Notas

Ou la mort

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Hoy, que es 14 de julio, me apetece recordar que la nación política, es decir, el conjunto de ciudadanos habitantes de un territorio que poseen la soberanía de dicha comunidad, está antes que cualquier constitución puesto que, como parece razonable inferir, son ellos (el conjunto de ciudadanos conformados como nación política) quienes tienen que aprobar y sancionar cualquier texto constitucional para que entre en vigor. Así lo reconoce la propia Constitución española de 1978 en su preámbulo: 

La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad…

Aquí está el error básico del “constitucionalismo”, meliflua amalgama de ciudadanos y partidos políticos que, ante el golpe catalanista de octubre de 2017, se reunió bajo la bandera de “la defensa de la ley”. Bien. Voy a permitirme, ya que este blog es mío, la autocita. En este caso de algo que escribí al respecto de naciones políticas y de las otras en The Last Journo en septiembre del año pasado:

La nación política nace, naturalmente, en 1789 con los revolucionarios franceses. Es, usando la meliflua jerga contemporánea, una conquista social. Vaya, la conquista social fundamental. Es el certificado de defunción del Antiguo Régimen: la transferencia de soberanía desde una casta especial que la conservaba por derecho divino, hacia una nueva categoría social que nace para legitimar su acceso al poder. Es decir, el pueblo. La nación, entendida como conjunto soberano de todos los individuos de un territorio que a partir de entonces decidirán ellos mismos su propio destino. Ya no hay bretones ni picardos, todos somos franceses, que recuerda a aquella universalidad paulina expresada en la carta a los Gálatas: «Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo».

Y otra vez:

La nación política española nace en 1812, en Cádiz, protegida por  mar por la Royal Navy y cercada por el ejército más poderoso del momento, el de Napoleón. Es la consecuencia directa de la guerra contra el invasor francés: noble, sacerdote, tendero, presidiario, campesino y bandolero luchan codo con codo, comparten las mismas penalidades, arrostran la misma suerte, asumen la misma autoridad en una nación donde el poder se ha atomizado, fragmentado y la cabeza real reposa decapitada en Bayona.

La nación política, con su servicio militar obligatorio, con sus bienes eclesiásticos desamortizados, con su nobleza desposeída de prerrogativas anacrónicas, se superpone a la nación histórica: hay pocas naciones históricas tan bien delimitadas en el espacio y en el tiempo como la española. Sólo la francesa, Gran Bretaña y las dos grandes naciones construidas bajo el primer nacionalismo de corte liberal, Italia y Alemania (dos entidades políticas que ampliaban la escala de las unidades humanas en sus territorios, así como creaban mercados de aspiración mundial, cumpliendo el principio del umbral de Marini). Además de superponerse, la nación política subsume a la histórica, acogiendo un nuevo término, el de patria. En la guerra contra Napoleón, escribe el historiador Pierre Vilar, «España afirmó su cohesión, su valor de grupo; el movimiento es profundo y arrastra a todas las provincias, y es sensible en todas las clases».

Por eso, concluyo, hablar de “constitucionalismo” y de “unionismo” para referirse a los defensores de la nación española en el asunto catalanista, resulta una grotesca exhibición de ignorancia y una soberana, textual y políticamente hablando, gilipollez.

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