Roma

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8 de noviembre de 2018. He esperado treinta años para venir a Roma y resulta que la primera foto se la hago a la fachada del Corriere dello Sport. Contra mi deseo he sentido aflorar la vieja e inservible emoción gremial olvidada de cuando estudiaba periodismo. Influyó la hora, la una de la mañana, y los letreros luminosos de color amarillo chillón desplegados en la fachada oscura mientras arrastraba la maleta hacia el apartamento que teníamos alquilado. El vuelo desde Sevilla se retrasó una hora pero Ryanair nos dejó a tiempo, alabadas sean las potencias del cosmos. He visto muchos retenes del ejército por las calles, una pareja de soldados armados hasta los dientes junto a un jeep de camuflaje y una garita con techo de loneta, como la de las ferias de pueblo en España. Hay bastantes luces de Navidad. En torno a Termini, negros y mendigos. Muchos mendigos. Roma está sucia pero de noche es hermosa y la noche huele. La humedad es terrible, altísima. Desde el portón de la casa se escuchan las gaviotas, como en La gran belleza. En el patio del bloque donde duermo olía a pan, a que estaban haciendo pan. A pan recién hecho.

9 de noviembre de 2018. Fuimos al Coliseo y al Foro. Stendhal escribió que a él le gustaría ser un déspota, el tirano del mundo, para poder cerrar el Coliseo para sí mismo cada vez que fuera a Roma. Lo entiendo, a mí me habría gustado hacer lo mismo. La masa turística que fluctúa en torno al Coliseo es espiritual y físicamente extenuante. Todos acaban teniendo las mismas fotos en los mismos sitios, también yo naturalmente porque yo no soy más que un grano de arena en ese inmenso desierto que son los turistas. Caminando entre las arcadas de las tribunas recordé la anécdota de Miguel Ángel, al que encontraron un día solo dando vueltas por entre las galerías del Coliseo, ensimismado dentro de sí mismo. Prácticamente lo vi delante de mí, buscando inspiración entre las piedras sobre las que disfrutaba la plebe. Fuimos luego a San Pietro in Vincoli y al Panteón. Fue todo un exceso de belleza. Todos los pasos que he dado en mi vida me han conducido hasta el Moisés de Miguel Ángel. Así lo creo, con una certeza cabalística. Sólo por el Moisés merece la pena la existencia del ser humano en el mundo y merece el hombre ser salvado, si tal cosa es siquiera ontológicamente planteable. La religión de Miguel Ángel es el temblor. Su Moisés vale más que todos los libros de la Biblia juntos, hace más por la fe que representa, por la fe que lo ha concebido, que toda la catequesis imaginable. En el Foro me di cuenta de que la verdadera reina de Roma es en efecto la gaviota. Qué arrogante y soberbia miraba a los turistas desde capiteles y espadañas, como sabiendo lo breves que somos. Fuimos luego al Panteón. Fue una casualidad. Ya era de noche. ¿Por qué anochece tan pronto en Roma? Parece un nonsense, un fallo de raccord, la oscuridad tan temprana en medio de tanta desmesura lo deja a uno algo desasosegado. Lo cierto es que entrar de noche en el Panteón se pareció a una epifanía, pero también me había bebido antes un par de spritz. Sigo oyendo las gaviotas cuando escribo esto. Sobrevuelan Roma como una presencia majestuosa. Sí. Nos recuerdan lo poco que somos en esta ciudad.

10 de noviembre de 2018. Conocí San Pedro y el Vaticano. las estancias pintadas por Rafael y la Capilla Sixtina. En fin. Todo está dicho. Los caballos de Atila y su séquito que pintó Rafael me recordaron a los caballos de los mamelucos que cargan sobre el pueblo madrileño en el cuadro de Goya, los mismos ojos desorbitados, el mismo escorzo furioso, el mismo pánico apenas contenido por la mano del jinete. Subimos a la cúpula. Vimos el baldaquino desde arriba, ascendía el rumor del cántico coral y del rezo de allá abajo, las notas del órgano subían expandiéndose dentro de aquella inmensidad etérea creando un sordo murmullo, la respiración de la basílica. Nos anocheció sobre la terraza. Allí pude ver la franja púrpura integrarse poco a poco con el anillo ocre de la polución y envolver a los doce apóstoles de la fachada. Sentí especialmente la hora azul sobre San Pedro. No era ni de noche ni de día, se fundían las luces eléctricas de la ciudad, que empezaban a parpadear, con el resplandor moribundo del cielo y parecía un espacio al margen del tiempo. Caminamos desde el Castillo de Santangelo hasta el Trastévere. El Tíber rielaba, la cúpula de San Pedro emergía al fondo como la boya de la bocana de un puerto, iluminada, brillante. El el camino nos topamos con el Palazzo Farnese, otro Miguel Ángel; delante de la Piedad uno siente, percibe, una décima parte de lo que debe sentir una madre ante el dolor absoluto, que es el de la muerte de un hijo. Ese mérito de Miguel Ángel justifica todo el arte de la Historia de Occidente. ¿Por cuántas vidas normales, ordinarias, se puede canjear la de Miguel Ángel? El Trastévere me recordó un poco a Malasaña, hipster, bullanguero y espumoso. Entramos en Santa María del Trastévere, que es una iglesia griega, oriental, bellísima. Probé el negroni sbagliato como siguiente paso de mi proceso de desasnamiento gustativo y el sabor del prosecco me endulzó volver a percatarme de que la noche llega a Roma a las cinco de la tarde. Nos colamos en el autobús urbano, dos veces, y sucumbí a la superchería del turista tirando una moneda de dos céntimos a la Fontana di Trevi.

11 de noviembre de 2018. Nos hizo un día de primavera. Un sol romano y espléndido. Roma estaba hoy enjoyada. Me sobró la gabardina y hasta el jersey, fui todo el día en camisa. Pasamos la mañana en San Pedro, viendo al papa. Dio la bendición desde su ventana, en italiano, pero le entendí todo, estuvo bien, una una experiencia. La plaza estaba atestada. Había muchos polacos, varios grupos, con pancartas y muchas banderas; da la sensación de que el catolicismo polaco es el más belicoso que hay ahora mismo, salvando la distancia del tiempo son en ese sentido la España de Trento del siglo de la inteligencia artificial, los smartphone y Twitter. Yendo en el metro los vagones parecían latas de sardinas, las bocas del metro vomitaban riadas de gente hacia los controles de seguridad bajo la columnata, es ciertamente impresionante advertir la infinita energía humana que sigue siendo capaz de poner en funcionamiento el papa con sólo pronunciar una palabra. Sorrentino entendió estupendamente esto en The young pope, pero comprobarlo en la realidad es muy intersante. En el tiempo de los líderes de opinión y de los influencer de Instagram, un señor de blanco con un micro habla desde la ventana y un puñado de miles de personas aguantan horas bajo el sol, de pie, aguardándolo. Esperándolo unos neocatecúmenos italianos empezaron a cantar y a bailar en coro de manera insoportable. La letra era siempre la misma y la música era un ritornello de guitarra estomagante. Era tanto el resplandor dulzón que reflejaban las caras de aquellos hombres y mujeres ya maduros, que parecían gente normal, corriente y moliente, que se me revolvió el estómago. Pensé en el Cristo de Miguel Ángel, incluso en el Cristo de Dostoyevski. ¿Qué tenía que ver con el Cristo bobalicón de aquella gente? Era otra cosa, sin duda otra cosa peor. Comimos junto a la embajada de España, detrás de la Trinidad del Monte, y luego anduvimos hasta el Panteón para verlo a la luz del día. Le dimos después la vuelta, llegamos a la plaza de la Minerva y terminamos frente al Cristo esculpido por Miguel Ángel. Parece un dios griego, un Apolo, sujetando la cruz. Es un efebo, una maravilla dentro de un templo hermoso y sencillo, con su rosetón gótico punteando la fachada barroca y su techo renacentista que desenrolla el cosmos en un azul que huele a horizonte marino estrellado entre los nervios y las bóvedas góticas. Atravesamos la plaza Navona y fue impresionante pisar la calzada por donde una vez corrieron desbocados aurigas y caballos, podía uno escucharlos, los pulmones de hombres y de bestias resoplando, fuelles puestos al límite, espuma biliosa salpicando la arena. Salimos hacia el Ghetto y hallamos sin buscarlo el lugar donde cayó muerto por veintitrés puñales Julio César. Dimos la vuelta y encontramos el sitio exacto gracias a la base de mármol que queda del monumento que mandó erigir Augusto en su memoria. No hay nada, moderno quiero decir, levantado por el ayuntamiento o por cualquier otra administración, que señale u oriente sobre ello a los turistas. Alrededor de la gran plaza, llamada Largo di Torre Argentina y que contiene los restos del senado republicano, los autobuses urbanos zumbaban, los romanos pasaban en bicicleta, los comercios estaban abiertos, había un Tiger, los turistas y los enamorados paseaban pensando en sus cosas; sobre el suelo que César regó con su sangre los gatos ahora tienen una colonia, protegida por las autoridades, y el mundo todo mira indiferente el lugar donde trascendió la Historia. A lo mejor ahí reside el sentido del mundo y ya está. Cruzamos el antiguo Campo de Marte hasta alcanzar el Ghetto, un barrio en el que verdaderamente palpita la Roma popular, la de Alberto Sordi. Vi muchos judíos con la kipá, me tomé un par de spritz en un café atendido por una cara y una tez eminentemente hebraicas y luego cené unos extraordinarios tonnarelli al salmone con los que sigo soñando. Fuimos haciendo la digestión a paso lento hasta el Pórtico de Octavia, un lugar monumental e impresionante y más con la luz naranja de los faroles de la calle. En los propileos del pórtico hubo durante siglos una pescadería. Es bonito pensarlo.

12 de noviembre de 2018. Copa en italiano se dice calici. Me hizo gracia. Póngame un calici de vino. Probé dos veces el chianti, el único vino que bebía Napoleón. Me agradó su sabor seco. Pude ver, por fin, el Inocencio X de Velázquez, un sevillano que retrató a reyes y a papas, un sevillano que fue a Roma y dejó allí un cuadro que si todo lo suyo que hay en El Prado se hubiera perdido por un incendio seguiría probando que bebe del mismo vino que Miguel Ángel y que Rafael. La galería y el palacio de los Doria-Pamphili me ofrecieron la primera y más fuerte impresión de decadencia que he podido sentir en estos días romanos. La atención del personal, la dejadez, el cierto olor a rancio de algunas estancias, el color ceniciento de paredes e incluso de los uniformes de los empleados del museo y hasta de sus caras, en fin, todo dibujó un trazo gris deprimente en mi alma que pronto se esfumó en cuanto tuve ante mí la luz y el color de Velázquez. Por la tarde remontamos desde la Via del Corso hasta la plaza Barberini y desde ahí hasta Santa María de la Victoria para ver el Éxtasis de Santa Teresa, de Bernini. Entre Miguel Ángel y Bernini hicieron media Roma y luego en las fotos, cuando uno se las enseña al que no ha ido, esto se hace manifiesto y claro. El barroco de Santa María de la Victoria y el barroco en general, para mí, es como un chupito de absenta negra. De un trago te sube y luego te baja con tanto drama y angustia; el movimiento es tan antinatural y excesivo que satura pronto mis sentidos, los apabulla y no puedo contemplarlo por mucho tiempo. Por la mañana, en San Juan de Letrán, había algo, debajo de todo el casquerío neoclásico que recubre la archibasílica, que era justo lo contrario: una templanza, una tibieza y una simplicidad protorrománica que serenan el espíritu. Si Dios, es decir, si existiera la mínima posibilidad de que Dios existiese, estaría en lo sencillo, sería lo simple, San Francisco abriendo los brazos después de cruzar las murallas de Roma con su túnica oscura manchada de mierda, en fin, como lo retrató Rosellini en su película. La deidad debe ser eso. Me impresionó la puerta de Letrán, dos mil años de puerta, traída desde el Foro. Hay que ver los remaches, los tiradores. Los suelos de Letrán tienen una policromía majestuosa, del mediodía, mediterránea, que invitan a pensar en el sur y en la luz, y en el mar. Son, en una palabra, un verdadero consuelo del alma. Me gustó mucho.

13 de noviembre de 2018. Hoy vimos el Púgil de las Termas en el Palazzo Massimo, junto a Termini. En frente hay una estatua de Juan Pablo II bastante grande y la verdad, hermosa; las líneas puras y suaves del bronce hacen que parezca que una corriente súbita de viento le ondula la capa y lo arrebuja en ella. Le da una beatitud apacible que contrasta con lo áspero e intransigente que fue el personaje. Plantarme delante del Púgil, casi tocar sus heridas, aún sangrantes y frescas, en carne viva después de dos mil cuatrocientos años, justificó mi viaje. Nos dimos un garbeo rápido por el Palazzo, lleno de bustos, sarcófagos, estatuas y mosaicos romanos; es un edificio agradable y la colección merece una visita más reposada. Me gustaron especialmente dos pequeños mosaicos en forma de paneles, del Bajo Imperio, un cónsul en una cuádriga y el rapto de Hylas por las ninfas, que anticipan nítidamente los frescos y las tablas románicas, San Clemente de Tahull, el pantócrator, son tiras cómicas, algo extraordinario y de un color muy vivo. Luego, por la tarde, nos fuimos. Me llevo chianti, parmesano, café y el color de los guardias suizos en las retinas y también en dos figuritas de souvenir que compré, una para mi biblioteca, otra en imán para la nevera. He bebido mucha cerveza en Italia. Está toda buenísima, pero eso no tiene mérito, con la cerveza soy un disfrutón, es difícil que no me guste une. Probamos la Peroni, Moretti, Nastro Azurro, Ichnusa, la sarda, Poretti, en fin, un largo muestrario. Por lo general es suave y de gusto fácil. Escribo estas notas finales en la zona de embarque de Ryanair del aeropuerto de Ciampino, apoyado en el quicio de una ventana, mirando cómo cae la tarde sobre Italia. Los aviones se deslizan perezosos sobre la pista de aterrizaje. Van cargados de turistas ávidos como yo, tan llenos de dinero para gastar, de expectativas y de ideas fijas, tan normales, tan obvios y tan previsibles como vine yo.

Publicado por

AntonioValVidal

antoniovalvidal@gmail.com

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