Crónica del sur de España #18

#18 Toros en Sanlúcar

Fui a los toros el otro día, el sábado. La última vez fue hace cinco veranos, porque en la costa de Cádiz el verano es como para los niños futboleros de mi quinta las Ligas, la unidad de medida fundamental del tiempo. La última vez fue en El Puerto, esta vez en Sanlúcar. Como no soy lo que se dice un taurino, ni siquiera uno ocasional, me gusta aprovechar estas oportunidades para vivir un espectáculo sensitivo único que por desgracia, como el mundo de ayer, camina hacia su extinción irremediable en el siglo en curso. El motivo fue la celebración de la que dio en llamarse corrida magallánica en honor al quinto centenario de la partida desde Sanlúcar de Barrameda de la expedición de Magallanes que, como es sabido, completó a las órdenes de su segundo, Juan Sebastián Elcano, la primera vuelta al mundo tres años después. Todo el mundo iba vestido de época pero destacaban especialmente los alguaciles, subalternos, picadores y monosabios, en mi opinión los trajes más logrados. Un artista local compuso una alfombra de sal encima del albero y se toreó sobre unas naos de la época que surcaban en redondo el globo terráqueo persiguiendo un agua coralina majestuosa: el efecto del toro danzando con toda su maravillosa mole azabache encima de aquel mosaico resultó de gran acierto estético. Fue una corrida aunque como digo yo de eso no entiendo más que las tres o cuatro nociones que aprendí leyendo Muerte en la tarde de Hemingway y lo que contaba y se desprendía de Juan Belmonte en la biografía de Chaves Nogales y en todo lo que supe de él documentándome acerca de su figura, que por otra parte y para quien no lo sepa, sigue siendo fascinante, un ejemplo de hidalguía española moderna. Los toreros eran tres matadores veteranos, de esos que se pasan su carrera perdidos en el anonimato del escalafón, toreando las bestias antiguas y peligrosas que no quieren torear las figuras; lo hicieron bien, cada uno en su estilo, aunque el tercero indultó al segundo de su lote y aunque eso entusiasme -tenía casta el animal, eso resultó manifiesto- según algunos aficionados con solera que sigo en Tuiter no significa nada pues lo de indultar, parece, se ha vuelto moda. La primera vez que fui a los toros fue precisamente en Sanlúcar. La plaza entonces, como toda la piel y el contorno del mundo, me parecía una cosa inmensa y hostil; fui con mi padre y su padre, mi abuelo, el genuino aficionado de la familia (era uno de esos viejos, es como si lo estuviera viendo, que no se perdía una corrida por la tele, siempre que la dieran en abierto, y por supuesto de los que iba al bar a ver las que daba Canal Plus, cuando en los bares ponían los toros y la gente va a verlos, todavía quedan algunos y cuando paso por casualidad junto a uno de esos locales y veo hombres viejos reunidos mirando al televisor colgado en la pared, viendo los toros, siento un pellizco) y al terminar la corrida, tendría yo cuatro o cinco años, una de las puertas de salida de la plaza quedó obstruida unos minutos. La gente se arremolinó en torno a ella, se formó lo que en la Baja Andalucía (la que se corresponde grosso modo con la Hispania Baetica, es decir la única Andalucía que existe, lo demás es invención autonómica) se conoce como una bulla. Gritos, jaleo, en resumidas cuentas, un poco de alboroto. Yo me asusté y desde entonces se me figura aquel recuerdo como una representación de la angustia: en mi mente hay una luz oblicua entrando por las arcadas del coliseo y en la luz flotan grumos dorados de una textura semejante a la de la arena, y hay gorras delante de mí, muchas gorras y sombreros que se agitan nerviosos y brazos gruesos y fuertes que golpean las puertas de madera pintadas de rojo. Luego no sé si fui más veces a los toros, de seguro que no guardo recuerdo hasta el año 2001 que fui a ver, con mi padre, mi abuelo y mi hermano, la corrida de rejones de Jerez. Fue, no se me olvida, el día en que el Alavés perdió la final de la UEFA con el Liverpool. Fuimos a ver a Pablo Hermoso de Mendoza porque en aquel tiempo montaba un caballo negro como la pez, ágil, bello y atlético llamado Cagancho y mi hermano mostraba una gran pasión por los caballos. Como digo los toros van a desaparecer porque el mundo al menos en Occidente, aunque me temo que ni China ni los países musulmanes se van a librar -si se ha contaminado hasta Japón- se desliza ya inevitablemente por la pendiente de la uniformización, por la homogeneización del fondo y de la forma. La tauromaquia, que es una manifestación vital tan mediterránea como el aceite de oliva, choca de frente contra la moral que sustenta las líneas maestras de ese mundo que ya no es nuevo pero que probablemente sea eterno: Belmonte se preguntaba en soliloquios previos a vestirse de luces antes de salir del hotel a la plaza, para matar el miedo, si no vería él mismo el final de los toros, y aún peor, constato yo con el olvido de su nombre y el de Joselito – va a hacer ya cien años de la tarde en Talavera-, será asistir al final de los héroes.

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