Grecia (I)

Lunes, 11 de noviembre. Atenas.

He vuelto a Atenas, once años y dos meses después, más o menos. Me siento bendecido por esta oportunidad y doy gracias por ello, interiormente, a la vida en general. En el metro, camino del centro de la ciudad desde el aeropuerto, un anciano obeso y de piel atezada que viajaba con una especie de caja fuerte de color verde desconchado montada sobre un carrito con ruedas, nos preguntó: vous parlé français? ¡No! Spanish, spanish. Real! Real Madrid! No Barcelona, Madrid, Madrid. 

Anduvimos en torno a la estación del metro Attikí, buscando donde comer. Primer souvlaki en pan de pita en un fast-food de barrio. Éramos los únicos turistas, la dependienta ni siquiera hablaba inglés y eso es raro en una ciudad, en un país, donde todo el mundo habla inglés porque aquí llevan desde los 70 viviendo de lo que dejó hecho Pericles. Antes habían caído también las primeras Alfas, la primera Mythos: cerveza rubia, espumosa y amable, suave como el clima, que era de manga corta. Fue una zambullida en la Atenas de hormigón, la Atenas gris, asimétrica, pintarrajeada, donde el cableado eléctrico y los postes de madera parecen cicatrices de la piel fea y cuarteada de una ciudad hecha a empujones, a base de bloques de pisos apilados uno encima de otro, sin orden y sobre los que uno se figura ha pasado la aviación turca con la barriga suelta.

Entramos en el metro. En la puerta, un viejo vendía a euro unas roscas enormes. Nos bajamos en Syntagma, que la voz suave, femenina, de la megafonía pronunciaba s-ín-tag-ma. La boca de metro por la que alcanzamos la superficie da al Hotel Gran Bretaña, debajo del cual Manolis Glezos, como un Jean Valjean lleno de mierda y cieno hasta la coronilla, casi detona la dinamita que habían puesto para darle la bienvenida a Churchill en la navidad del 44. Otra vez, como hace once años, la gran plaza que concentra el poder político de la Grecia moderna. Por supuesto, también su contestación física, antisistema, violenta y callejera. Hace once años pasaba por aquí todos los días en dirección a Plaka, caminando. Eran otros tiempos, era yo otro hombre. No vi mendigos ahora, sino muchos turistas y mucha policía. Ningún paso de cebra a la vista, así que cruzamos la gran avenida Vassilis Amalias como los griegos, a la carrera y según fuera el tráfico naturalmente. Debajo del palacio que el rey Otón se hizo construir en medio del campo por albañiles cicládicos de Anafi, extramuros de la Atenas dormida después de dos mil años, los evzones.

¡Los evzones! Vestían el uniforme de invierno azul continental e iniciaron, a y media, la danza litúrgica, moviendo las piernas enfundadas en polainas como si fueran las patas de un flamenco. El taconeo de los tsaroukís acompasaba el indescifrable ritual; los dos soldados, muy firmes y erguidos, con el fusil impecablemente recto formando un ángulo desde la palma de la mano izquierda hasta la perpendicular de la oreja y el brazo derecho levantado y bajado, levantado y bajado; movimientos automáticos de guerreros imperturbables que honran así todos los días, todas las horas, la llama por los muertos, es decir, que traducen al exuberante carácter griego el ceremonial nacionalista inventado en Europa occidental a principios del siglo XX para que la religión sustitutiva de la patria contemporánea adquiriera una dimensión tangible a los ojos de la gente de a pie que desde el otro lado, siempre, mira.

Una nubecilla de teléfonos móviles sobre las cabezas de los turistas apelotonados frente a los evzones, con el mío entre ellos por supuesto y aun más alto, gracias a mis brazos larguiruchos. Muchos policías griegos paseando por la acera y arriba, en el palacio, hoy parlamento, indiferentes por completo a una escena repetida un millón de veces. Banderas griegas y chinas colgando de las farolas y mucha presencia policial, lo que en Atenas revela dos cosas: disturbios contra anarquistas o visitas oficiales de ministros extranjeros, en este caso el nuevo amo del mundo, el jefe del politburó chino. Que vendría, supongo, a comprarse otro trozo de Grecia.

Es una ciudad Atenas que desilusiona al que llega la primera vez con los ojos llenos de imágenes míticas, imbuido del ideal romántico. A mis amigos les pasó exactamente igual que a mí hace once años. La segunda vez, confieso, uno, que va avisado, le coge el gusto. Es una ciudad degradada pero yo llevaba conmigo a Petros Márkaris, que me la iba desgranando parada de metro a parada de metro. Una ciudad moderna inventada hace siglo y medio según les pareció a las élites que crearon el Estado griego contemporáneo que debía ser la Atenas del mito pero que ha terminado siendo el hogar de una hueste inmensa de desheredados, de parias. Una ciudad que ha sido conquistada palmo a palmo por el que no tenía donde caerse muerto.

Más tarde, ascendimos a la cumbre del monte Licabeto. Quedé muy impresionado por el silencio. Atardecía y era un silencio sonoro que caía del cielo con la última luz disuelta. Era un silencio que podía sentirse a pesar del murmullo cacofónico de los turistas, que convertían la plazoletita enlosada entre el mirador y la capilla de San Jorge del Licabeto en un hormiguero.

Dos soldados acababan de enrollar la bandera nacional, que luce cada día en lo alto de la segunda roca más grande de Atenas. Ceremoniosos, severos, dos gigantes vestidos de verde. Al lado, junto a un olivo de tronco anchísimo del color de la ceniza y lleno de nudos viejos, un cincuentón gordo y sudoroso voceaba ¡agua! ¡cerveza! en mangas de camisa. A sus pies un paquete grande de aceitunas en un saco transparente, y una nevera de playa blanca, de corcho, llena de hielo en escamas de la que iba sacando latas que me recordaron el género que sale obediente de los serones de los pescaderos ambulantes.

Va a pedirle cambio a otro hombre obeso y canoso de piel oscura, un griego canónico, que vende souvenirs religiosos junto a la puerta de la iglesia. Le compro un kombóloi, lo que nosotros nos creemos que es el rosario griego pero que en realidad sirve como desestresante para los hombres, jóvenes y viejos, que lo llevan a todas partes colgando de la muñeca, y que fue ideado por los musulmanes para no perder la cuenta cuando mentaban los 99 nombres de Alá mientras estaban rezando.

En la capilla me paro ante el icono del San Jorge, que alancea a un feísimo dragón entre dorados chillones y la sangre que brota espesa, prácticamente en tres dimensiones. Me detengo un rato ante ese rincón que todas las iglesias ortodoxas tienen, a un lado de la puerta principal, para la esperanza: varillas de cera votivas que flotan en un magma líquido sobre terrones de arena negra que mantienen en pie los diminutos cirios como si fueran una metáfora de la ilusión, o sea, frágiles tendones de carne, hueso y sueños que sostienen el dolor de vivir en el mundo precariamente apoyados en arenas movedizas pero alzándose hacia el resplandor, inquebrantables y orgullosos, gigantescos en su impresionante vulnerabilidad. Es un rincón éste de los templos ortodoxos que me gusta especialmente porque me parece verdaderamente puro y como ajeno a la ferocidad lumínica, polícroma, que lo rodea. Es un lugar que no percibo como hostil sino como un remanso, una promesa de calidez. Una maternidad.

La hora azul lo inundó todo con su inexplicable ambigüedad y el Partenón se encendió al fondo, recortada la Acrópolis con su mazacote de tierra negra sobre la línea cenicienta del Pireo y el mar. La multitud se agolpó en el extremo de la terraza, detrás de la torre y la campana, fotografiándolo. La cruz, alta y elegante, sobre la cupulita blanca de la capilla, se iluminó también de repente con una luz blanca y fuerte, una luz de neón, extrañamente futurista. Días después descubrí el gusto por electrificar las cruces que coronan las cúpulas y las torres de las iglesias griegas, tan semejantes a las hornacinas, las vírgenes y los santos colmados de guirnaldas eléctricas azules, blancas y rojas de la Nápoles de Gomorra. Pero al fin y al cabo, ¿qué es Nápoles sino la capital de la Magna Grecia?

Bajamos otra vez por el funicular que atraviesa la entraña del monte haciendo un ruido impresionante, compartiendo habitáculo con dos familias de italianos vocingleros y una cuadrilla de treintañeros que parecen ser búlgaros, rusos o eslavos en todo caso, horteras y con toda la pinta de terminar el día en un bar de lucecitas. Descendemos por el barrio que rodea el Licabeto, ya decorado de Navidad. Terrazas modernas, embellecidas con parterres y guirnaldas. Un gimnasio de boxeo y artes marciales cuyos ventanales enormes le dan la vuelta a una esquina y cuyo logo es un San Jorge a caballo golpeando un saco. Gatos tranquilos que duermen entre las macetas que preceden las entradas de casas coquetas. Buenas motos y mejores coches. Galerías de arte. Todo allí tiene un aire bohemio y sé por las novelas de Márkaris que en el Licabeto vive la crema de la intelectualidad griega, es una especie de Malasaña ateniense. Periodistas, escritores, cineastas. Los políticos y la gente del gran dinero vive lejos, a las afueras, en barrios que no vamos a visitar, Kifisiá y el viejo palacio real de Tatoi. Llegamos otra vez a la vista del Parlamento y torcemos hacia la izquierda. Más policía. Piquetes de agentes con chaleco antibalas y metralletas morosamente apoyadas a un lado del cuerpo hacen guardia en las esquinas de las salidas laterales de la gran avenida; descansando sobre la cadera, con desidia, mezclados hombres jóvenes y fornidos y mujeres bellísimas, algunos charlan sosteniendoun café en botes trasparentes con pajitas y otros pellizcan aburridos las pantallas táctiles de sus teléfonos.

En el metro, me fijo en ellas. Hay griegas rubias y morenas, altas, bajitas, delgadas y gordas, guapas y feas, como en todas partes. Pero muchas de ellas tienen un perfil semejante. A ratos me parecen vírgenes góticas y en otros creo que estoy viendo tesmoforias y arreforias antiguas que han cobrado vida de repente: narices agudas pero finas, rasgos faciales marcados, pómulos salientes, ojos grandes y oblicuos de mirada penetrante, bocas que parecen trazos de alheña sobre rostros atezados. Vamos regresando, estación tras estación, a la Atenas fea, pobre y geométricamente imposible que desde lo alto del Licabeto no era más que una mancha de leche difuminada sobre el contorno de la ciudad. Estamos en casa.

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