Grecia (III)

Miércoles, 13 de noviembre. Atenas.

Llueve. Truena. Habíamos convertido el balconcito de nuestro apartamento en un observatorio, con magnífica vista sobre un divertidísimo nudo del entrópico tráfico ateniense y la noche antes la pasamos bebiendo cerveza e intentando capturar con el móvil el rayo perfecto: el horizonte nos ofrecía una hermosa vista, los relámpagos rompían el azulina del cielo como si roturaran un campo, bang, bang, fisuras blanquísimas en la bóveda oscura. La tormenta se echó encima de Grecia sin que nos diéramos cuenta. Un trueno jupiterino me despertó de madrugada, pensé que se me caía el techo encima, creo que incluso cimbrearon las paredes de la habitación. Con aprensión abrí los ojos creyendo que encima de mí Zeus iba a eructar otra vez pero sólo caía fina la lluvia. Un mijiteo seductor que me dejó dormido de nuevo.

Por la mañana sigue lloviendo cuando caminamos hacia el metro. Cambio de sentido, estación Victoria, que Márkaris supone la llamaron así para congraciarse con los aliados británicos tras la guerra civil griega. Hay un capitulito muy interesante de su recorrido melancólico por la Atenas contemporánea en el cual ubica en la plaza Victoria uno de los centros de la vida social de la pequeña burguesía ateniense de antes. Allí había cafés y las señoras se encontraban después de la siesta para iniciar la segunda parte del día comiendo dulces y hablando de las cosas de la vida mientras los hombres charlaban y manoseaban el kómboloi. Hoy, dice Márkaris, sólo hay cafeterías modernas, sucedáneos de Starbucks y cosas así, y en la plaza ya no juegan los niños ni conversan los mayores sino que sólo hay inmigrantes vendiendo cedés y deuvedés en mantas. Cuando salimos de la estación del metro sigue lloviendo y yo no veo ni inmigrantes ni cafés. El suelo estaba pringoso, la llovizna no cesaba, nos ubicamos con Google Maps, los dedos patinan sobre la pantalla mojada, los goterones hacen inútil el desbloqueo táctil, encontramos la dirección y seguimos caminando.

En la acera dos raíles de hormigón pintados de amarillo para guiar a los ciegos. Pavimento desastrado, agua que chorrea por las cornisas, paraguas que lo arrinconan a uno contra los escaparates de las tiendas, en fin, la confusión y la angustia usual en una ciudad bajo la lluvia. En esto somos iguales en todas partes, supongo que es otro de nuestros pequeños rasgos civilizatorios mediterráneos. Por fin, la explanada junto a la Politécnica, en la avenida del 28 de octubre, el Día del Όχι, cuando un autócrata filofascista le dijo al gran padrecito fascista que no, que nanai, que Grecia no se rendía, y tuvo que ir a rendirla la Wehrmacht de Hitler.

Aquí está de nuevo el museo, el gran museo. El edificio que alberga el Museo Arqueológico Nacional de Atenas es feo, pero como toda la fealdad bávara que cimentó la Atenas moderna: el primer rey de la Grecia libre debió ser un borbón y entonces Atenas se parecería a Nápoles pero los renglones de la Historia siempre están torcidos, es sabido. Es esa una fealdad rectangular y limpia, que no desagrada a la vista pero que tampoco enamora. No levanta pasión. El corte historicista de estos edificios contrastan vivamente con el resto de la Atenas que vino luego, cada vez peor, cada vez más fea e irregular; esa pretensión de asimetricidad por así decirlo choca muchísimo cuando edificios como el del museo aparecen enclaustrados entre enormes manzanas de cemento huérfanas de toda belleza y asombrosos pasillos de asfalto (las avenidas en Atenas parecen arterias gigantes, hostiles, sin principio ni final); al museo lo salva, gracias a Dios, la explanada blanca que tiene delante y los dos brazos verdes que resisten a los flancos de la plaza, le dan un respiro, una holgura entre la estrechez de la metrópoli. En la puerta, más excursiones escolares. Ayer envidiaba a estos cabroncetes afortunados, hoy empiezo a detestarlos.

Pagamos, entramos. Hace calor, un bochorno terrible. Sobra la boina, el fular, sobra la chaqueta y hasta la camisa. El museo tampoco es bonito por dentro, los techos de las salas no son lo suficientemente altas, la iluminación es defectuosa, en fin, la museística tuvo la mala suerte de desarrollarse como disciplina científica en una época gobernada por un ideal artístico fatuo y pagado de sí mismo.

Hay una exposición sobre la Atenas romana centrada, por supuesto, en Adriano. Luego, lo de siempre. Es decir, lo maravilloso, lo sublime. Encuentro, por fin, a Democleides, que sigue mirando el mar y rumiando su pena, que sigue a lo mejor, quién puede saberlo, vagando semicorpóreo, traslúcido, sordo, prácticamente ciego, pero aún no muerto, aunque tampoco vivo, en aquella sala. Observo al niño-jockey que salió del mar ya en movimiento, encima de ese formidable caballo de bronce, que parece espolearlo con una rabia de otro tiempo, más allá, vamos, vamos; paso por delante del busto en bronce del filósofo barbudo, viejo y desconocido, que todavía me mira con los ojos llenos de un blanco roto y con las pupilas de un extraño color: el mar lo ha conservado, el mar le ha embadurnado la cara con una costra, del mar salió con esa expresión de asombro para interpelarnos mudos y así todos los días, hasta el fin de los tiempos, y preguntarnos ¿tú te lo crees? ¿por qué? Atravieso la sala donde está el Poseidón, o el Zeus, no se sabrá nunca, del cabo Artemisio. ¿Y quién se puede creer que era una copia de un original perfecto y perdido? ¡Una simple y burda copia en bronce de una maravilla de mármol! No sabremos nunca si lanzaba el rayo o amenazaba con el tridente, tampoco sabremos nunca qué grado de belleza inefable desplegaba el original.

Al fin y al cabo la moraleja con la que nos terminan dando en la cara los restos del mundo de ayer es que sólo podemos conocer la vida, nuestra existencia ridícula en este mundo absurdo, del mismo modo que podemos profundizar en el conocimiento de lo que fue la Antigüedad: de modo limitado, incompleto, superficial, en una experiencia basada en el contacto con copias de sucedáneos sin poder alcanzar nunca lo hondo, lo vivo, lo verdadero. No creo que tampoco sea mala lección, dudo que haya mejor aprendizaje. ¡Por eso las humanidades son insustituibles!

La estela funeraria del hoplita Aristonauta, en pie, volviéndose, ¿no parece estar retando a la muerte? Se rebela, no quiere morir, la muerte llega seguramente demasiado pronto, no es tiempo ya, pero Atenas ha muerto, es la segunda mitad del siglo IV antes de Cristo y los macedonios están ad portas. La sala de las estelas debería ser visitada obligatoriamente por todo el mundo por que en efecto para vivir hay que aprender a morir y aquí se aprende, viviendo: en la época de mayor grandeza de la ciudad el cementerio del Cerámico estaba lleno de lápidas en las que los que habían muerto se despedían, resignados pero tranquilos, de sus padres, mujeres, maridos e hijos, dándoles la mano, como conminándolos a que no tuvieran miedo, ellos que se quedaban aquí, ellos que no eran afortunados, ellos que tenían que seguir viviendo.

Los kuroi, los muchachos que competían y ganaban en los juegos que en Olimpia se empezaron a celebrar para conmemorar la hazaña de los jóvenes cretenses que corrieron a toda pastilla por encima del mar hasta poner a salvo al bebé Zeus, el niño Dios, de la ira homicida de su padre Crono. Gigantes de mármol con la sonrisa hierática que esconde el arcano del mundo: siempre me ha parecido que estos muchachos, confundidos al principio de la arqueología moderna con representaciones de Apolo por sus cabellos rizados y su perfecta musculatura, sonreían como la muerte. El pie izquierdo siempre adelantado. Sólo un siglo después Fidias estaría convirtiendo en líquido los pliegues de los vestidos de sus dioses de mármol. ¿Cómo fue esto posible? En la sonrisa arcaica de los kuroi está la respuesta, o en las kore sin rostro cuyas cabezas, en la forma me traen a la memoria las meninas de Velázquez, y que José Pijoán en el Summa Artis pondera admirativo sin llegar a la conclusión de si eran adolescentes vírgenes enviadas a los pliegues cavernosos de las ciudades a ver si los númenes primitivos eran favorables o contrarios, o si en cambio representaban a mujeres casadas que debían arrostrar el trance en que la deidad gustaba poner cada año a las ciudades griegas.

En todo caso, son hermosas y venerables, tienen ese punto misterioso y absolutamente femenino que comparten con las Venus prehistóricas y con las vírgenes cristianas modernas, lo que ensimisma y emboba y obliga a mirar. A mirar largo tiempo hasta que la mente se vacía y no parece haber tiempo.

Pero el tiempo se manifiesta puntual por supuesto encarnado en los turistas que se meten por medio y se hacen fotos. Yo también me hago fotos porque yo aquí no soy sino otro turista más.

En la última sala, Schliemann, ese puto loco. Con la historia de Heinrich Schliemann siempre me pasa que empiezo a pensar en la indecible aventura que es ser padre. Su padre era un pastor alemán al que le gustaba hincar el codo pero en las noches largas y frías del invierno reunía a sus hijos en torno a un fuego y les contaba cosas de Homero. Les narró la Ilíada y la Odisea tantas veces que el hijo creció obsesionado con aquellas historias de griegos antiguos. Le dijeron, de mayor, que Troya era un cuento. Él se hizo rico con el único objeto de probar que se equivocaban. Vivimos en la era de la publicidad total, del imperio de la publicidad; se nos bombardea a diario con la importancia de perseguir nuestros sueños, pero nunca nos han hablado de Heinrich Schlieman, que dedicó su vida, exactamente, a eso. ¡Y lo consiguió! Y allí estaba la máscara que él llamó de Agamenón, la cara de un rey micénico que parece que nos está sonriendo con los ojos cerrados desde allí lejos, desde el lugar remoto de la Historia donde lo encontró Schliemann. Como si en esa sonrisa hubiera algo sarcástico, como si nos dijera veis, tenía razón el chalado este, yo soy la prueba, aquí estoy, admiradme. En Micenas, por supuesto, porque ese puto loco maravilloso no sólo se gastó todo su dinero en sobornar y comprar parcelas en el Bósforo sino que luego se fue al Peloponeso a seguir escarbando y destrozando, también, porque no se llega a puerto con las velas intactas, esto también es sabido de siempre.

Regresamos al metro bajo el mijiteo incesante. Nos bajamos debajo de la Acrópolis. El nuevo museo que guarda desde hace diez años los tesoros antiguos de la gran colina parece incrustado en sus estribaciones como una cuña de vidrio transparente. Hace once años no pude visitarlo, lo inauguraron justo un año más tarde. El antiguo Museo de la Acrópolis era una caseta de mala muerte en un extremo de la colina y por lo que cuentan tenía todas las maravillas expuestas de cualquier manera, amontonadas. Este nuevo edificio es una preciosidad y está concebido muy acertadamente como una representación ideal del Partenón, acristalado y orientado hacia la Acrópolis. De manera que uno entra y va subiendo no sólo de planta sino también de época, desde la acrópolis arcaica, micénica, hasta la clásica del siglo V antes de Cristo; didácticamente el museo te va explicando la evolución de la ciudadela, la adición de templos, las destrucciones persas, los cambios que sobrevinieron con los romanos. Supera en esto, con mucho, al Museo Arqueológico Nacional, donde las explicaciones son muy mejorables. También se nota que este, el de la Acrópolis, es un museo hecho para el mundo, para lucirlo y presumir ante el mundo.

Al subir por las anchísimas escaleras hacia la primera planta, ubicada en un contrapicado que nos obliga a mirar y a contemplar (como la Victoria de Samotracia recibe al visitante en el Louvre) el frontón del viejo templo de Atenea derruido por los persas en la Segunda Guerra Médica. Y en él, los tres daimones, que no demonios, eso vino después, los tres Barbazules cuyos restos de pintura en las barbas han sobrevivido (lo que es la Historia y el destino) por haber sido descendidos del cielo de Atenas a palazos y enterrados bajo la superficie que los atenienses, al volver de Salamina, juraron dejar siempre vacío para no olvidar la afrenta. La destrucción como salvación: le daría vueltas si mi cerebro no estuviera embotado de hambre, belleza y cerveza.

Luego, el Moscóforo. No photos, sir. Claro. ¿Por qué, tan arbitrariamente, no nos dejan fotografiar las joyas de la eternidad? Aquí, en El Prado, en todas partes. No pictures, no photos, please. Si ya es lo suficientemente complicado vivir sin ellos nuestro día a día, vivir ajenos en la cotidianeidad a lo sublime, ¿por qué no nos dejan llevarnos de ellas siquiera el paupérrimo souvenir de una foto mal tirada con un teléfono cuando tenemos la rara ocasión, en momentos felices de nuestras vidas, de estar ante ellas? Ahí está el Moscóforo, sí, que siempre me recordó a Eneas llevando sobre los hombros a su padre, lejos de la Troya en llamas, hacia un mundo nuevo. Y sin embargo el Moscóforo no es más que un kuros, un muchacho olímpico que después de libar el vino por Zeus, desnudo y untado en aceite, ofrecía un ternero en sacrificio por la victoria en la carrera de los cien metros.

Sigo caminando hacia las cariátides, estas sí, las originales. No hay un tocado igual, no hay un cabello arreglado de la misma manera, todas parecen iguales pero todas son maravillosamente diferentes. Les hago fotos, muchas fotos con el teléfono móvil, pero en ellas sólo capturo una frustrante imagen distorsionada y pobre de la increíble hermosura.

Subo a la última planta. El Partenón. Lo que queda. La disposición de la sala es perfecta para avivar la imaginación del visitante, incluso del que no tiene la menor idea de aquel gran invento pensado por Pericles, concebido por Fidias y ejecutado por Ictino y por Calícrates. Han rellenado las metopas y los triglifos que faltan de los frisos (la mayoría, por desgracia) con copias en un blanco mate que contrasta a propósito con el color crema desgastado de los que se conservan para instalar en la mente del que mira el dolor por la pérdida (y el odio a Inglaterra, que no devuelve unos cuantos). Uno mira a la derecha y camina siguiendo con la vista la procesión que congregaba a todos los atenienes; mira a la izquierda y detrás de la cristalera mojada y húmeda por la lluvia, observa la colina parda recortada orgullosamente contra la gigantesca nube de plomo que gravita sobre la ciudad hoy. Y se siente, por un momento, allí, no aquí.

Los diseñadores del museo han conseguido su propósito.

Después, comemos otra vez en Anafiotika y pruebo por fin el pasticcio, la musaka, los tomates rellenos de arroz, el ouzo en vaso helado y el mastiha digestivo. Nos refugiamos hasta el final de la tarde en una terraza cubierta sobre la plaza de Monastiraki, donde nos vamos entibiando lentamente a cócteles mientras la noche cae sobre la ciudad y la Acrópolis, ante nuestros ojos también mojados,  se sigue empapando.

Luego vamos por fin a por el coche y nos sumergimos en la gran serpiente de lunares rojos neón del tráfico caótico. Un tuitero me pone un cuadro, muy conveniente, de un ruso, creo que de París nocturno en el XIX. La ciudad contemporánea convertida de noche en un campo de batalla donde somos monigotes asustados entre cláxones y candilejas huidizas bajo la lluvia.

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