Relatos

El ciclista de Tiflis

Sudo como un cerdo bajo el quepis, me cuezo dentro del uniforme como si vistiera cota de malla. Tenía que tocarme guardia en el Banco Nacional la mañana que más calor hace en esta puta ciudad. Tiflis, encajada entre montañas, es un horno cuando llega junio. En el mármol de la fachada reverbera la luz: detrás mío crepita una fundición. El cielo parece que va a romperse de lo azul que está, incandescente, ni una nube: la mañana perfecta para pasársela bebiendo a la puerta de una de las infinitas tabernas de la ciudad como hacen los que abarrotan el Tilipuchiri justo en frente. Cabrones. Hay bastante gente hoy. En la tasca y en toda la plaza. Es como si Tiflis entera hubiera salido a tragarse a sorbos el espléndido aire del verano.

Mira, qué gracioso. Un ciclista. Es raro ver aquí una de esas bicicletas francesas en las que hay que frenar con los pies, negras, con grandes ruedas y un manillar ancho que parece una hoz enorme, curvado hacia dentro. Parece que va uno volando con esos cacharros. En Simbirsk había bastantes de estas pero aquí, hasta hoy, nada. Es curioso. También es curioso el tipo que va encima. Bajo, delgado pero fornido, muy moreno, típicamente georgiano. ¿Qué hará un georgiano con una bicicleta? Los he visto de todos los colores, siempre hoscos, ceñudos y gritones, muy meridionales, embutidos en esas chokhas caucasianas con capucha y flecos o con esos gabanes de bolsillitos para guardar las balas. Siempre parece que están tramando algo, no te puedes fiar de ninguno. Éste, en cambio, luce distinto, con ese gabán gris corto y la gorra de cuero. ¿Qué hace dando vueltas con la bici junto a ese capitán? Está loco perdido.

Hay un oficial a caballo haciendo cabriolas alrededor de dos muchachas que sostienen unos paragüitas la mar de graciosos. Se ríen ellas. El tipo lleva un sable circasiano formidable colgando del cinto. ¡Qué delicia, ojalá se acercaran a mí!

Vaya, vienen. Miro de refilón a mi camarada, transido al sol en posición de firmes. ¡Él se lo pierde! Me empino y me atuso el bigote. Hay mucha gente en la plaza, casi todos hombres; las muchachas así no sobran, precisamente. Las georgianas de velos negros y machos cerca que no le quitan el ojo de encima no suelen intimar con nosotros. Todos nos odian en esta ciudad. Normal. ¡Nos miran y ven al zar!

Pero éstas, buf, menudas perlas del Cáucaso.

-¿Esperan visita, señor oficial?

Silbidos y risotadas lejanas. Vienen de la entrada al cuartel general del ejército, de unos cosacos que no paran de mirarme burlones y envidiosos. ¡Que les jodan!

-Están bien informadas, señoritas.

Son preciosas. Altas, el pelo castaño suelto en bucles hasta el busto, esbeltas, vestidas con un donaire inusitado en Tiflis, manejando pícaramente unos parasoles, una sujeta un periódico y la otra un bolsito pequeño. Parecen gemelas. Hoy tengo suerte.

-Es la comidilla de toda Tiflis, señor mío.

Llevo tanto tiempo sin catar hembra aquí que lo olvidé por un momento. Ya mismo deberían aparecer por la plaza el cajero y el contable del Banco Nacional. Se espera algo gordo. Mucho dinero. Lingotes de oro, quizá. Nadie sabe mucho, la información no fluye entre nosotros, los cosacos y el ejército. Hay tensión, recelo. Esperamos que los revolucionarios monten algún espectáculo. Hace dos años se zumbaron al general Griazanov, el Carnicero de Tiflis, a dos pasos de aquí, en la entrada de los Jardines Pushkin. Hay que estar siempre alerta en esta ciudad: atracos a punta pala, atentados…parpadeas y te hacen picadillo, los hijos de puta.

-Comprenderán que no les diga nada, mis queridas señoritas…

Unos grititos. Sorpresa. ¡Joder, el ciclista! No tengo tiempo ni de recrearme en el galanteo. ¿Por dónde ha aparecido? ¡Pasó por encima de mi bota y casi se lleva por delante a las muchachas!

-Usted perdone, agente.

-¡Mira bien, coño!

Una de ellas mira el reloj como recordando algo.

-¡Pero qué tarde! Adiós, señor oficial.

Se despiden con una leve inclinación y se me nubla la vista, lo confieso.

Puto ciclista. No aparta la vista de mí. Me jodió la fiesta. Qué ojos más inquietantes tiene, una mezcla de cerveza, miel y ceniza. Sonríe extrañamente. Me sorprendo sin poder apartar los ojos de su cara. Tiene barba cuidada y un bigotazo magnético. Reacciono y hago un gesto pero se pone de pie en la bicicleta y se marcha tocándose la gorra. ¡Menuda deferencia tiene el tipo después de atropellarme!

Pierdo a las mujeres, no las distingo entre la batahola oriental de la plaza. Ahora las veo. Una está en la entrada de los jardines y hace señas a la la otra, que está en el Tilipuchiri y agita el periódico. ¿Qué hacen? Aquello está atestado. Sé quiénes menudean allí: rufianes, gángsters, príncipes arruinados, fulanas, subversivos, la mugre de Tiflis.

Otra vez el de la bicicleta, ha rodeado la plaza. ¿Saluda a las mujeres o el sudor se me está metiendo en los ojos y no veo nada? ¿Me mira a mí al volver la esquina? ¡Me ha mirado! ¿Qué pasa? ¿Por qué sale tanta gente de golpe del Tilipuchiri? ¡Esto no me gusta un pelo!

Mi camarada echa mano al fusil. Me giro y veo al jinete apartando a la multitud moviendo el sable. La masa se abre súbitamente. ¡Hay veinte, treinta fulanos desenfundando pistolas!

No puedo fijarme si las muchachas siguen allí cuando tiemblan los adoquines de la plaza: el convoy del banco. Truenan los cascos de los caballos de los cosacos de la escolta. El jinete de la plaza se les une al galope como una sombra. Los de la taberna mueven las manos como lanzando algo al suelo. Un fogonazo me deslumbra. Después un relámpago rasga la mañana y un zumbido despieza la realidad. Caigo. Abro los ojos en el suelo. Veo gente corriendo como si un pie gigante pisara un hormiguero y un caballo sin cabeza que arrastra a un cosaco cortado en dos. Luego, nada.

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