Grecia (IV)

Jueves, 14 de noviembre. Kalambaka.

Maúllan los gatos, los perros inician una sinfonía a coro y los pájaros trinan alegres. Atardece en Kalambaka, que es un refugio, una isla. No se oye nada más que eso. El motor lejano de un coche o el escape de una moto delatan a veces la presencia de los hombres. Nada hostil, nada agresivo, como si también esas cacofonías estuvieran en armonía con la infinita paz que aquí se respira. Nuestra habitación, que es grande, amplísima y acogedora, tiene una terraza estupenda desde la que podemos ver la fachada de piedra sobre la cual se esconden dos de los seis monasterios aún abiertos en Meteora. La ha elegido, nos dice con una sonrisa cómplice, Sofía, que nos dio al mediodía las llaves, un mapa y nos explicó cómo alcanzar los monasterios y que podíamos desayunar por la mañana por cinco euros más por persona, si es que no lo teníamos reservado previamente. Y no lo tenemos y desayunaremos mañana, le prometemos también sonriendo, porque es alta, delgada, largirucha pero esbelta, morena y de piel muy blanca, con los dientes no del todo simétricos y que me recuerdan a la proa de un velero de recreo, es decir, que también su boca es bella. Por la tarde me siento en una silla de madera a observar cómo cae la noche sobre el valle de Meteora con una cerveza, una Hellas Fix, hasta que el frío me mete dentro de la habitación. Porque por fin siento el frío, y lo hace de verdad en cuanto el sol se marcha de este cielo inocente.

Aquí los monjes vienen a esconderse de la vergüenza de estar en el mundo, de las cosas de la vida de los hombres, de su suciedad inevitable. Todo lo que pasa fuera de esta esquina debe llegar hasta aquí amortiguado, envuelto en una especie de sordina. Veo apagarse el día al pie de estas increíbles formaciones geológicas que recuerdan a dedos de titanes y brazos de gigantes. La llanura tesalia, a lo lejos, es un mantel de luces líquidas. El blanco y el rojo se diluyen en el horizonte, se funden y se escurren como el agua de un fregadero, puedo verlo desde la terraza. Estamos al final del pueblo, en una elevación que me da una perspectiva gloriosa.

Hemos llegado al mediodía, en coche desde Atenas, después de cruzar diez o veinte peajes, perdí la cuenta. Circunvalar Atenas buscando la salida es una experiencia místico-religiosa porque te hace creer en Dios a la fuerza: ¿cómo es posible que esta gente no se mate más a menudo en la carretera? La ley para los atenienses es algo meramente orientativo, el código de circulación está ahí, supongo, porque algo tiene que haber, algo tiene que justificar que la gente se gaste el dinero en sacarse el carnet de conducir. Fuera de Atenas descubrimos que los griegos se relajan al volante, aunque no demasiado, y que sólo nosotros tememos las señales que nos indican la proximidad de un radar.

Los arcenes están cuajados de templetes que pespuntan las carreteras. Representan iglesias típicamente ortodoxas en miniatura. Dentro tienen velas, platillos votivos, imágenes religiosas, estampitas. Googleo y descubro que son altares de gratitud por haber escapado a una tragedia. A menudo ayudan a fijar la vista en una porción del paisaje particularmente bella.

A medio camino nos desviamos para parar en las Termópilas. Es un lugar hermoso. El mar está cerca pero lo suficientemente lejos para que sólo se intuya su presencia tras las altas y elegantes paredes tapizadas de verde que guardan el valle. El campo de batalla, ahora, está en el margen de la carreterita. Para llegar hay que salirse de la autopista y atravesar un pequeño poblado chabolista que tiene una pinta horrorosa y que también se llama así, Termópilas. ¡A lo que llegan las cosas del mundo!

Leónidas está erguido en bronce, un bronce nuevo, moderno, de los años 50, sufragado por los griegos de la diáspora, sobre todo los americanos. Hay una explanada de gravilla semicircular. No se oye nada, sólo el trinar alegre de los pajarillos. El sol está ascendiendo, ilumina y entibia. La mañana se va a romper, está preciosa. Es un lugar tranquilo que no tiene épica. Tampoco la necesita. Es un buen sitio para morir, pienso. Para morir salvando la civilización.

Antes de almorzar nos da tiempo de subir al valle de Meteora. Cruzamos en coche Kalambaka y luego Kastrati, un pueblo diminuto y encantador en la falda misma de la carretera que asciende hacia las cimas. Aparcamos bajo el monasterio más cercano, San Nicolás. El día se nubla. Empieza a lloviznar. Un grupo de mujeres, algunas ancianas, otras jóvenes, parecen monjas, todas ortodoxas, marcha tras un cura maduro que nos sonríe y les explica en griego. Es una cosa curiosa la que pasa con el griego. El primer golpe al oído suena como si fuera español. Muchas veces me quedo escuchando, sorprendido. Es la fonética, no sé. San Nicolás es un monasterio pequeño pero muy empinado. El piso resbala, hay que andar con cuidado por las rampas pavimentadas con cemento. Hay atajos entre la maleza, donde han puesto peldaños de madera llenos de hojarasca a medio secar, pringosa con el agua que cayó el día anterior, y con la que empieza a caer ahora.

Subiendo, pequeñas capillas en oquedades naturales en la mole de piedra que sustenta la construcción. Son pequeñísimos oratorios, angostos. Aun así, les caben dos o tres filas de sillas de madera plegables, multitud de cirios, un iconostasio y tres bombonas pequeñas de gas colgando del techo junto a una guirnalda dorada.

La entrada, tres euros. Las mujeres que no visten pantalones deben ceñirse un pareo, es obligatorio. Hay gente trabajando dentro mientras los turistas pasan por entre las estrechísimas salas y capillas, con cuidado de no darse en la cabeza. Un mirador de madera suspendido en el aire. A la izquierda, un montacargas que sube las vituallas y baja a los monjes. A la derecha, una parte del paisaje, sublime. No hay palabras, parece sacado de un cuento. Con razón rodaron aquí la parte del Valle de Arryn de Juego de Tronos: recordé en lo alto de San Nicolás la descripción de Martin del Nido, cuando Catelyn sube en una mula, de noche, hacia el torreón donde la espera su hermana. Era exactamente esto, lo que estaba ante mis ojos.

Allí abajo, en una ladera inclinada, encajado entre dos macizos colosales, un viñedo.

Ascendemos, por puro goce, por la carreterita que serpentea alegremente entre las sinuosidades del valle. Subiendo, siempre subiendo. La carretera es ancha y está muy bien cuidada aunque no hay quitamiedos. Sin embargo, el paisaje no asusta. Desde arriba del todo, frente al Gran Meteoro, las gargantas no parecen asomarse a la minúscula hebra gris cosida al verde y a los amarillos otoñales del valle de Meteora, no es hostil, no asusta, sino al contrario, embelesa. Todo es grandioso aquí, resulta sencillo, pienso, creer en Dios en un lugar como este.

Casi a la hora española de merendar, comemos en un restaurante clásico y turístico pero tranquilo, decente, agradable, de la plaza central de Kalambaka. Me como un cordero al horno con patatas que me deja una sensación divina de plenitud. Paseamos, compramos algunas cosas, cerveza. Cruzo una calle y se aparece ante mí una pared prodigiosa, coronada con una franja áurea arriba, en la cima, como un beso del sol poniente, y llena de vetas negras que se derraman como el rimel de una mujer corrido en gotas de lluvia que resbalan por la mejilla cuando llora. En esta latitud cae la noche muy rápido. Estamos cansados. Regresamos.

Veo ponerse el sol sobre el monasterio de la Santísima Trinidad y el de San Esteban. Allá arriba, los conventos de teja naranja parecen adiciones fragilísimas sobre las cabezas cortadas de unos gigantes. Es un lugar impregnado de apocalipticismo pero donde, es un milagro, el fin del mundo no sumerge en ningún éxtasis ni en amargura alguna, todo lo contrario. Ni la tristeza ni la angustia embargan mi espíritu aquí. Se va oscureciendo el cielo, se enciende la luz de un monasterio. Se fue viniendo aquí la gente a medida que los turcos iban avanzando sobre Constantinopla y entrando por Grecia desde el mar. Esto es un refugio, un confín del mundo. Maúllan los gatos, uno quiere acompañarme, beberse conmigo la última cerveza. La presencia humana se manifiesta en algunas luciérganas que se encienden aquí y allí, y en el embriagador olor a leña. Hace frío. Gatos y perros quieren acercarse al hombre, compartir con él su irrelevancia. El paisaje cae a plomo sobre todos los seres vivos aquí en Meteora, estos animalillos misteriosos y fascinantes también son capaces de sentirlo. Yo me siento muy pequeño, muy pequeño.

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