Crónicas del sur de España

Crónicas del sur de España #7

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#7 Luz que titila

Lunes. Santuario de Regla, Chipiona. Llueve ligeramente. El viento barrunta más, aunque no termina cayendo. El día es feo, lleno de plomo y de frío húmedo que también barrunta más, más adelante, cuando llegue el invierno. Es el primer día así desde mayo, quizá desde antes porque en primavera puede llover pero nunca, o casi nunca, hacer un día desapacible. Incómodo, feo, hostil para con los que moramos en el mundo. Hay una misa y tengo que ir porque es Santa Teresa y así se llamaba mi abuela. Hago recuento mental mientras escucho cómo rezan el rosario antes de la misa: en el último año he ido a más oficios religiosos que nunca y el cómputo es raro, lúgubre, ciertamente. Tres en honor de muertos y tres nupcias. La vida en su dimensión dual absoluta, la vida mondada, en carne viva. Al entrar en la iglesia veo poca gente. Supongo que suele ser así ahora, que lo normal es esto desde hace ya bastante tiempo: un amigo que acaba de meterse en un seminario acudía a diario a rezar el rosario, no aquí sino a la parroquia de La O, al otro lado de Chipiona, para hacerle compañía al cura y que la cosa no pareciera tan desangelada. A darle, en definitiva, un toque de juventud y frescura a la cuestión, que no se puede decir que no lo necesite aunque a mí como ateo me da lo mismo. No hay mucha gente pero hay gente. El más joven es mi hermano, 25 años, que viene como yo, porque hay que venir. De los que estaban allí desde antes no había más de seis personas, repitiendo la letanía, bum, bum, bum, María, nuestra madre, perdónanos, ruega por nosotros, etcétera. La religión es un poco eso, en una palabra: repetición, repetición, repetición. La verdad es que allí sentado viendo al cura disponerse para el ritual más antiguo del mundo pensé que se estaba bien bajo aquel techo, que aquello confortaba. El hecho físico de estar allí, me refiero, no el hecho religioso, esa es otra cosa. Pensé que a lo mejor aquél era el secreto al fin y al cabo, la madre del cordero de la religión, el quid de su increíble resistencia a través de los siglos, de las épocas, de las turbulencias que sacuden el mundo: que cuando llueve y hace tanto viento fuera, cuando en la calle se está tan mal, el frío es tan cortante y uno no sabe dónde meterse para guarecerse, para calentarse un poco, las iglesias están siempre abiertas, siempre con el resplandor de los cirios alumbrando tenuemente las hojas entreabiertas de su portón. Siempre con el rumor de la letra ya tan sabida, escuchada desde pequeño en el colegio (estudié con los franciscanos desde los cuatro hasta los dieciséis años), da igual qué pasaje, qué versículo, en qué consista lo explicado, simplemente el ruido narcótico de las palabras gastadas dichas en una tarde muy fea de otoño amplificadas por un rudimentario sistema de audio que las hace rebotar por los huecos desiertos del templo vacío. Dan una sensación inconfundible de abrigo. La misa la daba el padre José Ramón, un franciscano de una pieza, un hombre bueno. Fue mi profesor de religión en el colegio, desde primero o segundo de ESO (ya no lo recuerdo bien) hasta tercero; un hombre que se conserva como en salmuera, el mismo pelo entrecano, las mismas gafas con monturas al aire, las mismas arrugas, el mismo gesto nervioso, la misma dicción castellana pero rítmica, grave, con un punto desasida, como suspirante, puede que sea ese el único rasgo livianamente andaluz que se le ha pegado a un hombre tan del norte después de tantos años aquí; me dio clases a mí y casó a dos amigos míos, se marchó a Jaén o por ahí, dispersado a la fuerza por la orden, para terminar volviendo a Chipiona. Es como si todos los franciscanos viejos vinieran a morir aquí, como las ballenas o los elefantes. Los que yo he conocido eran casi todos de la Castilla honda y fría, hombres de pueblos viejísimos donde sólo hablan las piedras, pobres pero recios, como si supieran algún secreto que a nosotros los del sur nos es imposible alcanzar con nuestra prosopopeya y nuestro cuento chino. Frente al mar, frente al mar vinoso y antiguo que no pregunta nada. Lo cierto es que el mundo y su ruido estaban muy lejos de allí, parecían cosas remotísimas, incomprensibles. Aquel santuario era una cueva, algo así como la catacumba de los primeros cristianos y es verdad que algo de eso se podía intuir, de ese alejamiento consciente de las terribles naderías que atraviesan la realidad como las ondas que forma en la otra punta de una piscina la mano que se mete levemente en el agua. Todo el fragor y la furia de las cosas se desarrollan a cientos de kilómetros de ese lugar sencillo cuyas reglas son archiconocidas, tanto que resultan amables, tanto que ya parece que no exigen casi nada: simplemente sentarse a escuchar. Un barco atravesando la tormenta, con agua caliente, vino y un plato de comida humeando, listo para quien quiera acercarse y cerrarle los ojos al Gran Ogro.

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