Luces encendidas

Salgo del cine. Estoy en El Puerto. Son las 8 de la tarde, en punto, de un miércoles de octubre. De principios de octubre. El cielo arde sobre la línea negra del horizonte y el techo del mundo, sin embargo, es de un añil cada vez más oscuro que va tornándose púrpura como un hematoma. Atravieso la ciudad, conduzco hacia Chipiona. El cielo se apaga y las avenidas se encienden. Largas avenidas grises iluminadas por hongos metálicos que derraman una luz terrosa que parece amontillado. Me sumo al torrente de coches que arrancan, aceleran, frenan, que se ponen al ralentí y que luego vuelven a arrancar otra vez. Una canción melancólica de Coldplay suena en la radio del coche. No me gusta conducir pero me encanta conducir en el crepúsculo. El tráfico corre por las venas abiertas de la ciudad al atardecer, corre frenético como el torrente sanguíneo; me siento parte del riego que alimenta un cuerpo hermoso y vivo, un cuerpo cuyo relieve está compuesto por las luces, por las farolas, por los semáforos y los bloques de pisos blancos; por el verde de las alamedas y por las explanadas pardas abiertas y vacías, por verjas de parques frondosos, carteles de publicidad, pasos de cebra, bodegas viejas y naves industriales. Bajo a medias la ventanilla y una música inunda el coche, suenan cláxones y acelerones, frenazos, neumáticos que chillan mientras se deslizan por el asfalto ofendidos como damiselas pudorosas soprendidas desnudas en el baño: todo un murmullo de voces juntas, la respiración agitada de un gigante. Salgo a la carretera. La noche fluye y yo con ella, suspendidos los vehículos como volutas de humo que flotan sobre la superficie de un río misterioso. Delante de mí sube y baja una serpiente de lunares rojos. Gira suavemente hacia un lado y luego hacia el otro, se inclina ante el increíble espectáculo del mundo que se apaga y se duerme. Un trazo ígneo fulge a mi izquierda, por eso sé que detrás de la ondulación del paisaje se esconde el mar. Y que en el mar, ahora, una mano invisible pero poderosa introduce el disco al rojo vivo del sol en el líquido vino tinto con el que nos paga a nosotros, los hombres, una noche más en el mundo. Los faros del coche que tengo delante subrayan con halógeno el camino, que está ya completamente disuelto en el vapor azul nocturno. Una nube morada se cuela como un gas pesado por la ventana abierta en el cielo, a mi derecha, sofocando el incendio. Los puntos rojos y blancos de luz se van dispersando por la carretera ante mis ojos. Los retrovisores me devuelven el silencio indiferente del pasado. El territorio se despliega delante de mí, sumiso, y sobre el mapa ha caído la taza del café. No veo nada. No me importa. La raza de los hombres, en esta hora ambigua, me parece, más que nunca, un irrelevante hormiguero en movimiento.

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