Crónicas del sur de España

Crónicas del sur de España #8

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#8 Colores

El otoño ha traído como trae siempre una paleta de colores y mezclas al óleo realmente estupendas. Llegan las tormentas y los temporales a dar de beber a una tierra sedienta, quemada por el verano y el Levante, y el mundo se transforma en un cielo de Vermeer. Da gloria verlo. Esta foto, por ejemplo, está tomada en Chipiona hace dos viernes, a la caída de la tarde, pero da lo mismo, podría salir hoy y hacer otra tan viva y expresiva como ésta, son intercambiables en ese sentido, en el narrativo, que es el que a mí me interesa. El otoño también trae otras estampas, amplía la paleta de colores humanos. O quizá haga justo lo contrario: clarifica, por mor de la reducción del caudal incesante y ruidoso que viene con el verano y se va con él, y deja ver mejor. La resaca de la ola vacía las calles. La principal de Chipiona, arteria comercial, Isaac Peral, que se alarga en su peatonalidad hasta Miguel de Cervantes y conecta en línea recta el mar con el umbral de la Chipiona suburbana, el parque Blas Infante, permite observar curiosas fotografías. Es posible que esas fotografías, en las que hay que fijarse, que no destacan por nada en concreto, sean las que nos concedan el extraño lujo de adivinar por dónde está respirando el mundo. Regresaba de mi paseo por el paseo marítimo embocando Isaac Peral abajo, ya húmedas las losetas por el rocío y la lluvia. La calle está atestada de comercios chinos y de bazares marroquíes, que han sustituido a las tiendas de baratijas españolas que hace veinte años se llamaba de veinte duros. Era media tarde, un domingo calmado tras el temporal y pasaba poca gente. Delante de una de estas tiendas, un chino de mediana edad jugaba con su hija al bádminton. Ocupaban el centro de la calle. Nunca había visto a un padre chino con su hijo chino hacer algo tan español. La única diferencia con otras estampas tan clásicas protagonizadas con nativos era el deporte. Lo normal es verte a unos chavales chipioneros pegándole patadas a un balón, vestidos del Madrid, del Barcelona, del Betis o de la Selección. Aquello me gustó. ¡Cómo no va a ser buena la cantera del bádminton chino, si se cruzan el mundo buscándose la vida y siguen jugando donde pueden! La integración de la comunidad china en Chipiona, según lo que he podido observar, avanza lentamente pero ya no es como al principio, hace una década ni siquiera se mezclaban con los nativos, era muy raro ver a un chino andando por la calle, fuera del comercio que regentaba, era como si surgieran del subterráneo de sus comercios, por la mañana, y se disolvieran del mismo modo cuando cerraban por la noche, sin esa molesta obligación de tener que transitar a la vista del público. Hay muchas tiendas chinas ahora en Chipiona, de memoria cuento cinco o seis. Muchas veces me pregunto si se conocen entre sí, si esas familias -siempre las regentan familias enteras que tienen de media dos o tres hijos pequeños- que han venido de tan lejos han establecido algún vínculo entre ellas, aunque sea para matar la nostalgia juntos o si en realidad sienten nostalgia de su patria remota, que me supongo la sentirán aunque esa mecanicidad productiva tan suya a veces me hace pensar si no serán seres humanos mejorados, es decir, carentes por completo de inútiles sentimientos como la melancolía. También me gustaría saber de qué parte de China viene cada uno, de qué rincones perdidos de ese gran cosmos humano proceden y por qué vinieron justamente aquí, a Chipiona, si es que se lo preguntaron en serio antes de empezar la aventura o si es que cayeron aquí por una de esas casualidades que el juego de la vida tiene. Tengo unos vecinos chinos desde hace unos años, una familia con su padre, su madre, sus dos hijos adolescentes, uno hombre, otra mujer, y sus dos hijos pequeños. El más chico de todos tendrá un año y aún lo llevan en un cochecito. Se me queda mirando con la boca muy abierta, pelón como está que parece una de esas estatuillas de Budas calvos, regordetes y simpáticos, cada vez que paso en bici junto a él, le deberé parecer un gigante desde una posición tan baja al pobre. La familia está tan bien integrada que aunque los veo interactuar poco con la vecindad -yo mismo interactúo lo justo, y aun eso me parece insoportable y demasiado- la matriarca baldea como una buena chipionera, inundando de agua media calle para limpiar el frente de su casa y el patriarca se coge de vez en cuando alguna buena cogorza en la bodeguita de la carretera de Rota, Gorgorito, un lugar de recia tradición local. Lo mejor de ambos mundos. Estoy preparándome un reportaje para una revista local sobre unas excavaciones arqueológicas en Chipiona, junto al Santuario de Regla, donde han descubierto una gran necrópolis que al parecer refleja perfectamente la transición desde el mundo romano desde el Bajo Imperio romano hasta los primeros siglos del cristianismo en España. En la introducción se hace referencia a esta zona, el entorno del Guadalquivir, Doñana y el golfo de Cádiz, como la cabecera de esas rutas comerciales que desde los fenicios conectaron Europa occidental y el norte de África con China a través del inevitable Oriente Próximo, primero, y del sur de África mucho más tarde, después de Vasco de Gama. Mirando a la chavala china darle a la pala de bádminton y devolver con entusiasmo los pelotazos que le tiraba su padre en medio de una calle Isaac Peral desierta sobre la que caía una luz tenue que prometía un invierno benévolo, como son casi todos los inviernos aquí, pensé en que seguramente esta gente ha venido aquí, varios milenios después, a devolvernos la visita.

 

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