No es política (es Historia)

No es posible comparar la situación española con Yugoslavia, por más que hablar de la balcanización de España sea lugar común cuando se juzga con alguna perspectiva de futuro el proceso de centrifugación al que está sometida la nación española desde 1978. Yugoslavia era una federación de comunidades cuyas diferencias étnicas, religiosas y lingüísticas eran muy notables, muy manifiestas; en cierto modo Yugoslavia era un imperio austrohúngaro en miniatura, una comunión de pueblos diversos unidos bajo un estatus de precaria armonía política, con una nación histórica, en este caso Serbia cumpliendo el papel de la alemana en la comparación con la monarquía dual, es decir el papel dominante por llamarlo de alguna manera, el rol de primus inter pares. Más bien lo único que admite una comparación yugoslava o balcánica en el caso español es la naturaleza de sus nacionalismos interiores, de sus nacionalismos centrífugos, conocidos en el ámbito doméstico como periféricos para diferenciarlos del españolismo o nacionalismo “centralista”. Resulta curioso analizar la evolución histórica del nacionalismo.

Íntimamente vinculado al concepto de nación, creación por lo tanto de la Modernidad, su trayectoria puede dividirse en dos momentos: antes y después de la Guerra Franco-Prusiana, por elegir un momento histórico de referencia. La nación política nace como una necesidad puesto que desposeer a una dinastía de su condición de sujeto de soberanía conduce inevitablemente al establecimiento de otro concepto-recipiente de dicha soberanía política. La soberanía política por lo tanto pasa a residir en la comunidad de ciudadanos cuyos derechos y deberes aparecen por primera vez codificados en un texto; esta comunidad, constituida en nación, asume los límites y la identidad de la comunidad histórica ya existente, fruto del devenir de los siglos: donde esas naciones históricas no existen, se inventan, por ejemplo en los Estados Unidos de América, luego en Italia, en Alemania.

Surge por lo tanto el nacionalismo como mito fundacional que legitima esa transferencia de la soberanía, del rey al pueblo. En donde ya existía previamente la nación histórica también constituye un elemento imprescindible de autoafirmación de la nueva comunidad erigida en soberana de sí misma, con un grado mayor o menos de intensidad: en España por ejemplo, ésta casi nunca alcanzó un punto crítico, circunstancia que favoreció sin duda la aparición de réplicas provincianas que llenaron el hueco narrativo cumpliendo con una de las leyes de la Historia, esa que reza que cuando alguien deja vacío un trono pronto otro corre a ocuparlo.

Sin embargo en estos tres casos paradigmáticos el nacionalismo, como fuerza social moldeadora, homogeneizadora, tiene unas características que pueden describirse como positivas: integra, acoge, alberga, cohesiona y establece un umbral muy alto en cuanto a las comunidades preexistentes que pueden efectivamente ser fusionadas en una sola, cuanto más grande mejor. Al fin y al cabo la idea era aglutinar cuantas identidades locales fueran necesarias diluyendo la diferencia en un todo común que cobraba expresión absoluta en instituciones canónicas como el colegio, la universidad, el ejército, el servicio postal, la policía o la asamblea nacional. Se puede llamar a este primer nacionalismo liberal e incluso capitalista puesto que se trataba de crear mercados lo más grandes posibles, de ahí su beligerancia, su ánimo expansivo, que se incardinó muchas veces en tradiciones pseudohistóricas irredentistas que abogaban por recuperar “territorios perdidos”, bien vecinos, bien ultramarinos.

Las últimas décadas del siglo XIX en cambio alumbran otro tipo de nacionalismo opuesto en esencia a ese primer nacionalismo liberal y que no se puede entender sin echar un vistazo al imperio de los Habsburgo ni tampoco al otomano, las dos grandes entidades políticas multiétnicas que sobrevivían en Europa occidental. Podemos llamarlo en contraste con el otro, “nacionalismo iliberal” y no creo que sea desacertado el apelativo puesto que su esencia espiritual consiste en una idolatría mística de númenes como la tierra y en la “exaltación de la sangre”, o sea en una veneración de la diferencia étnica.

Las comunidades étnicas y religiosas tradicionalmente subsumidas dentro de estos imperios  austrohúngaros y otomanos encontraron en el nacionalismo una palanca de extraordinario valor propagandístico para dinamitar la estructura política que las amparaba y por lo tanto acceder al poder en esas comunidades convirtiéndolas en Estados independientes, soberanos. En todos los casos hubo que construir un sujeto de soberanía que sencillamente no existía debido al alto grado de heterogeneidad y mestizaje al menos de las capas medias y por supuesto de las altas en las sociedades de esos imperios, cosa por otra parte propia (el cosmopolitismo y el desarraigo interclasista, la promoción social si se quiere) siempre de todos los imperios no imperialistas. Se hizo pues preciso crear esa comunidad artificial, ahistórica, forzar su nacimiento de alguna manera, hacer en una o dos generaciones lo que los siglos anteriores no habían conseguido: apareció por supuesto en esta época el elástico y ponzoñoso concepto de la nación cultural. 

Los nacionalismos vasco y catalán nacieron en España como efecto mimético de estos otros nacionalismos de corte oriental en un tiempo en el que otros Estados-nación fraguados en la era premoderna, caso del Reino Unido, padecían turbulencias en Gales o Irlanda. El nacionalismo vascocatalán también resultaba estimulado por la decadencia evidente de la estructura imperial de la monarquía española y por su progresiva pérdida de mercados ultramarinos, en perjuicio de las boyantes oligarquías periféricas, particularmente las catalanas. Adquirieron de esta manera estos nuevos nacionalismos españoles unos rasgos excluyentes, etnosimbólicos, cuyo afán en este caso era el contrario a lo que puede nombrarse bajo el epígrafe aglutinar: efectivamente, consistían en separar, cultivando la diferencia, racial o religiosa cuando fuera posible hasta el punto de expulsar de territorios históricamente mestizos, espacios seculares de cohabitación, a los individuos considerados del grupo de población opuesto a la idea nacional en ciernes. Esto fue posible en efecto en muchos territorios de los viejos imperios del Este de Europa pero sólo tras una catástrofe catártica, es decir tras una guerra como nunca antes el mundo la había conocido: nacieron o adquirieron relieve expansivo Austria, Hungría, Eslovenia, Croacia, Serbia, Bulgaria, Grecia, Rumanía, Turquía, en fin, toda la retahíla de nuevas entidades políticas que reconfiguraron las líneas de los mapas en aquellos territorios, por supuesto generando situaciones de riesgo étnico que se mantuvieron en estado de latencia algunas décadas después de la Primera Guerra Mundial hasta las grandes explosiones de la segunda.

No obstante la reproducción de estos hechos no fue posible en España, ajena además a la guerra mundial. Aunque la debilidad del imperio español a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX era manifiesta y acabó certificándose en 1898 la homogeneidad sociocultural, étnica y religiosa de los territorios españoles peninsulares (incluyo los dos archipiélagos, por supuesto) era en contraste muy sólida, producto de un largo proceso secular cristalizado de manera concreta en el año de 1492 en que nace el Estado español comme il faut. La nación histórica española estaba harto labrada en 1812, año en que de manera automática la nación política, codificada por primera vez en la Cádiz bajo asedio napoleónico, asumió su relieve, su textura, sus perfiles y su identidad. De modo que se puede decir que la antigüedad premoderna de España como sujeto de soberanía política está por llamarlo de algún modo actuando sobre su cuerpo social como un antibiótico muy agresivo: lo hace carecer por completo de las defensas beligerantes, vehementes y muy expresivas (con elementos plásticos y propagandísticos que recuerdan los de la nación cultural del nacionalismo iliberal) que poseen los Estados-nación más jóvenes (Francia, EEUU, Italia, los países del centro y oriente europeo, activamente nacionalistas, como Polonia o Hungría) pero al mismo tiempo lo dota de una extraña pero ciertamente probada resiliencia (el vascocatalanismo lleva cerca de medio siglo empeñado en el asalto de España como Estado-nación contando con la potente arma de los presupuestos generales del Estado y aún no ha alcanzado el hueso, aunque está ya cerca). Dicha resiliencia, cosa notable, adquiere su fuerza digamos “social” justamente en la pasividad general del español medio ante la idea de expresar su patriotismo de forma pasional o insistentemente.

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