“Se trata de que la República francesa siga en pie”

El hijo del pobre es el que suele llevarse siempre las hostias, este es uno de esos pocos axiomas que describen la experiencia humana en el mundo, desde que el primer homínido en África se puso de pie y comenzó a caminar. En el caso de los disturbios en Barcelona esto es especialmente cierto y especialmente sangrante porque los que agreden lo hacen por un futuro en el que no tengan que compartir carnet de identidad ni comunidad fraterna con esos asquerosos andaluces y murcianos, aunque muchos de ellos tienen ancestros enterrados en Murcia, Andalucía o Extremadura. Pasolini lo definió con limpieza y pulcritud en 1968: Tienen caras de hijos de papá. / Son miedosos, ambiguos, desesperados / (¡muy bien!) pero también saben como ser / prepotentes, vengativos y seguros: prerrogativas pequeño-burguesas, amigos. / Cuando ayer en Valle Giulia se cagaron a trompadas con los policías, / ¡yo simpatizaba con los policías! / Porque los policías son hijos de pobres. Es lo que tiene España, que es un país tan viejo que todo está conectado, todo es de ida y de vuelta, en todas partes hay relaciones y el nudo de la aglomeración humana es tan inextricable como puede serlo después de prácticamente un milenio de historia compartida. Esta foto, una de tantas de las que han volado por Twitter estos días, me gusta especialmente porque refleja muy bien el sentido de estas palabras. Aún hay gente, gente absurda precisamente por su fatuidad, que todavía se figura que la policía de un régimen democrático liberal sigue siendo una unidad cosaca del zar, sigue siendo un brazo represor de la oligarquía o alguna gilipollez por el estilo. En realidad la policía y el ejército -hablo de España pero imagino que en todos los países vecinos será lo mismo- están formados mayoritariamente por hijos de la clase media y baja (estos son los pobres del primer mundo, no conviene engañarse) que después de la crisis no tuvieron otro horizonte laboral que estas salidas, por otra parte vías de escape históricamente naturales para los pobres desde la Primera Guerra Mundial. Conozco a mucha gente de mi entorno que, a veces también con titulación universitaria, no encontró nada mejor. Suele ocurrir que para quienes no viven en Madrid o en Barcelona, para quienes no salen, vestidos con sudaderas Underarmour, a darse de hostias con policías y neonazis, para quienes no tienen un padre trabajando en una consejería de la Generalidad o una madre que es directora general de no sé qué, para quienes no tienen en su familia un CEO de alguna factoría de humo, propaganda e ingeniería social (perdón, quise escribir consultoría) la policía y el ejército son las alternativas más comunes a ser camarero cobrando una mierda y echando más horas que un reloj o, en todo caso, irse a Londres a lavar platos y limpiar váteres. Esta gente es la que lleva sosteniendo desde el lunes (aunque anoche, con especial esfuerzo) la legitimidad de un Estado y la dignidad de una nación, recibiendo adoquinazos, bolazos de acero, ataques con cuchillos, piolets y motosierras, y sobre todo algo peor: el desprecio -canónico, por otra parte- de una buena porción de la intelligentsia del país y la calculada indiferencia de sus responsables políticos directos. Ellos son, otra vez en un sentido puramente spengleriano, la última línea de defensa de la civilización, la red de seguridad de un modo de vida libre y fraterno enraizado en una tradición secular de unidad y comunidad. En el documental que sacó Netflix después de los atentados de Bataclan en París, el que era ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, durante aquellos sucesos resumió qué se estuvo jugando Francia la noche de los 150 muertos mientras que su policía asediaba el infausto teatro: “Esta noche, se trata de esto. No se trata sólo de neutralizar criminales, sino de que la República francesa siga en pie”. 

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