Un rey griego en el Indo

 

Un rey griego asedia una ciudad del Indo. Escapa del monzón, la lluvia, las serpientes y la nostialgia lo han derrotado, ya nunca alcanzará la orilla del Ganges, no se asomará al precipicio del mundo. Sin embargo, como para negarle el triunfo a la murmuración de los hombres, como para levantarle por última vez el puño a la voluntad de las potencias del Universo, retrocede sojuzgando los reinos que observa en su viaje de vuelta a lo conocido por la ribera frondosa de aquella frontera extraña.

Un rey griego ha llegado a la capital del reino de Multan.

Una doble circunferencia amurallada protege al rey de Multan. Le han dicho que nunca nadie ha conquistado nunca la ciudad ni el reino de aquel rey de Multan. Que su ciudad es inatacable, que su acrópolis, protegida por guerreros que mastican almas y lanzan venablos untados con sangre de augurio, nunca ha sido hollada por invasor extranjero. El rey griego atraviesa sin problemas el primer anillo de piedra roja. No en vano su infantería es la mejor del mundo, sus máquinas de asedio han demolido las indestructibles defensas de Tiro y han levantado el vuelo como suspendidas por Apolo sobre la colina de Gaza; su caballería ha pasado por encima del imperio más grande que recuerdan los hombres.

Y sin embargo la segunda muralla se interpone entre el rey griego y Multan. La segunda muralla no lo deja pasar, la segunda muralla es como una segunda negación de su ambición incontenible por ver el final del mundo. La segunda muralla es una segunda derrota.

Sus zapadores se afanan. Ya han forzado una puerta, ¿qué significa otra para ellos? Baten la piedra roja extraída del Indo con sus arietes, cuernos de toro poderosos e insolentes; arañan el adobe de Multan sin cuidarse del aceite hirviendo que arrojan sus defensores, sin temer sus flechas envenenadas, sin ver siquiera las piedras lanzadas desde las almenas. Los zapadores del rey griego hacen retemblar los lienzos de piedra de Multan pero por primera vez en seis años una ciudadela levantada por hombres de carne y hueso se niegan a sucumbir ante las inacabables maravillas asesinas de su ejército. Sus hombres están casados con la guerra, su hijo es la muerte.

Cae la tarde, el rey griego lleva muchas horas dentro de su armadura, que no es suya sino de Aquiles. Suda, tiene sed, tiene hambre, las gotas del sudor le caen del espeso cabello aplastado por el bronce y se le meten en los ojos y los nieblan; el polvo se le ha pegado al fondo del paladar, su garganta es un valle seco del Nilo: al fin y al cabo es humano aunque vista la panoplia del héroe. La armadura va con él desde que danzara desnudo alrededor de la tumba del Pelida en Troya. Entonces sólo era un reyezuelo lampiño y todos esperaban que su disparate, invadir Asia con un puñado de hombres, sin barcos y sin dinero, terminara pronto y pronto los viejos generales pudieran volver a elegir a otro príncipe imberbe al que someter a su mediocre voluntad. Entonces apenas tenía 20 años y su cabeza funcionaba según la lógica de Homero. Se llevó la espada, la coraza y el yelmo sin jurarle a nadie que un día las honraría y que ninguno de los que torcían el gesto o se reían al verlo podría  llamarlo ladrón. Él lo sabía. La certeza es una propulsión incomparable. Ahora era un rey griego que había conquistado el mundo: había aplicado la lógica de Homero al mundo y redibujaba su paisaje según se le antojase.

Además, era hijo de un dios. Los hijos de los dioses no pierden dos veces.

El rey griego da un paso atrás y pide una escalera. Cientos de manos viejas, arrugadas, llenas de cicatrices y de sangre reseca pero no suya se la dan y el rey griego la apoya cuan larga es en un lienzo de la muralla interior de Multan. El rey griego mira atrás y hace un gesto con el brazo: el clamor lo eleva hacia el adarve como una corriente de aire impulsaría a una pluma.

La luz alta y plana de la tarde ancha del Indo le da en los ojos, lo deslumbra y ciega. Por un instante pierde la noción del momento. Tres de sus soldados han aterrizado con él, despejan el primer camino, abajo todo es griterío y confusión y de pronto un chasquido les hace volverse a tiempo para ver cómo los defensores han destrozado la escalera. Ahora son cuatro hombres aislados en lo alto de una muralla; detrás, un ejército invicto pero impotente, delante una ciudad pequeña pero inconquistable. El rey griego toma una decisión, agarra la espada del héroe y salta hacia adelante.

Sus ojos aún están velados por la bruma pero no importa. Cae como un rayo de Zeus Olímpico en medio de una masa indistinguible de enemigos que le hacen un cerco, aspaventados porque de inmediato embiste como si el yelmo de Aquiles tuviera los cuernos de carnero de Zeus Amón. A su lado hay una higuera y él reconoce sus hojas verdes como algo que pertenece a su propia vida y uno en casa, se sabe, siempre está seguro. Su tronco grueso acapara los dardos que indios de tez oscura y lorigas que parecen las teselas de un mosaico le disparan a dos metros de distancia. Otras se le clavan en los brazos descubiertos y en las piernas pero son rasguños sin importancia, la espada de Aquiles sostiene su brazo, que lleva ocho horas luchando y no desmaya; a su lado cae un camarada y los otros dos avanzan y retroceden como si un tramoyista del teatro los dirigiese: adelante y atrás, la sarisa con las dos manos girando sobre sus cabezas igual y matando, clavando, tronchando y regresando de nuevo a voluntad de su dueño ciento ochenta grados a su espalda y de nuevo clavando, tronchando, sangrando, hiriendo y matando. Protegen a su rey y su rey los protege a ellos. Treinta mil cráneos recalentados dentro de sus cascos de bronce corintio estallan en clamores guturales detrás de la muralla y el doble los observa iracundos y homicidas a un palmo porque son quienes defienden su casa de aquel rey griego que verdaderamente pelea como el dios invencible que les habían contado aterrorizados los mercaderes que bajaban desde las fuentes del Indo hacia el mar.

Un instante. De entre el muro de enemigos, un hueco. Dos lanceros indios se apartan y al rey griego sólo le da tiempo a ver un arco inmenso tensado por dos brazos negros que no parecen humanos. Una vara de madera de un metro de longitud sale zumbando hacia él y el muro de enemigos vuelve a cerrarse.

Un puñetazo bajo el pulmón derecho lo desequilibra. Trastabilla y cae de espaldas junto al tronco de la higuera. En el suelo sólo atina a verse la flecha hincada en la coraza de Aquiles, que se ha roto. No siente el pinchazo, no ha lugar, un indio de dos metros se ha abalanzado sobre él agitando un hacha que repentinamente ha oscurecido el cielo; del eclipse sale un alarido animal y el rey griego levanta la espada de Aquiles con la última fuerza de su brazo derecho. Pero no es un esfuerzo defensivo, el rey griego no sabe defenderse, Homero nunca escribió que Aquiles necesitara defenderse de nada salvo del olvido y el indio de dos metros de Multan cae fulminado por un espadazo que le atraviesa las vísceras. Se derrumba el enemigo y se acaba el eclipse: la luz del primer crepúsculo en el Indo le llega como una ráfaga esmaltada atravesando las hojas de la higuera y luego el rey griego siente por fin la sangre derramándose dentro de su coraza y después la nada, que es sólo una pausa.

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