Crónicas del sur de España #14

IMG_1240.png

#14 El gato de la calle Tierra

Pasamos mucho tiempo pensando, intentando descifrar cuál es el sentido de la vida, si es que la vida ha de tener alguno, que yo no lo creo: es mi última conclusión, las coordenadas en las que me muevo en este momento concreto, sobre todo desde que vi que lo que queda de un ser humano es un tupper; se lo llevan a uno metido en una caja hacia una parrilla industrial, pasan unas horas interminables, sale humo por una chimenea pequeña, fea, casi vaticana, se puede ver el hilillo negro siendo aspirado por el cielo desde los ventanales de una pulquérrima sala de estar de un tanatorio, y luego le entregan al familiar más cercano una mochilita como la que se lleva la gente al trabajo con el almuerzo dentro. Y eso es todo. Hay que disfrutar de los instantes de belleza que nos ofrece el mundo como inesperados regalos (menuda tautología, todos los regalos son inesperados, por naturaleza). Como el otro día. Después de comer tuve que hacer una cosa. Estaba cansado pero no me irritó tener que salir a la calle, pude así gozar del après-midi invernal, con su sol espléndido, que calienta la carne y el alma. Pasé por la calle Tiera. Es una calle por la que paso mucho. Es una calle fea, estrecha, corta, de nueva planta, creada como toda la zona en la que vivo entre finales de los 70 y los 90, urbanizada a la buena de Dios, sin orden ni concierto, regularizadas sus casas y sus extraños trazados por la gracia indulgente de alcaldes socialistas plenipotenciarios que en aquella fecha se creían amos del orbe, en fin, la historia frecuente y por lo demás muy repetida de la Baja Andalucía de la Transición. Desde que comencé esta especie de dietario por llamarlo de algún modo he querido escribir de la calle Tierra y no sé por qué, quizá porque la camino muchas veces a lo largo de la semana, cuando voy a nadar, cuando salgo a pasear; este verano una de las veces me crucé en ella con dos franceses, tenían la pinta de ser turistas, que cargaban el maletero del coche como para irse, era al final de agosto, supuse que marchaban ya a casa, a Francia o a qué sé yo dónde, iba a titular la croniquilla Dos franceses en la calle Tierra, me quedé pensando en lo curioso que era ver allí a dos franceses tan lejos de Francia, en una calle tan fea, me dices la calle Sierpes de Sevilla y te digo pues hombre, naturalmente, pero aquí, en fin. El otro día vi una silueta felina recortada por la sombra en una bonita pared roja: eso fue todo, consideré que era suficiente excusa. Se me acercó curioso con sus vivos ojos celestes, con esa mezcla palpitante de desconfianza y de curiosidad inextinguible que podría perfectamente ser el sentido único de la vida, su síntesis, y me pareció un cuadro excelente de un minuto breve de un día como otro cualquiera de un invierno más, suma irrelevante en la cuenta total de todos los inviernos que han sido desde que existe el mundo.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s