente claro cómo se caía el cielo sobre la tierra y ya no se volvieron a separar más hasta que Guti le metió el segundo a Oliver Khan, que decía que en Madrid no le iban a meter dos goles ni harto de arroz. Al día siguiente pasé por la papelería de Chipiona en la que encargué un libro por primera vez de mi vida. Solían poner los periódicos del día sobre unos caballetes, en la puerta. La calle aún no era peatonal, como ahora (eso también ha cambiado). Había que pasar inevitablemente leyendo las portadas de los periódicos, la acera se estrechaba, y ahí estaba la portada del Marca, con Guti quitándose la camiseta a toda página y Zidane gritando detrás, y ponía ¡Toma, toma! y yo no llevaba dinero en el bolsillo para comprármelo. Pero me dio igual. Aquello había sido literatura.

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