Grecia (II)

Martes, 12 de noviembre. Atenas.

Vuelvo a subir la Acrópolis. El día es magnífico, radiante. Hace calor, voy en manga corta. En España, me dicen por whatsapp, ha llegado por fin el frío. Aquí, no. Aquí el cielo es azul, un azul que adopta en Grecia, pude apreciarlo, matices distintos: vi un azul ateniense, un azul Meteora, otro azul Maratón y también un azul Sunión, y por supuesto un azul Delfos casi oro.

Salimos del metro bajo la gran colina y seguimos los grupos de niños que son llevados por sus colegios a hacer la visita. Así encontramos las taquillas. ¡Qué inmensa fortuna poder ir tan pronto en la vida, tan pequeños, a ver esto! Sin embargo en las taquillas compruebo que ya no hay mujeres vendiendo las entradas. La garita de piedra, angosta, lúgubre y enrejada, detrás de la cual validé la primera vez mi carnet de estudiante de la Universidad de Sevilla, ha sido transformada ahora en una espaciosa y bien iluminada tienda de souvenirs; las entradas las sacamos en una máquina expendedora como la de los aparcamientos subterráneos de las ciudades, tecleando en una pantalla. Esas mujeres, imagino, habrán tenido que elegir entre la calle o la prejubilación. En esta década larga Grecia ha atravesado un vórtice de fango y yo tampoco conservo aquel carnet universitario. Va pasando ya mucho tiempo de todo.

Subiendo desde el teatro de Dionisio vemos tortugas, tortugas de tierra y de mármol, por supuesto. Se arrastran, indiferentes, por el colchón de hojas secas que tapiza la ladera. Aquiles ya no existe y sin embargo sigue viviendo la tortuga. Tampoco existen ya las serpientes en las que se encarnaban los númenes ancestrales de las ciudades griegas. Quizá estas tortugas estén aquí para recordarles a los hombres de ahora cosas que ellos ignoran, pero que sin que lo sepan conforman también el sustrato mental con el que se conducen por el mundo. Unos turistas sacan una réflex y les hacen fotos a la tortuga. Yo le hago fotos a la tortuga.

Y no obstante, la Acrópolis sigue igual, también con lo malo: el Estado griego lleva décadas empeñado en clonar las columnas que han pervivido y levantar de nuevo el Partenón, como si fuera posible de este modo tan cutre recuperar siquiera un instante de su esplendor original. Lo que les va a quedar será un esperpento kitsch que arruinará la visión de millones de personas que suban hasta allí con las retinas cargadas de pasado. La inevitable fachada que da a los Propileos revestida con la armadura metálica de los andamios no consigue empero manchar el conjunto, que continúa grandioso e inalterado por más que se empeñen los hombres: esa debe ser la huella de la Historia en la que alguna gente adivina a Dios, el timbre de la eternidad. El golpetazo a la vista revela a Pericles, quien tuvo una idea que aún hoy, 2500 años después, es revolucionaria. Grandeza, llegar hasta el cielo, ser un ejemplo, más todavía en estos días de pequeñez y localismo que conmueven al mundo tirando de él por el vientre hacia abajo, hacia el sumidero que se traga la belleza y lo sublime.

Puñados de turistas por todas partes salpican la roca. Supongo que vista la irregular explanada desde lo alto de la Atenea Promacos de Fidias deberíamos parecer hormigas moviéndonos sin sentido en torno a las ruinas de una civilización muerta pero de ella sólo queda un círculo esbozado en el suelo, entre los Propileos y el Erecteion. Dicen que terminó en Constantinopla por el capricho de algún ricachón bizantino y allí, fundido su bronce en los saqueos de la Cuarta Cruzada. No hay ninguna reproducción que alcance a mostrarnos lo que debía ser su figura alta y amenazante, pero sobre todo no nos podemos imaginar de ninguna manera la mezcla de fascinación y miedo que debían sentir quienes embocaran El Pireo desde el cabo Sunión y adivinaran su silueta azabache recortada sobre la colina de mármol blanco, como diciendo, cuidado, viajero, ahora estás en Atenas, la ciudad más grande, hermosa y potente del mundo conocido. Debía ser una sensación tan fuerte que sólo se me ocurre compararlo con la visión espectral de la Estatua de la Libertad apareciéndoseles entre la niebla a los emigrantes europeos que arribaban a América con lo puesto, después de cruzar el Atlántico con más miedo todavía que hambre: la promesa de libertad y prosperidad, la inquietud por atravesar un umbral incierto, la excitación por sumergirse en algo desconocido que sólo se imagina en la cabeza como algo desdibujado pero colosal.

Atenas lo ha dado todo al mundo y ahora el mundo sólo les da turistas y los pírricos euros que llevamos en nuestros bolsillos. Para ir tirando.

Me acerco entre bandadas de japoneses y alemanas que se hacen selfies con los albañiles al fondo, enroscados en lo alto del Partenón; me acerco, digo, al templito extraño, único, que Pericles mandó hacer al lado para juntar en el lugar más sagrado de la colina sagrada las reliquias antiguas y sagradas de la sacratísima ciudad: la xoana de madera de Atenea Polias, es decir, la patrona primigenia, a la que iban destinados los fastos de las Grandes Panateneas; los huesos de los reyes míticos, Cécrope, Erecteo, Teseo el dorio. De nuevo me miran ellas, de frente, guapas y pulcras las muchachas de la Caria que soportan eternamente la vergüenza de los griegos por haber ayudado a los persas. No son las originales, esas las veré después, pero qué importa. Son ellas. Están ahí. Estoy yo ahí frente a ellas. Son lo más bonito que hay en el mundo y lo saben. Permanecen a través del tiempo para recordarnos por qué merece la pena vivir y caminar sobre la piel gastada de esta tierra.

Debajo, el Pandrosio, el olivo que le regaló Atenea a la ciudad para conquistarla. El Pandrosio no es cualquier olivo: derrotó al mar, a los caños de agua salada que les ofreció Poseidón a los atenienses. Hombres y mujeres se hacen fotografiar con el árbol sagrado detrás, como si ellos fueran más importantes y eso es así y ya no parece que vaya a ser de otra manera en nuestra época. Sólo importamos nosotros, que no somos nada, tal es la arrogancia.

Descendemos contemplando el Filopapos y subo al Areópago, que tantas ganas tenía. Allí se congregaba lo que hoy sería nuestro Senado, la magistratura pomposa y casi del todo inútil, pero cara; desde la misma roca que Saulo, luego Paulo y después Pablo, empezó a crear lo que hoy se conoce como cristianismo, a voces, discutiéndolo con los ensimismados hombres de ideas que en Atenas se reunían para distinguir lo que quedaba en pie en la ceniza de los dioses mientras el mundo se hundía lentamente y emergía, al otro lado del Jónico, un iceberg gigante con inscripciones en latín sin que ellos se dieran cuenta. La vista de la Acrópolis es desde allí tremenda, soberbia. Me acuerdo de la carrera, de segundo de Periodismo. Me acuerdo de Historia de la Comunicación Social. Recuerdo a John Milton, me acuerdo de la guerra civil inglesa y de su Areopagítica. La piedra resbala, hay que bajar con cuidado. ¿Cuánta gente la habrá pisado? ¿Cuántos y cuántos antes que yo? ¿Cuántos y cuántos, después, hasta el último día de la vida en la Tierra?

Comemos en una tabernita de Anafiotika. Un gorrión camina totalmente confiado por encima del mimbre del asiento de la silla de la mesa vacía de al lado. Hellas Fix, otra cerveza. Las aceitunas. ¡Las aceitunas! Onzas de sabor imperecedero, podría alimentarme toda la vida de aceitunas, a veces me atiborro hasta la purga estomacal pero no me importa. Bajamos, entrando y saliendo de las tiendas de souvenirs, hasta Plaka, y desde Plaka alcanzamos las ágoras, primero la romana, luego la vieja. Los gatos son ahora dueños de todo, como en Roma las gaviotas. Esparcen su misteriosa languidez por las piedras y nos miran a todos como si supieran que somos contingentes, mientras que aquellos mazacotes son necesarios, y lo seguirán siendo cuando ni nosotros ni ellos, felinas presencias, estemos en el mundo.

La Torre de los Vientos sigue bella y octógona, como si dentro no hubieran puesto los turcos unos baños. Me hago una foto donde más o menos me hice otra hace once años. Quiero comprobar, comparándolas más tarde en la pantalla del teléfono, qué distancia media entre mi yo de entonces y mi yo de ahora. Me gusta la explanada del ágora romana mucho más que el ágora antigua quizá, precisamente, porque es más pequeña y porque tiene la torre, que es una silueta tranquila, un faro, una constante como lo de aquel capítulo de Lost. Vamos al ágora vieja. Gatos displicentes cruzan sobre la Vía Panatenaica, nervio de la Atenas clásica, por donde subían hasta la Acrópolis las muchachas llevando el manto bordado para la diosa, por donde ascendía la magnífica procesión con la que los atenienses de entonces se honraban a sí mismos. El ágora vieja es demasiado grande, me resulta inabarcable, pero la rodeo, hago el camino usual, hasta el Hefestión y luego bajando por la Estoa de Átalo, y les digo a mis amigos: aquí hubo estoicos. ¿Siguen existiendo? ¿Quién quiere sufrir? ¿Quién soporta ya el dolor?

Del ágora vieja, hace once años, me llevé dos chinitas que no pude coger sin embargo de la Acrópolis. Las metí en una bolsita plastificada que guardaba del bocadillo, en la mochila. En la Acrópolis, una cancerbera gordita, cuarentona, insobornable en su cometido de proteger severamente el patrimonio nacional griego, me pitó dos veces, silbatazos de la vergüenza que me abochornaron (merecidamente, claro) entre la multitud, al grito de expolio! Hoy sigo caminando y cruzamos sobre la vía del metro, que pasa tan cerca, lamiendo la base de la Acrópolis como una serpiente automática, como un insulto insolente de la Modernidad a la Antigüedad: el tren, pintarrajeado inevitablemente (todo en Atenas está cubierto por grafitis) pasa zumbando y creo que es el primer ateniense que adoptó esa postura rebelde, minoritaria pero que sé por haberlo leído en alguna parte que existe, de algunos nativos de vivir sin siquiera mirar o acercarse a la gran colina de Grecia. El tren no echa cuenta del Partenón. Le da lo mismo. Vive al lado pero a un millón de lenguas subterráneas de él. Materializa de manera además tan vívida y ruidosa la idea contemporánea de desarrollar la existencia al margen de todo lo hecho, conocido y logrado por las generaciones anteriores, en una insolente ignorancia deliberada, adánica y en mi opinión suicida, que es el sello por así decirlo (si es posible encontrarle uno) del momento civilizatorio que nos ha tocado vivir.

Avistamos como los pájaros, al vuelo bajo y corto, el lienzo formidable que queda en pie de la biblioteca que Adriano, sevillano, arconte de Atenas y emperador de Roma (por ese orden de importancia) mandó levantar junto a Monastiraki. Detrás del intercolumnio florado por las hojas de acanto del orden corintio adivino la cupulita de color burdeos tan típica de la antigua mezquita: ahí está la Atenas turca y bulliciosa, esperándonos para otro día. Más gatos, más efigies, más vigías del Estado griego pegándoles silbatazos a madres que dejan que sus niños se suban en el mármol. La vida parece imparable sobre la piedra muerta, tal vez lo sea.

Cruzamos Plaka de vuelta hacia el Arco de Trabajo, bello y menudo. Pasamos junto a un puesto de castañas y lo que parecen ser dulces o barquitos de hojaldre que venden dos hombres maduros y aburridos que contemplan a la horda turística con lo que presumo es una mezcla de divertido desdén y de hastío; me acabo una Mamos, cerveza difícil de encontrar que un amigo me recomienda, por superior, y entro sobre la hora en el recinto que guarda el Olimpeion, el templo de Zeus Olímpico, o lo que queda de él. Casi no hay nadie y en la garita nos advierten: nos quedan diez minutos antes del closed. En aquel solar amplísimo nació el AEK de Atenas y eso a lo mejor ha hecho que la gente se olvide un poco de que ese templo grande y orgulloso que se empezó cuando la Ilíada sólo era un cuento y se terminó cuando la historia ya había terminado en la Eneida fue levantado por Adriano para que hubiera algo más que el Partenón: el tímido intento de un enamorado por emular a Pericles y su catedral hacia las nubes instalando debajo otro santuario de lo bello y de lo justo.

Acabamos el día en el Brettos, detrás de la Linterna de Lisícrates. Botas y bocoys que me recuerdan a una bodega jerezana. Sobre algunos, escrito en la misma tiza, pone ouzo, o retsina. Me bebo un dry martini, el primero de mi vida. Lo hago porque tenía ganas, ganas de verdad. Tardo una hora y mis amigos me miran raro, se sonríen. Ese cuchillo disuelto fue por Garci, por Germán Areta, por Fidias, Pericles y por Adriano también, por supuesto. Porque después de él ya no hubo más Atenas y porque yo a veces dudé si volvería. Ahora ya no dudo. Sé que vendré otra vez.

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