Grecia (VI)

Sábado, 16 de noviembre. Maratón.

Un sol de verano. Calor. En el Túmulo de los Atenienses no había ningún turista salvo, por supuesto, nosotros, porque eso es lo que somos y no otra cosa, turistas. Sopla fresca la brisa del mar, que está detrás pero no se ve; cantan los pajarillos, como en Las Termópilas. Hay algo indefinible en el paisaje de Maratón que me recuerda a él, algo que, buscando la palabra, es paz. A lo lejos suena una motosierra, muy al fondo se escucha, el chirrido cacofónico no perturba empero la serenidad del lugar. Aquí yacen 190 valientes que salvaron el mundo.

Maratón, a la que se llega desde Atenas por una autovía interurbana cosida a la línea de la costa que me recordó a las veces que he ido a Málaga desde Cádiz, es una mezcla de La Jara y los Caños de Meca. No hay planificación urbana alguna. Es decir, el lugar, bendecido por unas condiciones no sólo climáticas sino geográficas, excepcionales, ha ido surgiendo por generación espontánea aquí y allá en torno a la playa de Schinias, donde tuvo lugar la batalla, y desparramándose sin orden ni concierto hacia el interior, hacia el Museo Arqueológico y el Túmulo de los Plateenses.

El recinto arqueológico en torno al Túmulo de los Atenienses está cuidado, es una pradera tranquila, vallada; hay mapas al inicio del recorrido, que es muy corto y está centrado en la colina artificial que contiene las cenizas de los primeros héroes de la Historia nuestra. Uno puede, allí, hacerse una idea de lo que fue aquello ocurrido hace exactamente 2509 años. Sin embargo es una idea incompleta. El recinto debería alcanzar la playa para que el visitante adquiera una noción verdaderamente redonda de la batalla puesto que la línea en que Milcíades hizo desplegar a sus diez mil atenienses y mil aliados de Platea tenía un flanco en el templo de Heracles, más o menos donde hoy está el Túmulo de los Atenienses, y el otro en la misma orilla del mar.

Cruzando el imposible paisaje urbano de Maratón por carreteras comarcales llenas de baches que desembocan en chiringuitos (beach clubs, aquí, como en España, son igual de idiotas) y en fincas que, apuesto, tienen menos papeles que un conejo de campo, llegamos al Trofeo. Los griegos tenían la costumbre de erigir un trofeo sobre el campo de batalla: era la asunción de la victoria. El viejo trofeo de Maratón está en el museo. En su lugar hay una réplica moderna que no me dice nada, pero el recinto que la alberga da auténtica vergüenza. Abandonado, un ridículo cartel que debieron instalar aquí en 2004 para los Juegos Olímpicos y cuya pintura se cae a trozos revela toda presencia oficial. Las yerbas y los jaramagos crecen sin control y por todas partes. Lo que parece una vieja iglesia derruida observa cómo cuatro sillas de madera sin asiento van pudriéndose olvidadas junto a los restos de una fogata reciente. Y eso es todo.

Para llegar a la playa hay que pasar un pinar que es exactamente igual al que hay en mi pueblo. Misma vegetación, mismo paisaje, mismo olor. No es el mismo mar, pero lo parece: misma arena fina, finísima, clara como el pan blanco, tierna, que se escurre entre los dedos. El agua está como un plato, hace calor, hay gente bañándose, paseando, leyendo en una tumbona. Serenidad, es todo serenidad. La faja de arena se extiende a ambos lados de la vista, desde el puerto de Maratón hacia el parque natural de Schinias: ahí es donde acamparon los persas, en esa mancha verde, boscosa, sobre la cual los vasallos jonios del rey Darío advirtieron por la noche a las avanzadas atenienses de que los persas estaban dividiendo el contingente. ¡Están embarcando los caballos! 

Y por eso Milcíades convenció a sus vecinos de que atacaran al amanecer del tercer día.

Me acerco a la orilla. El agua me lame las manos mansa, sumisa. Aquí, quizá, o a lo mejor un poco más allá, a Esquilo se le murió un hermano en los brazos, con las manos amputadas: hasta aquí habían perseguido los atenienses a los persas, que intentaban embarcar en las pocas naves que se acercaron hasta casi la arena para evacuarlos tras horas luchando y perdiendo.

Aquí la ciudad derrotó al imperio. Fue la Normandía de la Antigüedad, pero aquí los buenos defendían la playa. Aquí lucharon Milcíades, Temístocles, Esquilo, el Shakespeare griego. Aquí la democracia ganó su mito fundacional. La Atenas de Pericles no hizo sino sublimar el recuerdo de Maratón: B. F. Cook sugiere en su Los mármoles del Partenón que el no antes imaginado templo de Atenea virgen en la cima de la Acrópolis no honra ni las Grandes Panateneas, sino a la diosa tutelar y patrona, ni a los viejos cuentos fundacionales de Atenas, sino a los 192 maratonomachoi: ¡Pericles se deslizó por el peligrosísimo camino de la blasfemia solamente para exaltar a los muertos por la ciudad en esta playa, para vestirlos como dioses, siendo no más que hombres!

Para llegar al museo hay que subir. Maratón se eleva suavemente desde el mar, aunque no demasiado. Es una depresión fértil y llena de vida encajada entre la bahía, el cabo de Schinias y la montaña: puerto natural del Ática, por eso Hipias condujo a los persas hasta aquí, y umbral de Atenas, por eso Milcíades empotró su ejército por la única carretera natural hacia la ciudad que admitía el paso de la caballería. El museo, en sí, no tiene nada que ver. El interés reside en el Túmulo de los Plateenses, una cosa única en la Grecia antigua pues guarda los esqueletos, increíblemente bien conservados, de once hoplitas aliados de Atenas que sus familiares, en lugar de incinerarlos a todos como se hizo (con urgencia) con los 192 muertos de Atenas, los hizo enterrar bajo una colina artificial. Venía una excursión de colegiales griegos con nosotros y la responsable, muy amable, nos abrió la cripta bajo la loma pedregosa.

Frente a los huesos de los héroes, un campo sembrado de repollos. Campos cultivados y más campos, como los que tengo a cinco minutos de mi casa en Chipiona, como los que atravieso cada mañana camino del mío; zanahorias, lechugas, Maratón es una zona riquísima en producción hortofrutícula. También en turismo. Me llevé la desagradable impresión de que albergar los restos de una de las batallas más importantes de la Historia de la Humanidad es algo completamente secundario para esta gente, que vive de otras cosas. Por y para otras cosas.

Luego reflexiono: esto no es para nada extraño, o, ¿no viene la gente a Grecia buscando y hablando del maldito Leónidas, sin saber nada de Milcíades, sin importarles un carajo Maratón, sólo 300, 300 y nada más, por obra y desgracia de Frank Miller.

Comemos espléndidamente en The Fisherman (así se llama en inglés, según Google Maps), una terraza marinera frente a la misma playa. Sardinas asadas con un toque adobado extraordinario; calamares fritos, pulpo en salsa limanaki (con un ligero toque de mostaza y algo más que no logramos descifrar; se nos acaba el pan, tenemos que pedir más, no quedó un resto en la bandeja de esa salsa diabólica), bacalao empanado, en fin, un auténtico homenaje. Luego un café griego helado. Intentamos pronunciar canela en inglés, cinamon, y la chica que nos atiende nos sonríe y nos dice que en griego se dice, sí, así también, canela: entonces me siento tan gilipollas como cuando por algún azar me tengo que dirigir a un italiano en inglés, como si no fuéramos todos, españoles, italianos y griegos, hermanos. Qué desgracia que tengamos que dirigirnos entre nosotros cuando nos encontramos por el mundo en la lengua de los piratas, ajena por completo a este mundo mediterráneo y tranquilo que nos pertenece, en donde nos hemos criado.

Acabamos la tarde en el cabo Sunión, adonde conducimos mientras el cielo se apaga. Allí hago esta foto. El Egeo ya no es azul, sino plomo. Desde el templo de Poseidón intuyo el perfil de la isla de Hydra: allí estuve hace once años. El cielo naranja va bajando de temperatura: eso es todo lo que nos queda.

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