Notas

Todo está inventado

El putsch catalanista confirma punto por punto casi todas las tesis de los estudiosos del nacionalismo como Anthony D. Smith, Eric Hobsbawm, Ernst Geller o Benedict Anderson. Por ejemplo: lo de los nueve profesores de secundaria que intimidaron y humillaron a algunos hijos de guardias civiles después de los sucesos del 1 de octubre. En lo que atañe a este caso, más o menos, la tesis de estos autores es que el nacionalismo siempre fue la religión de los profesores, de los periodistas, de los funcionarios de baja y media cualificación y de los diosecillos intelectuales de esta constelación humana: poetas, sociólogos, politólogos, cantantes, escritores, etc. El catalanismo, como el nacionalismo vasco, es hijo bastardo de la segunda oleada histórica del nacionalismo, la que arremetió principalmente contra los imperios austrohúngaro, ruso y otomano. Esa segunda oleada legó a la posteridad, entre otras enormes y apestosas bolsas de basura, el nacionalismo lingüístico. Dice Hobsbawm en Naciones y nacionalismo desde 1780 (las negritas y las cursivas son mías):

Las clases cuya suerte dependía del uso oficial de la lengua vernácula escrita eran los estratos intermedios socialmente modestos pero cultos, que incluían a quienes adquirían la condición de personas de clase media-baja precisamente por ejercer oficios no manuales que requerían instrucción. Las batallas del nacionalismo linguístico (en la Europa de mediados del siglo XIX en adelante) las libraban periodistas provinciales, maestros de escuela y funcionarios subalternos con aspiraciones. Las batallas de la política de los Habsburgo, cuando la lucha nacional hizo que la mitad austríaca del imperio fuese virtualmente ingobernable, se libraron en torno a la lengua en que debía impartirse la instrucción en las escuelas secundarias o la nacionalidad de los empleos de jefe de estación. Del mismo modo, los activistas pangermanos ultranacionalistas en el imperio de Guillermo II procedían en gran parte de las filas de los educados y de los semieducados de una sociedad en expansión y socialmente móvil. El nacionalismo lingüístico, y su oposición a él, no puede comprenderse por completo sin que veamos la lengua vernácula como, entre otras cosas, un interés creado de las clases menores con instrucción escolar“.

Analicemos someramente la extracción profesional de los miembros del Gobierno autonómico catalán que promovió y ejecutó el golpe de octubre:

-Puigdemont: periodista.

-Junqueras: profesor universitario.

-Munté: abogada.

-Romeva: profesor universitario.

-Borràs: farmacéutica.

-Forn: abogado.

-Mundó: abogado.

-Vila: profesor universitario.

-Bassa: profesora de secundaria.

-Rull: abogado.

-Serret: politóloga, directiva de una empresa cárnica y coordinadora de una fundación cultural.

-Turull: abogado.

-Comín: licenciado en filosofía, politólogo y profesor universitario.

-Puig: director artístico (según la Wikipedia), bailarín (siempre según la Wikipedia), músico (Wikipedia) y productor de eventos culturales.

-Ponsatí: economista, profesora universitaria y ex directora del Instituto de Análisis Económico del Centro Superior de Investigaciones Científicas.

Sigue Hobsbawm:

“La incertidumbre de los estratos intermedios de la sociedad acerca de su categoría y su definición, la inseguridad de grandes estratos situados entre los hijos e hijas indiscutibles del trabajo manual y los miembros no discutidos de las clases alta y media alta, la compensación excesiva de las pretensiones de singularidad y superioridad amenazadas por alguien: todas estas cosas proporcionaban vínculos entre los modestos estratos intermedios y un nacionalismo militante que casi puede definirse como respuesta a tales amenazas: de los trabajadores, de los Estados e individuos extranjeros, de los inmigrantes, de los capitalistas y los financieros tan fáciles de identificar con los judíos, a los que también se consideraba como los agitadores revolucionarios. Porque estos estratos intermedios se veían a sí mismos acosados y en peligro. Entre los estratos intermedios menores el nacionalismo sufrió así una mutación y dejó de ser un concepto asociado con el liberalismo y la izquierda para transformarse en un movimiento chauvinista, imperialista y xenófobo de la derecha, o para ser más exactos, de la derecha radical. El estudio de la composición social de los fascismos italiano y alemán no deja duda de que estos movimientos se nutrían esencialmente de los estratos intermedios”.

Quizá de algún modo se entienda mejor por qué Inés Arrimada, la candidata de Ciudadanos, ha arramblado últimamente con el voto obrero del cinturón metropolitano de Barcelona y por qué desde el establishment político-periodístico catalán se la denomina “líder de ultraderecha”.

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