07-01-20

Esta noche de Reyes pasada me acordé de mi abuelo. No sé por qué, a lo mejor fue porque estaba viendo una película de Jean Renoir, La bestia humana, y había unos maquinistas aseándose con el torso desnudo en los baños de una estación de tren. Lo recordé así y no sé por qué. Igual que esos hombres, sin camisa, con unos pantalones azul pálido casi gris, de pinza, sujetos más allá de la cintura, casi en el ombligo, por un cinturón negro; con el borde blanco de los calzoncillos asomando por encima, afeitándose por la tarde después de la siesta. En mi cabeza, la puerta del baño de casa de mis abuelos estaba entornada. Él se miraba en el espejo sencillo que había sobre el lavabo blanco y una pelusilla entrecana era lo único que le adornaba el pecho, aún no viejo del todo. En mi recuerdo, no era un anciano todavía. Tenía el cabello desmañado, hirsuto y en pie detrás de las grandes entradas, que yo he heredado. Las arrugas le deletreaban el rostro y los ojos le brillaban con una sonrisa. Se había enjabonado las mejillas; las tenía llenas de una nata blanca que a mí me fascinaba, también cuando veía afeitarse a mi padre. Sujetaba la brocha grande y voluptuosa con la mano derecha y se la iba deslizando por el mentón, colmada de espuma. Con los dedos de su mano izquierda se punteaba las cejas, el óvalo de los ojos, se marcaba la línea de la mandíbula, como ayudándose…lo recordé todo en esta noche de Reyes y no entiendo por qué. La mente es un laberinto indescifrable. De vez en cuando intento trazar el origen de un pensamiento, de una imagen, de un recuerdo, y me parece tan complicado como mirar al cielo en una noche de verano y hallar un sentido, una explicación, al infinito mapa de las estrellas, que casi todas, por si fuera poco, cuando uno las mira, ya están muertas…Quizá lo recordé porque la noche de Reyes era muy bonita antes, y yo solía salir, iba por caramelos, esperaba con ilusión los regalos, pero todo eso deja de tener sentido cuando uno alcanza una edad determinada y la cadena de la vida se rompe. Y aquí estoy yo, otra vez, delante de un dietario.

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