Notas

Qué le voy a hacer

Soy español. Españolísimo. Españolazo hasta las cachas. Hasta odiando soy español. Comiendo, oliendo, celebrando, llorando y mintiendo. Cuando hablo por teléfono gesticulo como un subnormal y hablo alto en el vagón del tren, poniéndome colorado al darme cuenta y sin embargo, sin conocer forma humana de evitarlo. Se me calienta el pico como a un españolisíssimo. Bebo como un español y amo ridícula, mezquina, a veces honestamente y otras veces con cierta grandeza altiva, como un español. No tolero que me hablen alto, igual que los soldados de Calderón de la Barca. Mi forma de odiar a España y a los españoles es españolérrima, no puede ser de otro modo. No podría serlo, yo. Ni aunque quisiera. Que antes quería. Ya no. ¿Qué le hago? ¿Me corto las venas y me meto en una bañera con agua caliente hasta los bordes, como Séneca? Otro españolazo: no pudo elegir una muerte más de drama queen el hijo de puta. Uno ha de aprender a convivir consigo mismo, a conocerse. A respetarse. Uno tiene unos límites. Son los que son y no hay otros. Hay que entenderlo. Hace poco escuché en un podcast que Orwell era inglés inglés, inglés hasta la médula, a pesar de todo lo rojo, bohemio y descastado que fue siempre, a pesar de todo lo que intentó, desde Eton, salirse de ese surco que por nacimiento le correspondía. Lo decía el narrador citando la última parte de su Homenaje a Cataluña, cuando llega en tren al sur de Inglaterra y va describiendo con verdadera delectación la campiña, los árboles, el verde inglés: con una delectación tan genuina que lo que disfrazaba no era otra cosa que melancolía, añoranza por el hogar perdido y de nuevo recobrado. Yo soy español, qué quieren que les diga. Veo el mundo a través de la huella que aquí dejó Fenicia y luego Roma y con Roma, Grecia, y luego Cristo y ya saben, con Cristo también Platón y toda aquella gente estúpida que se pasó la vida preguntándose qué es lo que nos rodea y para qué sirve. Ayer, aniversario del infame 1 de octubre catalán y catalanista, tuiteé que hace un año me importaba mucho la cuestión de la desintegración de la vieja nación española, la mía, y que ahora algo menos. Y es verdad. Terminaré haciéndome monárquico, yo, que me pongo cachondo perdido con todo el boato presidencial de la República francesa, cuando España ya no exista. Como Joseph Roth, judío, judiísimo y casi por lo tanto, teniendo en cuenta dónde y cuándo nació, socialista, que terminó convirtiéndose en católico y nostálgico de la monarquía dual cuando se desintegró el imperio de Francisco José. Me recordaba un buen tuitero que España vive en México y gran verdad resulta esa: la provincia más querida, en la que se dio lo mejor de un país del que brotaba sangre joven y fresca, derramada en lo que se tuvo que llamar, no había más remedio, la Nueva España. ¿A quién leí o escuché, quizá en Master and Commander, que Inglaterra vivía en cada trozo de madera flotante sobre el que ondease su pabellón naval? Aunque España no sobreviva al siglo XXI pienso que seguirá respirando mientras exista un pedazo de lienzo de Las Meninas. Por que aunque destruyan España, ¿se atreverán con El Prado? No lo creo. Y El Prado seguirá siendo español, con todo lo que de español hay dentro, llámese Madrid la ciudad, o Madridgrado. Sea la capital de un mini-Estado patéticamente establecido en medio de una orgía inicua de taifas o se constituya en una Ciudad-Estado anarcocapitalista de salvaje estratificación económica, al estilo de Singapur o MadMax. Incluso el Real Madrid es finito y contingente, desde luego también los Estados-nación, aun los más antiguos, pero Las Meninas es inmortal. ¿Llegarán a ese punto de perfidia los enemigos de la razón y de la luz, al punto de quemarlas porque hace frío en invierno? Es oscuro el momento, toda barbarie resulta imaginable. En fin, no obstante parece más probable que las Copas de Europa del Madrid acaben despiezadas para chatarra en un puesto del Rastro que a alguien se le ocurra la idea de destrozar Las Lanzas, El 2 de mayo en Madrid o El perro hundiéndose de Goya. Todo en la vida es posible, por otra parte; toda idea por descabellada que parezca en su formulación, termina por constituir una posibilidad práctica, esa es una de las pocas cosas que he logrado entender de la vida. Decía Gustavo Bueno que aunque llegue el día del fin de España, seguirá viva mientras alguien hable español y a lo mejor es verdad, pero también desapareció el latín. Sí, mientras me quede un litro de aire en los pulmones España seguirá viva porque yo soy español aunque no quiera, aunque deteste mi sangre y me haga francés o ruso o alemán, o americano. Desde luego ese olvido es tan español que asusta, o mejor dicho la pretensión, porque el olvido es como la nada: si existe es que ya sólo hay vacío, y por lo tanto, el horror silencioso de lo que no es. España es para mandarla a tomar por culo, por supuesto aún más los españoles, gente insoportable, histérica e histriónica, empeñada en hacerse como Cleómenes de Esparta, cien tajos desde los tobillos hasta el bajo vientre y reírse mientras se desangra. Somos, digo. Somos imbéciles y la tropa más espuria y degenerada de Europa entera, un continente por lo demás casi tan muerto como la misma España. Viendo las imágenes de ayer en Barcelona sólo puedo copiar el tuit de un periodista muy inteligente e interesante, catalanísimo y por ello españolísimo puesto que lo catalán es en tanto que español, otra cosa es un nonsense y un disparate (aunque ¿qué no es un disparate en estos días de mierda?), Marcel Gascón, refiriéndose al catalanismo: ¿Hay algún otro lugar del mundo donde gente bien alimentada, que puede hablar la lengua que quiera, estudiar, votar, viajar, hay algún otro lugar del mundo donde gente que viva tan bien tenga tanto odio dentro? Pujol hizo un gran trabajo, pero hasta ellos han de tener miedo. España, tal y como está concebida a 2 de octubre de 2018, en cuanto organización social, comunitaria, política, administrativa, tiene un problema ontológicamente insoluble en Cataluña, un problema que, como la vía de agua que se abrió el Titanic contra el iceberg, sólo puede conducir al hundimiento y la catástrofe. Quizá lo único decente que puede hacer un español hasta los cojones de sí mismo, a estas alturas, sea elegir entre la muerte del buey o la del animal varón que decía Miguel Hernández: vestidos de humildad y olor de cuadra o la que toda la Creación agranda. 

*Fe de errores: Marcel Gascón no es catalán, sino valencianísimo, por ello españolísimo también naturalmente, pero me he equivocado al dar las cosas por hechas. No, no se pueden dar las cosas por hechas. 

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