29-01-20

La muerte de gente como Kobe Bryant, de futbolistas, deportistas o actores, tiene algo que afecta íntimamente a eso que llaman el kilómetro sentimental. Porque son gente que de algún modo ha estado con nosotros mucho tiempo. Nos ponemos a ver un partido, o dos, cada semana, y ahí están. Hacen las cosas que a nosotros nos gustaría haber hecho. Viven las vidas que de niños todos soñamos, aunque sea un poquito. Permanecen luego en nuestro campo imaginario, tan cerca como un familiar directo, como un amigo. Representan un ideal. No hemos hablado en nuestras vidas con ellos, y probablemente jamás lo hagamos. No importa. Han hecho gran parte del camino con nosotros. Es más: en ellos, proyectamos algo superior de nosotros mismos, depositamos una gota de la continuidad de nuestras vidas, lo que nos devuelve a la infancia, a los lugares felices, que es donde queremos estar siempre. Ellos contienen algo del polvo eterno de las estrellas: nos hablan de una vida mejor, de la que participamos a través de ellos, de la que gozamos detrás de una pantalla, cosa que no perjudica en absoluto a la emoción. La emoción, ese es el nudo que nos ata a ellos. En ese sentido, estas figuras, estos iconos, se nos figuran inmortales. Por eso cuando efectivamente mueren, y mueren además jóvenes, de improviso, en catastróficos accidentes, de un día para otro, muere algo también de nosotros. Por eso nos afecta. Nos afecta como constatación bruta del paso del tiempo, y de que fue y luego no hubo nada. Ni habrá nada. Me compré la camiseta de Bryant cuando en España era Champion todavía quien comercializaba los productos de la NBA, y costaban relativamente baratas, no como ahora. Aún llevaba el 8 y en mi pueblo había una tienda de artículos deportivos que, como un pequeño muestrario de lo grande que es el mundo y de todos los tesoros que en sus entrañas guarda, nos traía, a Chipiona, por así decirlo el culo de este planeta, camisetas de la NBA, de equipos ingleses, del Bayern, las segundas y terceras equipaciones del Madrid y del Barcelona. Hoy esa tienda no existe. Guardo la camiseta con cariño, me ha acompañado en algunos momentos difícilmente olvidables. Era la segunda, primero me hice con la de Duncan de los Spurs. El otro día vi un vídeo de Duncan llorando al enterarse de la noticia, un gigante limpiándose los ojos con un kleenex, y en efecto, el vínculo simbólico que nos une a nosotros, simples mortales, con el luminoso mundo de los héroes, nos hace vivir más, pero también, con estas cosas, nos hace más viejos.

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