Lección muda a una generación fallida

El valor nunca es la negación del miedo pero, a veces, es su consecuencia. De igual modo, aunque en otra esfera, unas banderas nunca son unos trapos pero, también a veces, significan cosas distintas. Mi generación es una generación fallida entre otras cosas porque, en abrumadora y bien visible (de eso se encargan las redes sociales) mayoría sus cuadros mejor formados, esto es, los que han cursado estudios universitarios, son incapaces de distinguir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo legítimo y lo ilegítimo. La cuestión, en España, hoy, no es de banderas, ni entre unos y otros. Pensar esto y lo peor, expresarlo y, peor todavía, expresarlo en público, constituye el más vívido ejemplo de la prostitución moral e intelectual a la que se han lanzado multitud de mis contemporáneos, con la alegría y la petulancia jovial propia, naturalmente, de quienes se creen con desdén olímpico en el lado correcto de la Historia; incapaces de escuchar el silbido de la locomotora que se acerca y aún menos de percatarse de que ellos están, ciegos y sordos, sentados en una cómoda butaca clavada en mitad de la vía. Nuestro fracaso es el peor de todos pues a nosotros se nos destinaron los recursos mejores de todas las épocas anteriores, para que las redimiéramos. Nuestra abdicación es la más vil y la más penosa, quizá por ello somos los más chulos y los más tontos. Por eso también resultan incluso más hermosos si cabe los solitarios, espontáneos e individuales ejemplos de valor, de coraje cívico. Ella, la chica de la foto, con ese gesto orgulloso y tranquilo, suave pero firme, de arroparse con la bandera como si fuera un mantón de Manila, se ha convertido en una vestal romana que abandona el templo de la indiferencia postmoderna y pisa descalza la hierba del Campo de Marte de Roma: aquí la tienen los cónsules, dispuesta a defender la república. Tiene miedo, por supuesto, pues la rodean los bárbaros. Tiene miedo pero se lo traga porque las Mariannes en el Mediterráneo nunca necesitaron gorros frigios, ni hoces, ni rastrillos. Sólo tiene su sonrisa y su bandera, que no es un trapo sino un símbolo, y quien desconoce el poder del símbolo está destinado a la servidumbre. Eso, imbéciles engreídos, es lo que distingue una bandera de la otra, lo que diferencia a unos de los otros. Un coraje mudo y a flor de lágrima, un trapo que arropa como la franela en esta noche de invierno del espíritu.

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