Aquí yace Democleides, el nauta

Es un joven el que, desde lo alto de esta estela de mármol, mira hacia abajo. Nosotros les damos igual. Nosotros, los que miramos de frente, los que lo miramos a él desde fuera, no existimos.

Él clava su mirada que parece melancólica, triste, ahí abajo, en un punto indeterminado bajo sus pies. Nosotros no podemos verlo pero ahí debajo de él está el mar. Él parece estar hablándole al mar. Parece estar lamentándose al mar. ¿Por qué?

Lo único que sabemos es que esta es una estela funeraria de principios del siglo IV antes de Cristo y que está expuesta en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. También sabemos otra cosa: está dedicada a Democleides, un soldado, un hoplita ateniense pues la estela fue encontrada en el Cerámico y a su espalda vemos el casco corintio de bronce sobre el escudo, el que llamaban hoplón.

Por lo tanto, debía ser un hombre joven. Seguramente murió en combate sin haberse casado todavía. ¿Es eso lo que entristece a Democleides? ¿La muerte? ¿O quizá sus padres decidieron pedirle a la mano que esculpió su figura y su nombre en la estela que su gesto revelase una melancolía indefinible por algo más, por algo peor? Pero, ¿qué es peor que la muerte, nos preguntamos?

Es la pregunta, yo creo, más normal del mundo, o una de ellas. Elpénor, el más joven de entre los camaradas de Odiseo, nos contesta desde el inframundo:

No te vayas dejando mi cuerpo sin llorarle ni enterrarle, a fin de que no excite contra ti la cólera de los dioses; por el contrario, quema mi cadáver con las armas de que me servía y erígeme un túmulo en la ribera del espumoso mar, para que de este hombre desgraciado tengan noticia los venideros. Hazlo así y clava en el túmulo aquel remo con que, estando vivo, bogaba yo junto a mis compañeros. 

Democleides no está enterrado bajo la magnífica losa que la posteridad caprichosa eligió rescatar de entre tantas y tantas otras, cientos y miles, que enterró en el olvido del tiempo. Ahora nosotros la admiramos y nos preguntamos ¿por qué, Democleides, por qué miras las olas bajo la proa de la trirreme en la que la muerte te encontró?, y hallamos la respuesta.

Su cuerpo se perdió en el mar.

Podemos aproximarnos a la fecha en la que ocurrió todo: fue muy al principio del nuevo siglo, muy poco después de la muerte de Sócrates, en la Guerra de Corinto, pero no sabemos exactamente cuándo.

Democleides pudo morir en el Egeo, frente a Cnido, donde los atenienses, aliados con los argivos, los tebanos y los corintios, recibieron también la ayuda del persa y derrotaron a una flota espartana.

O pudo ser mucho más cerca de casa, frente al istmo, en el Sarónico. Eso da lo mismo, sólo le importa a mi mente adicta al detalle, afanosa de concretar, como si eso, ubicar pre-ci-sa-men-te un acontecimiento cualquiera en un punto del inmenso caudal del tiempo pudiera fijarlo en la Historia de los hombres, anclarlo en su memoria contaminada y vieja.

Pero eso es imposible. También, probablemente, lo sabía Democleides. Sus padres, seguramente, murieron de viejos, arrugados como pasas en sus casas de Atenas, llorando la vida inconclusa de su hijo, pues sin un funeral apropiado con que ofrecerle su muerte a los dioses, el alma de Democleides estaba encadenada todavía a la realidad del mundo.

Y Democleides erraría aturdido, embrutecido, sordo y ciego sin poder alcanzar la laguna Estigia, incapaz de encontrar nunca la paz. Vagaría penosamente por entre dos capas de la realidad, como un numen de melancolía. Y eso era peor que morir porque era intuir que se vive, estando muerto. La modernidad ha acuñado un término estupendo para describir esto: Democleides sería un zombi. 

Solón ya lo sabía, lo había dicho Heródoto en su libro. Solón sabía que la vida de un hombre no estaba completa hasta el día en que se moría, y así se lo dijo a un fatuo rey de Asia. Y aun ese día sólo terminaba cuando los que quedaban en pie ceremoniaban su tránsito al otro lado de la realidad cognoscible.

Entonces, y no antes, un hombre podría decir: ¡qué buena vida tuvo!, o ¡cuán infeliz fue!

El tiempo ha gastado las suaves líneas, herederas del arte de Fidias, que separaban las olas del mar del casco de madera de la nave de guerra en la placa de mármol. El tiempo también ha untado de cera el mármol. La patria mandó lejos a Democleides. Lo mandó a él y a muchos como él, lejos, a contestarle otra vez la hegemonía a Esparta, como si todos los que habían muerto ya no hubieran sido suficientes.

¿Cuántos años tendría Democleides al morir? Hemos dicho que debió morir joven. Puede que conociera, siquiera de lejos, a Sócrates. Su fama seguro que la conocería, no en vano había muerto sólo cuatro años antes que él.

Democleides no conoció a Pericles, por edad eso queda prácticamente descartado. A lo mejor creció oyendo hablar de su grandeza, me gusta pensar que creció oyendo cómo a su alrededor se recordaban las historias de su grandeza. Cuando él no obstante nació Atenas ya estaba perdiendo la Guerra del Peloponeso. Al final la perdió del todo en otra batalla como aquella en la que murió Democleides, Egospotamos la malhadada.

Sí vio Democleides las Murallas demolidas y la infame guarnición espartana en los Propileos, manchando con su vulgaridad el monumento a la belleza, a la ciudad y al hombre, que levantaron en la Acrópolis algunos hombres grandes.

¿Cuánto vino le habría dado tiempo de beber a Democleides? Omar Jayyam escribió mucho más tarde: Toma un cántaro de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe pensando en que mañana quizá la luna te busque inútilmente. 

Quizá Democleides bebió a la luz de la luna aquella última noche, pensando probablemente en alguna estupidez insignificante, en lo que le debía a un camarada por aquel mismo vino, en una deuda de juego, en el hambre o el frío o el miedo que estaba pasando. Bebió, miró la luna, al día siguiente luchó, los suyos ganaron y él murió. Su cuerpo fue entregado al mar y eso fue todo.

Qué importa ya. El mundo ha borrado la huella de todo aquello. De Democleides no queda nada. Ni de sus padres, que pagaron esta estela. Ni de aquella guerra corintia. ¡Otra absurda guerra de griegos más! Ni de Esparta. De Esparta tampoco queda nada.

De Atenas sí queda algo. Entre otras cosas un museo levantado milenios después en donde nosotros, cualquiera, podemos ir a ver detrás de una mampara de cristal la estela funeraria de un ateniense muerto hace mucho tiempo.

Es posible que Democleides, su cuerpo destrozado, fuera consumido por los moradores del mar antes incluso de que la noticia de su muerte llegara a Atenas. Tampoco de la mano que talló su figura en la estela queda noticia siquiera. Todo está sumido en el desagüe de la posteridad, que no perdona a nadie, ni a nada, y tampoco perdonará algún día al mundo cuando el sol se apague y todo se desvanezca.

Por tanto hasta la silueta de la trirreme donde murió por la ciudad se ha ido difuminando, ya sólo queda un tímido bauprés que se comba sumiso hacia la oscuridad del destino: la masa tenebrosa que frente a la escena parece gritar: ¡acercáos! ¡Acércate, Democleides! ¡No tengas miedo, Democleides!

Pero he dicho antes algo que no es cierto. He dicho que de Democleides ya no queda nada y sin embargo aquí estoy hablando de él. ¡Qué hermosamente delineado está Democleides en su estela funeraria! Y el lamento de sus padres por su alma insepulta, transubstanciado en unas cuantas líneas de profundidad sobre el mármol, nos deja, aquí, ahora, 2400 años después, su quejido negro y silencioso. Su llanto apagado y seco y lleno de polvo, y a la vez tan vivo, a la vez tan fuerte.

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